Novelas Fans

 

 

 

- INDIANA JONES Y EL CETRO SAGRADO DE LOS INCAS -
Autor: Fernando J. Soto Roland
E-Mail: sotopaikikin@hotmail.com
Fecha: Junio 2003

:: Novela dedicada para Para Rodrigo y Florencia ::

 

I

CUENCA AMAZONAS DE
1941

Fue un ruido ensordecedor. Un sonido fuera lugar. Algo que no concordaba con aquella selva, ni con aquella tribu. En un primer momento produjo pánico. Más tarde, desconcierto. Sólo en el crepúsculo los chamanes trataron de dar una respuesta al extraño episodio, consultando a los viejos espíritus de la selva, que permanecieron mudos.
No supieron qué hacer ni decir. Los más valientes guerreros se negaron a internarse en la floresta y verificar la fuente de esa misteriosa luminiscencia que se proyectaba desde el Sagrado Roquedal, después que el estampido sacudiera toda la maloca. Jamás habían sentido una explosión tan poderosa. Ningún mito ancestral les hablaba de lenguas de fuego tan rojas, naranjas y amarillas, quemando la arboleda circundante. No había monstruo legendario que, en su afán por poner fin al mundo, hubiera podido producir semejante conmoción. Los Mojewewekes eran testigos de un episodio sin precedentes en la tradición oral. Los ancianos desconocían el origen de semejante descarga y sólo atinaron ordenar subirse a los árboles más altos para, desde lejos, ver las poderosas llamaradas elevarse hacia el cielo, compitiendo con la mortecina luz de un sol que se ocultaba detrás del horizonte.
Lo desconocido repelía y al mismo tiempo acicateaba la curiosidad de toda la comunidad. Para cuando las horas pasaron, y en plena nocturnidad pudo percibirse que la incandescencia agonizaba poco a poco sin consecuencias nefastas para la población, el cacique en persona se puso en movimiento sin reclamar escolta. Esa tarde casi se había roto la línea jerárquica a causa del espanto. No estaba dispuesto a vivir otra vez una situación de anarquía semejante. Iría solo. Él y su sombra enfrentarían el misterio. Recuperaría parte del prestigio perdido y, si salía con vida, regresaría a la aldea con la autoridad intacta de siempre; y el poder suficiente para castigar la cobardía de su escolta personal. La sangre real debía ser respetada a costa de desencadenar el caos en el aquel infierno verde del Amazonas. La tradición de mando se recuperaría. De lo contrario una guerra civil los arrastraría a todos a la debilidad y a la extinción, en manos de las tribus enemigas vecinas.
Caminó por espacio de una hora. Conocía el sendero de memoria, aún de noche. Sabía reconocer la silueta de cada árbol en particular. Y la contextura del piso, en sus pies descalzos, le indicaba mejor que nada por dónde cortar camino o qué opción más corta tenía por delante para alcanzar la fuente incandescente de luz, que aparecía y desaparecía detrás de los cientos de arbustos que lo rodeaban.
Siguió avanzando. Apretó la larga lanza de bambú con la mano y la elevó por encima del hombro derecho, con la punta en dirección a la luz. Avanzó más. Con cada paso que daba el calor aumentaba y su rostro cobrizo, pintado con franjas rojas y azules en las mejillas, empezó a mostrar el efecto de la temperatura elevada. Las mejillas empezaron a latirle a causa del calor. Se abrió paso por encima de una palmera derribaba y quedó boquiabierto ante la dantesca escena que se representaba ante sus ojos.
Allí, a sólo treinta metros desde donde él estaba, la selva había sido destruida por las llamas, formando un claro de cenizas, troncos retorcidos y humo. En el centro mismo del escenario, una estructura enorme -hecha de un material que el jefe desconocía- parecía clavada de punta, levantando hacia el cielo una grandiosa aleta dorsal, semejante a la de los peces del río.
Avanzó más. Sorteó como pudo centenares de piezas carbonizadas y, venciendo el asombro, golpeó con la punta de la lanza una plancha lisa y brillante, que reflejaba el fuego que sobrevivía por doquier. Oyó un sonido seco y la aleta se desmoronó, dándole apenas tiempo a correrse para salvar su vida. Millones de chispas saltaron para todos lados. Dos troncos que permanecían de pie, completamente calcinados, también se derrumbaron y una masa sanguinolenta de carne quemada, grasa friéndose y músculos retorcidos vino a caer junto a los pies del cacique.
La miró con cuidado. Giró la cabeza en varias posiciones para tratar de encontrarle un sentido a esa asquerosa presencia. Y la encontró al cabo de un minuto Era un hombre. El cadáver de lo que había sido un ser humano hacía sólo horas. Estaba irreconocible. La mitad de un rostro corroído por las llamas y una dentadura tiznada por el incendio, eran lo único que permitían identificarlo.
El jefe se tranquilizó. No era un prodigio sobrenatural lo que lo había asustado tanto a su gente. Aquello era un mero accidente. Un pájaro metálico se había estrellado. Otro más, aunque con una fuerza y capacidad destructiva que desconocía. En años anteriores había sido testigo de accidentes similares, pero ése en nada se parecía a los anteriores. Hizo memoria y recordó que, en su niñez, un objeto semejante había caído muy cerca de la aldea de su padre. Muchos árboles se derrumbaron entonces o encendieron como antorchas de paja. Pero el área destruida que se desplegada delante suyo superaba unas cuatro o cinco veces a la de su infancia.
Recorrió el perímetro del impacto. Detrás de una columna de humo negro distinguió las dos alas quebradas en varias partes y los restos de una carlinga vidriada. Se acercó a ella. El vidrio estaba derretido por las altas temperaturas y sendos objetos brillantes parecían titilar en medio de la humareda. Planchas, tornillos, soportes y alerones; caños, cajas y asientos sin sus tapizados subsistían desperdigados por todas partes, consumiéndose gradualmente por el fuego.
Entonces, vio algo que le llamó poderosamente la atención: sobre las ramas de un árbol centenario, colgando de milagro, una plancha de acero se balanceaba de un lado a otro, como si fuera un insólito péndulo rectangular. Se quedó mirándola extasiado. De haber sabido leer hubiera identificado el origen del aparato siniestrado por la simbología y texto impreso en la superficie de la pieza:


+ CRUZ ROJA INTERNACIONAL +

 

 

II

SIETE AÑOS DESPUÉS...

ISLA TUAMOTU
PACIFICO SUR
1948


Con cuarenta y nueve años sobre sus espaldas y decenas de exploraciones por el mundo, Indiana Jones aún se mantenía en forma. No le faltaban cicatrices ni moretones por todo el cuerpo, pero él los tomaba como recordatorios de instancias peligrosas y aventuras pasadas, casi a modo de tatuajes. Podía reconstruir muchas de sus azarosas escapadas en manos de tribus salvajes, batallones nazis o asesinos a sueldo con sólo pararse desnudo frente a un espejo.
¡Qué poco humanitarismo quedaba en el mundo!, pensaba al verlas; e inmediatamente le venían a la mente las imágenes de la Segunda Guerra Mundial. Un instante después el recuerdo se retrotraía a 1916, a las trincheras europeas de la Primera Gran Guerra en donde también se había desempeñado como soldado voluntario en el ejército belga. El mundo ya no era el mismo. Había perdido su inocencia. Las antiguas proyecciones de una humanidad más casta, pura y generosa se habían ido por la cloaca cultural de los últimos años, arrastradas por los campos de concentración, los bombardeos, Hitler y las invasiones armadas. Él era testigo y protagonista de un siglo cruel. Un siglo de angustias, sinsabores y miedos. Pero siempre había salido bien parado. La suerte parecía acompañarlo y, con poco esfuerzo, podía recordar contextos en los que cualquier otro hombre menos afortunado hubiera perdido la vida.
Pero la situación en la que estaba en ese momento no parecía anunciar una próxima cicatriz, sino más bien un orificio profundo en la sien y toda su masa encefálica estampada contra una roca.
-No quisiera hacerle daño, doctor Jones. Pero si insiste en su tozudez, tendré que apretar del gatillo. Y le aseguro que no será nada agradable para ninguno de los dos... Podría mancharme la camisa.
Indy esbozó una sonrisa cáustica, lanzando rayos de ira con la mirada.
Y no era para menos.
Ese maldito holandés lo tenía retenido desde hacía más de media hora. Sus tres esbirros lo habían golpeado reiteradamente en el rostro y en la boca del estómago. En verdad le dolía mucho el cuerpo, pero la bronca contenida inyectaba tanta adrenalina en su venas que cada trompada, por potente que fuera, resultaba ser menos dolorosa.
Odiaba a ese sujeto. Su nombre era Natasius van Strate y representaba los intereses de una prestigiosa galería de arte europea.
Alto, morocho, bien vestido y oliendo a azahares, Van Strate, era el aristócrata típico del norte europeo: educado y culto, pero capaz de matar a sangre fría a cualquier opositor que se le cruzara en el camino de alguna pieza artística de su interés.
E Indiana Jones se había interpuesto entre él y el Aku Kava Kava
-Por última vez -dijo el holandés acercando el rostro al del arqueólogo, brillándole fuertemente sus ojos azules -. ¿En dónde está la estatuilla? ¿En qué parte de esta maldita isla la escondió ,doctor Jones?
Indy contrajo el abdomen en la espera de una nueva trompada.
-Ya se lo he dicho -ladró con rabia contenida-. ¿Acaso no me entiende? No lo tengo. No lo tuve nunca -mintió-. De todos modos, aunque supiera en dónde está, no se lo diría...
-...¿Aún a costa de su propia vida?
-¿Mi vida corre peligro?
Van Strate lanzó una carcajada.
-¡Ah!... ¡Maldito hijo de perra! De seguro me está tomando por idiota, Jones. Eso me incomoda tanto como perder la reliquia que busco.-Y le propinó un puñetazo en las costillas del lado izquierdo.
Indy dobló todo su cuerpo conteniendo el dolor.
-No quiero caer en actitudes bárbaras -ladró el holandés-, pero me obligas a hacerlo.
Era algo insignificante a primera vista, pero el hecho de que Van Strate empezara a tutearlo no era una buena señal. Indy sabía que tomarse esa actitud de confianza era propia de los verdugos que se disponían a lo peor. Les insuflaba cierto aire de superioridad sobre la víctima. Debía hacer algo rápido.
La playa en la que estaban se extendía combándose en una bahía bordeada de altas y frondosas palmeras. Sus arenas brillaban con los rayos del sol y un mar cristalino como el vidrio traía y llevaba constantemente olas espumosas, blancas, llenas de vida; y el rumor del océano apagaba un tanto las voces de los esbirros de Van Strate que, a sólo tres metros de Indy, unían con cuerdas dos gruesos troncos.
Indiana dirigió los ojos hacia ellos.
-¿Acaso se dispone a abandonar la isla en balsa? -preguntó sin perder la ironía.
Van Strate sonrió.
-¿Por qué hacerlo en balsa si tenemos un velero? Ese aparatejo es para ti. ¿Nunca surfeaste atado entre tiburones?...¡Es una experiencia irrepetible! ¿Conocías esa práctica?
Indiana se limpió la comisura sangrante de sus labios pasándose la lengua y entornó la vista.
-Sí -respondió secamente-. Solían usarla los japoneses con los prisioneros de guerra, en el Pacífico.
-Muy bien informado, amigo Jones. Así es, los japoneses la inventaron. ¡Imagínate! ¡Tantos meses aburridos en islotes sin nada qué hacer!... ¡Nada mejor para divertirse y pasar el tiempo con algún que otro americano! -y lanzó una estruendosa carcajada.
Indy tenía que extender la charla. Debía prorrogar lo más posible la pomposa alocución del holandés. Estaba obligado a salvar su propia vida. Tenía que hacer una composición de lugar y arriesgarse. El momento de la diplomacia se acababa.
-Veo que tomaste muy rápidamente los malos hábitos de tus amigos -repuso, al tiempo que con disimulo comprobaba cuán fuertes estaban sus muñecas atadas a la espalda.
-¿Amigos?...¡Já!... ¡Qué idiota eres, Jones!... ¿Amigos, dices? ¿Los japoneses?...¡Já, já, já...! Esos idiotas kamikazes jamás fueron mis amigos. Digamos que me hice pasar por uno de ellos para beneficiarme profesionalmente. ¡No te imaginas las piezas de porcelana del siglo XI que logré exportar a Holanda mientras duró la guerra!
-Seguramente muchas habrán terminaron en las vitrina del Tercer Reich...
Van Strate lo observó, clavándole sus fríos ojos azul marino.
-No podría negar eso, Jones. Los nazis también me beneficiaron en mucho. Pero ya ves, ninguno de ellos está ya entre nosotros. En cambio, yo sigo más poderoso que antes. Más rico y con más proyectos.
-La guerra resultó serle un gran negocio...
Van Strate esbozó una sonrisa.
-¿Sabes algo?... Tienes razón. Hay momentos en que extraño esos buenos tiempos. No había nada comparable a negociar con esos estúpidos fanáticos. ¡Era tan sencillo embaucarlos!...Pero no pierdo las esperanzas, Jones. Algún día volverán y entonces yo estaré preparado para negociar nuevamente con sus limitadas inteligencias.-Miró de soslayo a sus esbirros que terminaban de atar los troncos y volvió la atención hacia Indy.- Bueno -dijo suspirando-, el tiempo se te acaba doctor.¿Todavía quieres mantener el secreto de la estatuilla o prefieres nadar con los peces?
-No la tengo...
-¿Acaso crees que ese maldito dios polinesio puede salvarte la vida? ¡No seas tan supersticioso Indiana Jones! Que esa tonterías queden para los nativos de esta isla miserable. ¿Pero tú?... Tú no puedes creer en esas boberías ¿O sí?
-Hay más cosas en el cielo y la tierra de lo que tu imaginación concibe, Hamlet.
Van Strate lazó una carcajada contenida.
-¡De verdad lamento matarte, Jones! Eres un contrincante digno e inteligente. Vale la pena charlar contigo. Lástima que no estemos del mismo lado del negocio.
Uno de los matones se sacudió la arena adherida en sus manos contra el pantalón y se acercó al holandés.
-Listo, señor. Ya está preparada.
-Bien. Acondicionen a mi amigo.-Giró sobre sus botas y se alejó media docena de pasos. Se detuvo, volvió la vista a Indy y exhibió una sonrisa tan blanca como el marfil.- Es hora de despedirnos, doctor Jones. De verdad siento mucho nuestros desencuentros. ¡Saludos a los escualos! -Y sacudió la mano derecha como quien despide a un niño pequeño.- Hasta nunca.
Indy sintió como dos manos pesadas y gruesas lo elevaban desde el piso como si no pesara nada. El matón era un verdadero gigante. Con casi dos metros de altura y más de 130 kilos, ese polinesio de rasgos mongólicos y cabello tan oscuro como el carbón no parecía tener sentimientos de ninguna clase. Era inútil tratar de convencerlo de algo. Respondía a van Strate como un perro guardián y nunca prestaría oídos a las disquisiciones de Indy. Sólo le quedaba una opción. Una opción que lo ponía en clara desventaja, no sólo por la potencia física del grandulón sino por la superioridad numérica. Ellos eran tres. Él uno. La opción: golpearlos a todos y huir.
La cuerda que lo maniataba por la espalda no cedía. Seguía tan tensa como al principio. Tenía los dedos adormecidos por la presión y la mala circulación sanguínea. Sólo esperaba que lo destaran al momento de amarrarlo a la balsa. Esa era su única esperanza.
Van Strate se alejó por la playa en dirección a un bote. Subió a él y dos de sus hombres remaron unos cien metros hasta el velero.
Puesto de pie, Indy dio un vistazo rápido de su peligrosa situación. Un matón lo sujetaba del brazo derecho, caminando a su lado; el segundo sostenía la balsa en posición vertical, con una pistola colocada en la cintura; el tercero, a modo de anfitrión, lo esperaba con un rictus salvaje a medida que se acercaba a él.
-Desátalo -dijo e Indy tensó sus músculos.
No bien las cuerdas se aflojaron de sus muñecas decidió actuar.
-Quédese quieto -repuso el grandote mientras le aflojaba las ataduras.
Fue cuestión de segundos.
Bastó un fuerte empujón con los hombros para que el matón fuera despedido contra la arena de la playa, al tiempo que la pierna derecha de Indy salía despedida con furia e impactaba en la ingle del segundo captor, que cayó de rodillas lanzando un alarido de dolor. Acto seguido, y dejándose guiar por la adrenalina, el puño de Indy se proyectó contra el rostro del que sostenía la balsa. Le dolieron los nudillos cuando impactaron contra su nariz, antes de que sacara el arma. Giró velozmente y le propinó una soberana patada en la cara al primer grandulón que intentaba reincorporarse del suelo.
Ya era suficiente. No debía continuar allí. Se acomodó el sombrero y corrió a toda velocidad en dirección a la selva que bordeaba la playa.
No había ingresado aún en el follaje cuando escuchó el sonido del primer disparo.


En el milenario panteón de la Polinesia, los Aku Kava Kava eran deidades secundarias de gran arraigo entre la gente común. Cada aldea adoraba a uno diferente y representaban a los espíritus de los antepasados que, según los mitos locales, rondaban por las noches en busca de ofrendas. Nada había más peligroso que negarse a sus voluntades. Celosos y vengativos, los Aku Kava Kava inspiraban respeto y temor entre sus fieles. Desde los días de los primeros exploradores europeos del siglo XVII, sus estatuillas, moldeadas en madera de tormiro, dura y resistente, se habían convertido en trofeos preciados y muy cotizados. Sólo dos museos en todo el mundo poseían en sus vitrinas piezas antiguas originales. El resto o habían sido quemadas por el afán fanático de los misioneros franceses, o permanecían escondidas en perdidas cajas fuertes de coleccionistas privados. Nadie estaba seguro de que esto último fuera cierto. De hecho, la mayoría de los especialistas sostenían que sólo quedaban intactas tres estatuillas y era la tercera la que Indiana Jones había ido a buscar a la isla Tuamotu, por recomendación del curador del museo de la universidad en la que trabajaba.
-Sería un honor para nuestra institución tenerla, Indy. -Le había expresado Marcus Brody en la puerta misma de su oficina, hacía diez días.- Obtener un Kava Kava es como tener una Mona Lisa polinesica. Creo que deberíamos hacerle caso a ese tal profesor Shih, viajar a las islas y verificar si la pieza es auténtica. ¿Qué te parece? ¿No te vendrían bien una vacaciones en el Pacífico sur?
Y a Indy le vinieron bien.
Aceptó viajar sin estar al tanto de los pormenores que se les vendrían encima como alud. De haber sabido que el profesor Shih sería muerto por un dardo envenenado horas después de que le entregara la estatuilla; o que Van Strate organizaría una persecución por la isla, eliminando a todos los que se relacionaran con la reliquia, lo hubiera pensado dos veces. Pero ya era tarde. Estaba corriendo por una selva húmeda y retorcida, perseguido por tres asesinos prestos a darle un tiro entre ceja y ceja.

Cuando llegó a la aldea, tenía casi tres horas de marcha forzada pesándole en las piernas. Transpiraba copiosamente, estaba agitado y ansioso. Levantó su sombrero fedora y secó las gotas de sudor que le perlaban la frente. Echó un rápido vistazo a la media docena de chozas y gritó a viva voz:
-¡David!...¡Estoy aquí!...
Le dolió la garganta al pronunciar el llamado. La tenía reseca y el corazón parecía salírsele del pecho.
-¡Soy yo, Indiana!...
David Morewest era un estudiante avanzado de arqueología. Cursaba el último semestre en la cátedra de la Indy era titular y había sido especialmente recomendado por Marcus Brody para que lo acompañara. Tenía veintinueve años de edad, era inteligente, aplicado y con muchas ganas de prosperar en el negocio.
-No se arrepentirá, profesor Jones -le había dicho el muchacho-. Le prometo que pondré todo mi conocimiento en el trabajo.
Y no había mentido. Era capaz de identificar artefactos polinésicos a primera vista y fue mayúscula la sorpresa de fallecido profesor Shih al reconocer su capacidad casi innata.
-Un buen discípulo, doctor Jones -había sentenciado mirando al famoso arqueólogo-. Ha sembrado correctamente, amigo mío. Puede morir en paz...
Pero en ese instante, lo último que Indy quería era morir. Menos aún en esa isla sofocantemente húmeda, a miles de distancia de su hogar, de sus libros, de sus seres queridos.
-¡David! -Volvió a gritar casi con desesperación-. ¿Dónde demonios...?
De pronto el esterillado de una de las chozas se corrió y Morewest apareció con una colt en su mano derecha.
-Profesor, ¿está solo?...
Indiana dio un leve suspiro y avanzó dos pasos.
-¡Gracias a Dios! -dijo-.Pensé que...
-¡Deténgase, profesor Jones!-exclamó el muchacho elevando el cañón del arma-. No me ha respondido... ¿Está solo?
Indy levantó los brazos a un costado del tronco.
-¡Sí, estoy solo, maldita sea!
Morewest oteó los contornos de la aldea. Estaba asustado y alerta como un gato. Una vez seguro, dejó de encañonar a Indy y lentamente caminó hacia él.
-¡Profesor, Dios mío, esto es una locura! ¡Han liquidado a tres de los nuestros! ¡Los mataron! ¡Los mataron por esa bendita estatuilla! ¡Están dementes! -Y se lanzó sobre Indiana con lágrimas en los ojos, abrazándolo.
-David, tranquilízate -prorrumpió Indy-. Escúchame, por favor.-Morewest seguía histérico- ¡Escuchame!-Ladró el arqueólogo separándolo de sí-. ¡Escúchame! Tenemos que sacar el Aku ya mismo de este lugar. ¿Dónde lo pusiste?...
Morewest lo observó con temor.
-¿Aún lo tienes, verdad? -preguntó el arqueólogo.
El muchacho no respondió. Tenía la mirada desorbitada.
-¡David!-exclamó Indiana frunciendo el seño-. ¿Aún lo tienes?...
Morewest giro la vista hacia la punta del cerro más cercano. Indy lo siguió con la mirada y mantuvo la respiración.
-¿Allá arriba?... -masculló por lo bajo.
Morewest movió afirmativamente la cabeza.
-Es un sitio seguro, profesor Jones. Hay muchas cuevas. Temí que me lo arrebataran. No se me ocurrió otra cosa.
Indy suspiró.
-Hiciste bien -dijo palmeándole el hombro-. No te preocupes.
Miró el cerro con más detalle. Debía tener unos seiscientos metros de altura. Estaba tapizado de árboles y la ascensión, calculó, les llevaría unas cuatro horas.
-Debemos partir ya mismo -dijo con firmeza-. Aunque de seguro nos sorprenderá la noche a medio camino. -Se apartó del joven y preguntó:-¿Cuándo fue que sorprendieron a los porteadores y al guía?
-Menos de dos horas atrás... No les dieron tiempo a nada. Sólo yo atiné a escabullirme en la selva. Sentí disparos y alcancé a ver cómo los asesinaban a los tres. ¡Fue terrible!
-Tranquilízate, David. Tenemos que mantener la calma..
Morewest lo observó de arriba abajo. Recién entonces advirtió la sangre seca en la comisura de los labios de su profesor estrella.
-¿Lo atacaron?
-Una leve escaramuza, nada grave -desestimó tocándose la herida.
-¿Y que haremos con la estatuilla una vez que la recuperemos?-Inquirió Morewest temeroso.
Indy guardó un leve silencio. Volvió a mirar la montaña que tenía por delante y repuso:
-No lo sé... Algo se me ocurrirá.
Y sin decir más encararon la ladera del cerro con determinación.

Era como la boca negra y profunda del infierno. Un hoyo oscuro que se abría entre las rocas y que repelía e invitaba a entrar al mismo tiempo. Indy estaba agotado. Ya no era el muchachón resistente de antaño y la ascensión se hacía notar en cada uno de los músculos de su cuerpo. David Morewest sólo presentaba una leve agitación.
-Es esta, profesor -aseveró el estudiante señalando la entrada de la cueva-. Ahí tiene la marca que dejé.
A un costado, sobre un roquedal lleno de verdín, podían leerse con claridad sus iniciales "DM".
-Buen trabajo, David-alegó Indy-. Ahora, rescatemos la estatuilla y salgamos de aquí.
Tal como Indiana Jones había anticipado, hicieron cumbre con la luna llena colgada del firmamento. Era una noche perfecta, clara, estrellada y sin nubes. Aún en sombras el calor se dejaba sentir. El sobrecogedor poder de la naturaleza, seguía condicionando los movimientos de ambos exploradores.
Morewest encendió una rama a modo de antorcha e ingresaron.
-¿Qué tan importante es esta reliquia para que tanta gente muriera? -preguntó el chico sorteando las rocas desprendidas que yacían en el suelo de la caverna.
-Mira, David -le respondió-, en estos casos se juntan dos cosas: el valor económico de una pieza extraña, como lo es ésta; y el valor simbólico, que posee. Te sorprenderías cuán importante es esto último...
-¿Valor simbólico? ¿Para quién? ¿Para Van Strate?...
Jones no respondió y siguió marchando.
La cueva era larga y ancha, con paredes húmedas y tapizada de líquenes y musgos. Costaba caminar. Había que hacerlo con precaución, ya que la superficie del piso era resbaladiza. Cabía la posibilidad de doblarse un tobillo y volver imposible la huída de ese lugar. Pocos sospechaban cómo una tontería como esa podía complicar las cosas.
Siguieron avanzando. Giraron hacia la derecha en un recodo de la caverna. Fue entonces cuando Morewest exclamó:
-¡Allí está, apoyada sobre aquella piedra!
Indiana se le adelantó con presteza. Levantó un bolso de cuero de regular tamaño y metió su mano por la hendidura. Una media sonrisa se le dibujó en la cara.
-Buen trabajo, David -dijo levantando la reliquia-. Buen trabajo...
El Aku Kava Kava sonreía. Su perfecto tallado en madera, hecho por manos anónimas hacía centenares de años, recreaba el rostro de una deidad horrible; un híbrido de hombre con pájaro que con sólo observarlo infundía temor. Los ojos eran exageradamente grandes. Tenía el seño fruncido y por debajo de su nariz aguileña, una fila de dientes muy pronunciados sobresalían de la boca dándole la apariencia de diabólica sonrisa. Medía unos veinte centímetros de altura y todo su torso mostraba un cuerpo descarnado, con delgadas y filosas costillas a ambos lados. Nada tenía que ver esa estatuilla con los cánones occidentales de belleza.
-Bien, es hora de salir de aquí -dijo Indy acomodándose su sombrero.
Guardó el Aku en su bolso y giró en redondo, en dirección a Morewest.
El muchacho seguía con la antorcha en la mano, pero algo raro se le dibujaba en la cara. Tenía una mirada extraña.
-¿Te sientes bien? -preguntó Jones.
No dieron tiempo a que Morewest respondiera.
Como por arte de magia, y saliendo las sombras circundantes, cuatro siluetas se iluminaron por la luz del fuego.
Natasius Van Strate, con su pistola apuntándole al chico en la cabeza, dio un paso hacia Indiana.
-Buenas noches, doctor Jones -saludó con ironía-. ¿Acaso pensabas que me ibas a sacar de encima tan fácilmente? No somos tan sencillo de perder...
Los ojos de Indy se inyectaron con sangre. Apretó la mandíbula y amagó con tirar un puñetazo.
-¡Quieto, amigo mío! -ladró el holandés amartillando el arma-. ¿O quieres tener otro cadáver sobre tu conciencia?...
Morewest estaba pálido.
-Discúlpeme, profesor -carraspeó el muchacho-. Pero le juro que a este hombre lo vi muerto, con sangre en la cabeza- dijo señalando a uno de los sujetos, cobrizo y bajo, que acompañaban a Van Strate.
El holandés miró sonriendo al nativo.
-¡Resultaste ser un buen actor, Miloka!-clamó el holandés
-¡Maldito traidor! -explotó Indy al reconocer en la penumbra de la cueva al guía aborigen que había contratado a instancias del profesor Shih; y que había dejado junto con Morewest un día antes.
-¡No seas inocente, Jones! -prorrumpió Van State-. Es la ley del mercado. La ley de la oferta y la demanda... ¿Acaso tú no trabajas para otros? Miloka optó por un mejor sueldo, eso es todo. No lo juzgues mal...
-Debió pagarme lo que le sugerí sin regatear, doctor Jones -agregó el polinesio.
-Lo tendré en cuenta para la próxima vez -agregó Indy.
Van Strate extendió su brazo en dirección al bolso. Hizo un gesto que revelaba prisa.
-Dámelo, Jones. Hagamos las cosas rápido. Quiero abandonar esta maldita isla lo más pronto posible.
Indy extrajo el Aku con parsimonia.
-Tu sabes que esto debería estar en un museo -dijo al tiempo que se lo entregaba.
-¡Déjate de coleccionismo inútil! -ladró-. Tengo mejores planes para esta estatuilla.
Van Strate tomó la reliquia y la revisó rápidamente. Acto seguido se la dio a uno de sus esbirros, el mismo que horas atrás fabricara la fallida balsa para Indiana, en la playa.- Llévala al globo. Partimos en minutos.
Indy quedó sorprendido.
-¿Globo?...-interrumpió-¿Qué globo?
Van Strate lanzó una estruendosa carcajada que retumbó en la fría galería de la caverna.
-¿Cómo crees que llegué a esta cima antes que tú?...¡En un globo aerostático, idiota! No bien Miloka nos informó sobre el paradero del Aku lo inflamos y surcamos los aires... Lamento no llevarte de regreso conmigo, Jones.
Hizo un movimiento leve y seco de cabeza en dirección a su matón. El grandulón cerró el puño e, inopinadamente, lo estampó con fuerza contra la quijada de Indy, que voló hacia un costado, quedando tendido en el suelo.
-Ahora sí, me despido de ti... permanentemente -repuso Van Strate con firmeza y encauzó sus pasos hacia la entrada de la cueva-. Monwo -dijo dirigiéndose al matón-, trae al chico con nosotros y dispone las cosas para que el doctor Jones encuentre su tumba en esta caverna.
Aturdido por la fiereza de la inesperada trompada, Indy vio como Van Strate era fagocitado por la oscuridad, seguido por Morewest y sus esbirros. La luz de la antorcha se fue empequeñeciendo hasta desaparecer e Indiana Jones quedó completamente a oscuras.
A tientas, se reincorporó apoyándose contra el muro rocoso que podía sentir con la palma de las manos. Fue entonces cuando escuchó seis tiros. Seis fuerte tiros que venían del exterior.
¡Morewest!, pensó Indy. ¿Estaban fusilando al chico?
Pero bastaron tres segundos para cambiar de hipótesis.
Un temblor descomunal, que parecía aún más fuerte por la ceguera temporal a la que estaba condenado, le reveló a Indy que acababan de demoler el ingreso a la cueva... La habían bloqueado.
¡Querían sepultarlo vivo!...


El globo aerostático semejaba un hongo gigante. Apostado en la cumbre misma del cerro flotaba a medio metro del suelo, sostenido por un ancla de hierro.
Van Strate ya había subido a la barquilla con uno de sus hombres y daba las últimas ordenes antes de partir. Estaba nervioso y exultante por el triunfo conseguido. Tenía el trofeo que tanto deseaba.
-Monwo, ¡apresúrate! Sube al chico...
El grandulón titubeó un segundo
-¿Qué hacemos con el nativo, patrón? -preguntó señalando al guía.
Miloka lo miró sorprendido.
-Me dijeron que iba con ustedes...-arguyó.
Van Strate movió la cabeza de un lado a otro, negativamente.
-¡Lastima, no hay espacio acá adentro! -Y desenfundando su pistola le gatilló un tiro en el corazón. Miloka se desplomó como un muñeco de felpa contra las rocas de la cumbre.
-¿Qué esperas?-gritó Van Strate volviendo sus ojos a Monwo -¡Salgamos de aquí!


La diminuta cabeza de pólvora del fósforo chisporroteó y, como en el Génesis, "Se hizo la luz".
Indiana Jones no fumaba, pero siempre tenía a mano una caja con cerillas. El único inconveniente era que le quedaba sólo una y tenía que aprovecharla al máximo.
Sin darle tiempo a la llama, que ascendía presurosa por la varilla de madera, buscó en el piso de la caverna la bolsa en la que Morewest había escondido la estatuilla.
Estiró el brazo, la agarró y la acercó al fuego ya mortecino por el movimiento de la mano.
La tela se encendió y el radio visual se amplió consideradamente. Una vez más debía actuar con celeridad.
Tambaleándose, corrió hacia la entrada de la cueva.
El tal Monwo había hecho un trabajo a medias, nada prolijo. La improvisaba antorcha se sacudía por el viento que se colaba por los brechas que quedaban entre de las piedras, apiladas una encima de otra.
Si se apuraba y apartaba rápido las rocas recién amontonadas quizás tendría una oportunidad.


Monwo cortó amarras y el globo inició su lento ascenso.
Van Strate movió una manivela y la bocanada de helio apresuró la subida, sacudiendo la barquilla de caña de un lado para otro.
El holandés sonreía de oreja a oreja. Se asomó por el borde del canasto como despidiéndose de la isla y, entonces, lo vio.
-¡¿Jones?!
No podía creer lo que observaba: Indy estaba a punto de manipular su látigo en dirección al globo.
Sacudió el brazo con fuerza y como si fuera una culebra entrenada el látigo se desenrolló con pasmosa velocidad. Alcanzó uno de los laterales de la barquilla y la punta se enrolló en uno de los tirantes que sujetaban al inmenso balón de tela.
-¡Mátalo, Monwo! -gritó desaforado Van Strate-¡Mátalo! ¡Maldita sea, mátalo o impedirá que subamos! ¡Es mucho peso!
Indy jaló hacia abajo y el látigo se tensó como la cuerda de un violín. Lo agarró con ambas manos y levantó sus piernas con la clara intención de impedir el despegue. Debía generar más peso. Tenía que abortar la huída y poco lo importó la posibilidad de caer muerto por la lluvia de balas que, desde la barquilla, salían del caño de la pistola de Monwo.
De pronto quiso hacer pie, pero le fue imposible. Miró hacia abajo y apretó instintivamente los nudillos: estaba siendo levantado hacia el cielo a más velocidad de lo que había supuesto. Cinco segundos más tarde, Indiana Jones colgaba de su látigo prendido al globo aerostático, bamboleándose de una lado hacia otro para impedir que los proyectiles le dieran en el cuerpo.
-¡Rayos! -exclamó al ver cómo la copa de los árboles se hacían más y más pequeñas a sus pies. Ya era tarde. No podía soltarse. De hacerlo se mataría.
Van Strate asomó medio cuerpo fuera de la barquilla y miró hacia abajo.
-¡El muy cerdo está ahí, Monwo! -gritó exasperado- ¿Qué esperas para matarlo?
El matón recargó su pistola con celeridad. Le temblaban las manos de los nervios.
-Veo muy poco, señor -se excusó-. Está oscuro. Además, ese condenado se zarandea de una lado para otro. No sé si podré darle.
Entonces, Natasius Van Strate giró sobre sí mismo y cambió de planes.
Estiró el brazo, tomó la válvula de regulación y la giró hacia la izquierda.
-Si quiere dar un paseito, se lo daremos.
El globo flotaba sobre la ladera de la montaña. De haber querido disfrutar del paisaje, Indy hubiera alimentado su espíritu con el panorama de una selva negra, densa y compacta, rodeaba de mar. Aquella isla era un paraíso terrenal. Pero la situación no daba para ese disfrute de turista. La vida del arqueólogo pendía, literalmente, de un hilo.
Un sensación extraña en la boca del estómago le indicó a Indy que el globo descendía lentamente.
"¿Van a bajar?", pensó aferrándose con fuerza al mango del látigo. No era lógico.
Pero no se equivocaba...
-¡Jones!-le gritó el holandés- ¿Me escuchas?
La voz de Van Strate llegó nítida a sus oídos.
-¡Te voy a arrastrar por cuanto árbol encuentre en el camino, maldito bastardo!
La brisa proveniente del mar agitaba los pantalones de Indy y un brusco descenso del aparato aflojó por una décima de segundo la tirantes del látigo.
"¡Dios, voy a matarme!", pensó; pero de inmediato sintió que algo le raspaba la suela de los zapatos.
Eran las copas de los árboles que se le acercaban.
Iba a chocar con ellos. Era inevitable.
Desde lo alto podía escuchar la voz excitada del traficante holandés.
"¡Hijo de perra!"...
Una portentosa rama dio contra su pierna derecha e Indy perdió fuerza en uno de sus brazos. Repentinamente se sintió colgar de una sola extremidad y la palma transpirada de la única mano que se aferraba al látigo empezó a deslizarse lentamente.
Otro tronco golpeó sus muslos, y otra rama, y otra... Un ruido ensordecedor le invadió los tímpanos: estaba chocando contra el follaje y podía sentir una seguidilla lacerante de golpes en todo el cuerpo.
Entonces, la mano de Indy perdió el extremo del látigo.
Fue como ingresar en un torbellino claroscuro. Todo le dio vueltas y miles de sombras irregulares se dibujaron, indefinidas, a través de los párpados entreabiertos del arqueólogo, mientras caía y golpeaba; golpeaba y caía sin cesar entre las ramas, en dirección al piso de la isla.

**

Descargar Novela Completa

 

-Arriba-

Indiana Jones es una marca registrada de Paramount Pictures & LucasFilms Ltd.
IndianaJones.es no es Web Oficial. Es una web de Fans y para Fans
Comunidad Fan Española de Indiana Jones 2001-2012
www.IndianaJones.es