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INDIANA JONES
Y EL MISTERIO DEL ÓPALO VERDE

POR: Fernando J. Soto Roland


Especialmente para mis padres
Enriqueta y Jorge,
con mi eterno y agradecido amor.

Y a mis alumnos de 4º Año “B” del Colegio Pestalozzi
de CAPITAL FEDERAL, año 2003.


PRÓLOGO

 

“Qui navigant mare, enarrant
pericula ejus”.
(Los que navegan podrán contar
los peligros del mar).
Proverbio Latino


“Es saludable consejo que antes que el
buen cristiano entre en la mar haga su
testamento (...)”.
Fray Antonio de Guevara, Libro de los
inventores del arte de marear y de los
muchos trabajos que se pasan en las
galeras (1539).

En alguna parte del Caribe.
Octubre de 1551

El “San Valente”, portentoso galeón de la Carrera de Las Indias, rompía el oleaje seguro de sí mismo, inflando sus velas y sabiéndose el orgullo de la Armada Imperial de España. Con 600 toneladas de capacidad en sus bodegas y 91 tripulantes a bordo —según lo indicaban las reales ordenanzas de ese mismo año—, era la nao más grande y lujosa que navegaba en esos días por el mar Caribe.
Construido en Galicia hacía tres años, el “San Valente” ya tenía en su haber tres largos y penosos viajes, de ida y vuelta, a la metrópoli; trayendo objetos de lujo y productos manufacturados, para ser consumidos por la emergente aristocracia hispano-americana; y llevando a Europa toneladas inimaginables de plata y oro, objetos precolombinos de arte —en especial orfebrería—, funcionarios y reos, que tuvieran que rendir cuentas ante la Corona o someterse a la justicia peninsular cuando sus pecados y actos lo requerían.
Su perfil en alta mar era inconfundible. Los tres mástiles que ostentaba, con su vela redonda en el palo mayor y otra en el trinquete, le daban una porte majestuoso, estilizado por una triangular vela latina en el palo de mesena, por la proa. Compartía con los demás galeones del siglo XVI dos puentes, con tres pisos en la parte posterior, donde se instalaba el camarote del capitán y de otros pasajeros de importancia. De igual modo, su arsenal, conformado por doce cañones de largo alcance, era lo suficientemente respetable como para no ser acosado por barcos enemigos cuando navegaba en convoy, acompañado por treinta o cuarenta naos de su mismo tipo.
Álvaro Hidalgo Rosalini del Pozo era su abnegado capitán. Hombre de cuarenta años, ducho en su oficio, leal a su rey y copropietario de la nave. Sobre él recaían todas las responsabilidades de abordo; especialmente el derrotero y dirección general del mando, pero no intervenía en la navegación práctica de su nao, que quedaba por completo en manos de Carlos Ortiz, el piloto.
Ortiz había estudiado el oficio en la Cátedra de Arte de la Navegación y Cosmografía de Sevilla y a pesar de su experiencia en muchos viajes, en esa oportunidad no podía pegar un ojo. Estaba nervioso y en desacuerdo con las ordenes dadas por Rosalini de zarpar solos y acoplarse después al resto de la flota; que saliera con dirección al puerto de la Habana, dos días antes.
El contramaestre, el escribano, los marineros y pasajeros, al tanto de la situación, compartían la intranquilidad general. El miedo de sentirse aislados en un océano plagado de peligros no era una sensación satisfactoria a sólo medio día de cortar amarras. El problema de timón, que los retuviera en puerto cuarenta y ocho horas más de lo debido, había alterado los planes preestablecidos; pero Rosalini no podía esperar otros seis meses para cumplir con las ordenes del Consejo de Indias; que establecía, siempre, hacerse a la mar como parte de una flota.
—Correréis muchos riesgos, mi capitán —había argumentado Ortiz, controlando sus ganas de gritarle enfurecido en la cara.—Puede que los hugonotes estén al acecho...
Pero Rosalini del Pozo hizo oídos sordos a la advertencia y sobornando a los inspectores portuarios, ordenó zarpar aún corriendo el riesgo de toparse con barcos protestantes franceses en el camino .
—Si vos pagáis los costos, con gusto levantaré mis reales por medio año más en estas tierras—había replicado el mandamás.—Pero dudo que con tus ingresos puedas hacer eso, mi gentil caballero.
Ortiz odiaba el sarcasmo de Rosalini. Aún así, tuvo que tragarse sus opiniones y su orgullo; tomar el timón y enfilar el “San Valente”, a toda vela, con dirección a la Habana. Su misión era sencilla: alcanzar al convoy principal, que los esperaba en aquel puerto, lo más pronto posible.

˜

En viaje en galeones era cosa de hombres. No sólo porque llevar una mujer a bordo se consideraba de mal augurio, sino por las penalidades que se empezaban a sufrir no bien la nao abandonaba la dársena de amarre. Al permanente peligro de las tormentas y huracanes, se agregaban las incomodidades, la mala comida, los fuertes olores corporales de los tripulantes y las temidas “calmas chichas”, que se producían cuando el viento dejaba de soplar y la embarcación quedaba flotando por días en un mismo lugar, sin avanzar un metro. En dichas circunstancias, cuando los conservantes naturales empezaban a fallar, los alimentos se pudrían y el agua dulce, guardada en toneles, se echaba a perder. Entonces, el galeón se transformaba en una inmenso zorrino de madera cuyo hedor quedaba impregnado en las vestiduras y recuerdos de sus pasajeros. Muchos de éstos eran tan fuertemente impactados por la experiencia que, en adelante, se resistirían de por vida a realizar otro viaje de ese tipo.
Algo era claro: los hombres de mar estaban hechos de una pasta especial. Desconocían las ideas de confort y privacidad. Sólo el capitán y algunos pocos pasajeros de alto nivel, podían por momentos arrimarse a valores como esos; siempre y cuando el galeón no fuera tan cargado como para tener que alojar en sus camarotes a un alto y encumbrado funcionario.
En ese viaje, Álvaro Rosalini tenía que compartir su recámara con un conspicuo representante del Santo Oficio; un inquisidor de segunda fila, oscuro y huraño, conocido como el Padre Arras.
No era del agrado del capitán medir sus palabras y gestos. Desde joven se había caracterizado por ser un hombre de personalidad extrovertida y muchas palabras; pero en aquella travesía tan atípica se había propuesto hacerle caso al Teniente Gobernador de la Nueva España (México) y guardar silencio, evitando opiniones sobre temas religiosos o rozar con la crítica algún aspecto de la ortodoxia ritual cristiana.
—Viajará usted con una “quinta columna” a su lado, capitán —había advertido el teniente Gobernador.—Le recomiendo que no se exprese con términos brutos, ni blasfeme contra santo alguno y menos cuestione los Santos Evangelios. El Padre Arras es hombre de temer, con mucho poder e influencia en la corte y en el Tribunal. No desearía tener que asistir a su empalamiento en un Auto de Fe. Conserve para sí sus sentencias, y si en alguna plática, por informal que fuere, le pregunta algo sobre el rol de la Iglesia y la Inquisición, ajústese a lo que le enseñaron en el catecismo. Recuerde que el Santo Tribunal es implacable con los relapsos, infieles y heterodoxos. Estará durmiendo con el enemigo, Don Álvaro. Cuídese. Controle su lengua.
Era incómodo sentir semejante presión, pero no tenía otra opción. Nadie por entonces se animaba a enfrentarse a los representantes del Santo Oficio de la Inquisición, el poderoso tribunal religioso encargado de vigilar el correcto comportamiento ritual y doctrinal de los católicos en el mundo. Estar en contra de ellos era estar en contra de Dios; y una actitud de ese tipo conducía inexorablemente a la sala de torturas, primero, y a la hoguera, después.
Había que cuidarse las espaldas. Rosalini sabía que cualquier acusación —aún anónima— habilitaba al Santo Oficio para actuar. Todos se sentían vigilados por sus espías—conocidos con el nombre genérico de “familiares”—; hombres, mujeres y aún niños capaces de inventar cualquier cosa con tal de sacarse de encima a una persona considerada indeseable o peligrosa para la comunidad.
Por lo general, los inquisidores hacían sus visitas pastorales a los pueblos acompañados de soldados, cuya misión era aplicar la fuerza y llevar a cabo los arrestos. Pero en el caso de Arras, la situación era algo atípica. Asistido sólo por un sacerdote regular y un verdugo corpulento de origen criollo, el Padre conducía a España a un reo del que nada se le había informado al capitán del “San Valente”.
—No hagáis preguntas, mi señor —había dicho el inquisidor, al momento de embarcar, mostrándole a su prisionero, encadenado de pies y manos.—Este hereje no merece la atención de vuestra merced. Ha hecho pactos con el Diablo y cualquier penuria que su alma sufra en las bodegas se la tiene merecida. Dejad que mis asistentes se encarguen de él y conducid esta nave como si éste no existiera. Nada bueno le espera en España y no sería conveniente que su pestilente respiración entre en contacto con sus hombres, o con usted mismo. Ofendió a Dios, blasfemó contra la iglesia y con sus actos sacrílegos puso en peligro a toda la humanidad. No lo tenga en cuenta, capitán. Olvídese de él. Es un hombre que ya está muerto.
Pero Álvaro Hidalgo Rosalini no pudo olvidar.
La presencia de un personaje de esa calaña en su barco lo tenía intranquilo; y en más de una oportunidad tuvo que quitarse de la cabeza la recurrente idea de que el atraso del “San Valente” estaba, de algún modo, relacionado con el condenado. Claro que no tenía pruebas al respecto, ni se animaba en presencia del cura a hacer públicas sus supersticiones de marino. Por ese motivo, cerró la boca y siguió los consejos de su amigo, el Teniente Gobernador. Intentó no pensar en el prisionero; pero, cada vez que miraba hacia las bodegas del barco, su imagen se le representaba indefectiblemente.
Según los chismes, el reo era de origen francés.
La mayoría de los marineros del “San Valente” habían permanecido en tierra los últimos cuatro meses y los rumores, que corrían rápido en la colonia, comentaban que eran muchas y variadas las atrocidades cometidas por el criminal. Contaban que era un escritor oscuro, un “autor negro”, y que, con acceso a sortilegios indios y africanos, se había asociado con Satanás. También comentaban los muchos trajines sufridos por el Padre Arras mientras lo buscada; y que al encontrarlo, el mismísimo Emperador le había enviado sus felicitaciones.
¿Cuánto de falsedad había en esos cotilleos portuarios?
¿Cuán peligroso era en verdad ese pobre desgraciado, que viajaría más de dos meses y medio sin ver la luz, rodeado de ratas y otra alimañas, en las bodegas del barco?
Por su apariencia podía deducirse que era un tipo de cuidar. Sus ojos, negros y hundidos, brillaban detrás de unas mejillas huesudas y prominentes. Dejaban traslucir cierta perversidad cavernosa, inquietante, y una seguridad en sí mismo que podía traducirse en orgullo. No había sinceridad en su rostro delgado y enmarcado por una espesa cabellera oscura. Ni su barba daba dignidad o confianza.
—Es francés y protestante —decían en los muelles.
—Escritor y brujo —alegaban otros, por lo bajo.
—¡Que se queme en el infierno por el bien de todos! —exclamaban los lugareños.—¡Qué se lo lleven de aquí!
Esa era una buena opción: “Que se lo lleven”; que lo trasladaran a España; que lo alejaran del nuevo virreinato.
El único problema para el capitán Rosalini era que lo tenía encadenado en la base misma de su embarcación.

˜

El primer día de navegación transcurrió sin novedades; y para cuando cayó la noche la tripulación de la nao había olvidado, momentáneamente, los malos presagios que signaban el viaje en solitario. La cena, por mala que fuera, borró las fantasías morbosas de la mayoría y a poco de comer y beber, canciones y versos marineros, embebieron el maderamen de la cubierta del “San Valente”.

“Si la mar fuera de atole
Y las olas de tortilla,
Caminaran los criollitos
Hasta el puerto de Sevilla”.

El fogón, alrededor del que se reunían, era una caja con plancha de hierro que se apoyaba en trozos de madera y en la que se ponía una capa de tierra, ambas para aislarlo de la cubierta. Tenía mamparas para resguardarlo del viento, y atravesando sobre las mamparas citadas, un tirante también de hierro servía para colgar, por medio de ganchos en “S”, vasijas en asa en las que marineros y pasajeros cocinaban sus guisados o potajes calientes. El problema era encontrar una buena ubicación en donde cenar. En ese momento el ingenio, el buen ánimo e incluso la fuerza bruta, se ponían en práctica.
Al capitán, al piloto, al escribano y pasajeros prestigiosos, les armaban una mesa con manteles en el espacio de cubierta, entre el palo mayor y el castillo de proa. Las jerarquías era claras y marcadas en altamar.
El Padre Arras había preferido cenar en el camarote, aduciendo trabajo atrasado y deseos de ordenar las pertenencias confiscadas al hereje. Lo cierto es que nadie de la oficialidad se le opuso. Iban a poder comer distendidos, sin la presión de un inquisidor vigilando sus gestos y decires.
Las horas transcurrieron entre rimas, charlas y risotadas. Para la medianoche, el capitán ordenó retirarse a descansar y los turnos de guardia, previamente establecidos, empezaron a cumplirse.
Antes de abrir la puerta y subir a su camarote, Rosalini elevó la vista y miró las estrellas. Sabía leerlas. Podía navegar guiándose por ellas y sugerirle a Ortiz, su piloto, más de una ruta alternativa. Pero aquella noche su contemplación fue meramente estética. El cielo, tachonado de diminutos puntos titilantes, se veía realmente precioso.

˜

Por aquellos días de mediados del siglo XVI, el accionar de los corsarios y piratas franceses no se limitaba sólo a atacar barcos españoles. Muy pronto habían pasado a asaltar puertos.
En 1540, San Germán de Puerto Rico fue saqueado y en enero de 1544, trescientos franceses habían entrado por la fuerza a Cartagena de Indias, sometido a los españoles, torturado al gobernador y llevado 35.000 pesos en oro y plata. Una verdadera fortuna.
La Habana, puerto al que se dirigía el “San Valente” también había sido amenazada hacía unos años, pero sin suerte para los filibusteros: un capitán de navío llamado Diego Pérez, los había rechazado a fuerza de determinación.
En realidad, los franceses dominaban a sus anchas el mar de las Antillas; retrasando e impidiendo el comercio intercolonial y los contactos fluidos con España. Por eso, Don Álvaro Rosalini estaba dispuesto a no perder la oportunidad de viajar a la península como miembro de un convoy de galeones armados; y correría el riesgo de navegar en solitario por dos días, hasta alcanzarlos en Cuba.
Ortiz estaba en desacuerdo, y tenía razón. Los malos augurios del mar solían auto-cumplirse cuando las mínimas medidas de seguridad eran negligentemente desatendidas.
Y ocurrió lo que tenía que ocurrir.
Hacia las cuatro de la mañana, el marinero de guardia que vigilaba el lado de estribor escuchó algo fuera de los común: un chapaleo extraño en el mar que le llamó la atención y obligó a asomarse por la barandilla de cubierta.
Jamás supo lo que sucedió a continuación: el filo de un hacha mediana, cortante y sucia de sangre coagulada, le partió la cabeza en dos, entrando por la frente.
No pudo dar la voz de alerta y la misma escena se repitió a babor, por proa y popa.
Cinco minutos después, trepando desde botes camuflados con lonas negras, tres docenas de piratas coparon la cubierta, tras un corto enfrentamiento armado con la tripulación del barco.
Fue muy sencillo. El “San Valente” había caído en poder ajeno sin que se disparara un solo tiro de mosquete o arcabuz. Espadas, sables, cuchillos y hachas bastaron para controlarlo.
A menos de trescientos metros de la nao, con las velas arriadas y sin una luz prendida, el “Saint Germain” flotaba en completo silencio con sus piratas de reserva, a la espera de la noticia que anunciara el abordaje definitivo.
Cuando Jean Jacques Morés, jefe de la partida de bandidos, subió al “San Valente”, la tripulación capturada se arremolinó alrededor del palo central, cercados por rostros desencajados de furia y deseos de sangre. Tenían miedo. Muchos llorisqueaban. Incluso el temido inquisidor, pálido como el mármol, mezclaba su pulcros hábitos con la ropa sucia y uniformes desgastados de los marineros.
—¿Quién de vosotros es el capitán? —preguntó Morés, en un español gutural y cerrado.
Nadie respondió. Se miraron entre sí sorprendidos. Rosalini del Pozo no estaba entre ellos.
¿Dónde se había metido?
El piloto Ortiz, con un tajo profundo y sangrante en la mejilla derecha, se abrió paso entre la multitud con un brazo alzado.
—Deseo hablar con vos —dijo, demostrando una profunda preocupación.
El francés avanzó y se le paró delante. Le llevaba una cabeza y media de altura.
—¿Quién sois? —inquirió, exhalando un aliento fétido.
—El piloto de esta nave —respondió seco.
Carlos Ortiz lo observaba con ojos húmedos, vidriosos. Empezaba a sentirse un traidor y dudaba sobre si debía o no comentar lo que tenía en mente. Pero en su fuero más íntimo sabía que lo que estaba a punto de hacer era lo correcto. Entregarle a Rosalini implicaba salvar vidas, incluso la suya propia; porque si los comentarios una vez oídos eran ciertos, el capitán del “San Valente” estaba a punto de sacrificarlos a todos, salvando su buen nombre y honor.
—Jamás me entregaría, Ortiz —había dicho.—Antes de caer en manos de piratas asesinos, prefiero hacer volar a mi barco por los aires.
En un principio, el piloto no le había prestado atención a esa sentencia suicida. Pero con Morés frente a sus narices, el vaticinio de Rosalini cobraba una actualidad pasmosa. Por eso, le comentó todo.
—¡La santabárbara! —gritó el pirata desaforadamente.—¡El polvorín! ¡Vayan a él! ¡Rápido...!
No pudo terminar de pronunciar la orden.
Repentinamente se oyó una tremenda explosión y la parte central del “San Valente” se despedazó por la fuerza de la onda expansiva.
La cubierta salió despedida hacia arriba y decenas de brazos y piernas cercenados la acompañaron en su trayectoria aérea. Un mar de sangre, fuego y humo muy negro copó el espacio que hasta hacía pocas horas había sido el escenario de una jovial reunión de camaradería.
Piratas y marineros españoles mezclaron sus últimos suspiros aquella noche a borde del “San Valente”. No hubo sobrevivientes y pocos minutos después de la detonación, el barco se hundió dejando tras de sí una superficie muy grande de restos flotantes.
A la madrugada, cuando la claridad del nuevo día facilitó la búsqueda en el teatro de la tragedia, los expectantes piratas del “Saint Germain”, aquellos que esperaban el abordaje final, rescataron todo lo que pudieron del océano.
Entre las muchas cosas que subieron a bordo había un baúl de buena calidad, con una cruz estilizada grabada en la madera de la tapa y el sello característico de la Inquisición impreso sobre una tira de el lacre que lo sellaba. Cuando lo abrieron encontraron libros y manuscritos encuadernados en perfecto estado, que a nadie interesaron.
Sólo un muchacho español, un renegado, un traidor a su rey y su corona, un aventurero por naturaleza hecho pirata, solicitó esos textos como parte del reparto del exiguo botín. Nadie se opuso al pedido y así, Quijano Navarrete, tuvo qué leer en los siguientes dos meses de correrías.


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“GASTADO... NUNCA OXIDADO”

Península de los Tigres
Sur de Angola, África Occidental
Agosto de 1959

En un mundo que cambiaba aceleradamente, la colonia portuguesa de Angola parecía ajena al clima anticolonialista que recorría las más importantes oficinas de Relaciones Exteriores de Europa. La independencia de los países africanos había tomado por un camino sin retorno y decenas de nuevas repúblicas nacían desde el fondo desconocido de la historia del Continente Negro. Algo había sucedido tras el final de la Segunda Guerra Mundial y las viejas potencias ya no estaban dispuestas a solventar imperios que, por entonces, ocasionaban más gastos que ganancias. Los movimientos nacionalistas, el Panafricanismo y grupos rebeldes guerrilleros, entorpecían la centenaria expoliación colonial y volvían las cosas mucho más difíciles. Los administradores europeos (blancos) corrían peligro de muerte y sus propiedades eran sistemáticamente atacadas y destruidas. Las leyes metropolitanas se desobedecían y los atentados estaban a la orden del día. Multitudinarias manifestaciones, de sudorosos y perlados rostros negros, copaban calles y avenidas exigiendo sólo una cosa: libertad, autodeterminación y el derecho a gobernarse por sí mismos. No podía haber reclamo más justo en un mundo que exaltaba la democracia; pero al mismo tiempo más conflictivo y potencialmente peligroso. Con el repliegue del poder imperial y la desaparición de todo su aparato coercitivo, las antiguas rivalidades tribales, locales y regionales, estaban a punto de estallar; transformando el enfrentamiento de negros contra blancos, en un enfrentamiento de negros contra negros.
En el Congo, al norte de Angola, los belgas habían tenido que abandonar precipitadamente el país. Pero ese ejemplo cercano no produjo en la colonia portuguesa ninguna reacción. Los administradores lusitanos todavía se sentían fuertes y no estaban dispuestos a perder su centenario status imperial por “los alaridos asalvajados de un grupo de negros sin cultura” .
De todas formas, la situación interna del país no era una panacea. Los ideales libertarios se hacían carne en muchos sectores nacionalistas y ya empezaban a gestarse movimientos que reclamaban lo mismo que los demás países del continente.
El Servicio de Inteligencia portugués ya conocía el nombre de uno de esos grupos y sospechaba que no pocos funcionarios coloniales de origen africano, apoyaban en secreto las pretensiones del Kuneme o KLN, el primer grupo guerrillero angolés de liberación nacional.
Carlo Battista de Oliveira, zambo instruido y bien posicionado en la administración portuguesa de la colonia, conocía a la perfección los entretelones de la fundación del movimiento. Había sido parte de él desde sus comienzos y, aunque no actuara en los “operativos callejeros” o interviniera en los atentados que empezaban a proliferar, su cargo de Secretario del Subsecretario de Asuntos Culturales de la Colonia, le permitía acceder a una valiosa información y estar al tanto de los muchos proyectos estatales para desactivar la resistencia.
Era el espía perfecto. Un hombre negro, de padre europeo, que se mostraba gentil, educado y sumiso; atento y cooperativo. Un africano colaboracionista del que el Subsecretario no dudaba y de cuya lealtad todos estaban convencidos. Por ese motivo nadie se cuidaba frente a él cuando comentaban las charlas mantenidas con el Consejo de Administración Colonial o, aún más importante, las intenciones y planes del Jefe Militar y de Policía de Luanda, la capital.
El “bueno de Carlo” era una pieza clave, irreemplazable, de la resistencia; enclavada en el útero mismo de los enemigos.

˜

Battista de Oliveira vestía al estilo occidental y se había formado en una universidad de segunda categoría en Lisboa. Tenía unos cuarenta años y una ansia inmensa por ver a sus actuales “patrones” desplazados del poder. Sabía que su educación y conocimientos sobre administración le iban a resultar muy ventajosos una vez alcanzada la independencia de su país; y que —por ser escasos— los “africanos intelectualmente preparados” tendrían a la postre un cargo de gobierno en la futura república de Angola. Especulaba con esa ventaja comparativa, y si bien sabía que nunca iba a llegar a ser Presidente —cargo que seguramente quedaría reservado a algún militar de renombre—, era conciente de que su puesto no estaría demasiado alejado del máximo representante del poder ejecutivo. Su meta era el poder, el bienestar y confort que había visto por años ser monopolio exclusivo de los occidentales.
Pero Carlo también sabía que sin ayuda externa su patria jamás podría salir de la situación de crisis que soportaba desde siempre. Era necesario el apoyo de las grandes potencias que se disputaban el mundo, desde la finalización de la Segunda Guerra; y por ser un acérrimo detractor del comunismo soviético, prefería tender lazos con el leudante poder norteamericano. Por eso estaba en ese lugar aquel atardecer; lejos de sus jefes portugueses y soportando sobre su moteado cabello renegrido la brisa marina que provenía desde la Bahía de Los Tigres.
Quería quedar bien con los “yanquis”. Estaba dispuesto a venderles lo que les pertenecía. Necesitaba ganárselos y con esa transacción clandestina, que estaba a punto de concretar, mataría dos pájaros de un tiro. Por un lado, recaudaría dinero para la causa emancipadora del KLN; por el otro, crearía lazos de amistad y agradecimiento con la superpotencia americana.
Era una idea excelente, genial, práctica e inteligente. Su país no perdería gran cosa con la venta y los beneficios sería, en el futuro, impensados.
Manipuló el bolso de cuero, en el que guardaba el “objeto”, de tal modo que le permitió equilibrar su peso y sentirse más cómodo. Miró la hora y echó una ojeada al paisaje que lo circundaba.
Estaba en una planicie deshabitada, rocosa y abrupta, que se volvía más y más oscura con el paso de los minutos. El sol se ponía en el horizonte atlántico, y para entonces ya era una incandescente bola color naranja. La sombra de Carlo se proyectaba en el piso. Era alargada, informe, y semejaba esas fantásticas siluetas extraterrestres que aparecían dibujadas en las revistas de ciencia ficción, que recibía desde EE.UU.
A pocos metros, su Ford modelo 1951, resplandecía por los rayos mortecinos del día que terminaba. El auto se veía diferente, nuevo; a pesar de estar vaqueteado, oxidado y en un real estado de descomposición mecánica. Lo había dejado estacionado a un costado del camino de grava; con la trompa apuntando al acantilado que daba al mar.
Volvió a consultar su reloj de pulsera.
Se estaba haciendo tarde y el “comprador” no aparecía.
¿Sería un hombre de confiar?
Por un segundo sintió temor y pensó en la posibilidad de haber sido engañado por los miembros del servicio de inteligencia, desenmascarando así sus secretas intenciones. Más de pronto, su repentina ansiedad se desvaneció: la imagen de un hombre alto, con sombrero y andar pausado, emergió por detrás de un roquedal cercano.
Carlo avanzó hacia él con precaución.
—¿Es usted, señor Director? —indagó, cuando lo tuvo al alcance de la mano.
El sujeto asintió en silencio. Lo miró fijamente a los ojos y repreguntó:
—¿Tiene lo que me dijo?
Carlo tocó el bolsito de cuero con orgullo y sonrió.
—Acá mismo —indicó.— Y usted, ¿trajo el dinero?
—Primero quiero ver el objeto —sentenció con parquedad el recién llegado.
—Me parece bien —repuso Battista. Corrió el cierre del bolso y extrajo un objeto rectangular de muy fina factura, hecho en madera y repujado con incrustaciones de plata en arabescos, por sus cuatro lados. Una tapa, decorada con tres flores de lis y un cerrojo de bronce bruñido, lo cerraban por la parte de arriba. Era un cofrecillo. Pequeño, fácilmente manipulable.
Se lo extendió al hombre de sombrero y dio un paso hacia atrás para poder observarlo mejor.
El sujeto estaba extasiado ante el cofre. Lo movía entre sus dedos, estudiándolo con detenimiento, como queriendo reconocer detalles que tenía almacenados en su memoria. Tocó los arabescos de plata, miró el cerrojo y finalmente abrió la tapa. En su interior había tres piezas de orfebrería diminutas, pero deliciosas en su hechura y brillantes por la materia prima con que habían sido construidas. Eran de oro precolombino. De eso no cabía la menor duda. Pero los detalles esculpidos referían al imaginario cristiano. Una de las piezas era una cruz, que tenía una gruesa esmeralda en el centro, acompañada por cuatro rubíes en cada uno de los extremos de los brazos. La segunda pieza de la colección era una medalla, también de oro y con la imagen de un santo no identificado grabada en su superficie. Finalmente, un rosario hecho de perlas negras, que resplandecieron aún con la escasa luz que se reflejaba en el cielo.
Carlo advirtió un verdadero entusiasmo en el individuo. Sus ojos saltaban de un objeto a otro. Se notaba que la adrenalina le recorría las venas y que si hubiera podido habría dado un grito de alegría por encontrarse con semejante colección de reliquias coloniales. Era un hombre viejo, pero en excelente estado físico. Fornido y ágil, seguramente había hecho ejercicios durante toda su vida. Eso se notaba en su forma de moverse, desenvuelta y como si aún tuviera una treintena de años. Tenía el cabello cano y una barba de pocos días, completamente blanca, le cubría la cara. Su mirada era vivaz y una sonrisa ladeada se le dibujó en la boca cuando terminó de revisar el ajuar.
Battista advirtió que su forma de vestir era un tanto estrafalaria para ser el director de un reconocido museo en los EE.UU. Los museólogos no solían usar camperas de cuero, tipo aviador, o sombreros de fieltro de ala tan ancha. Tampoco se presentaban en público tan poco aseados, ni tenían una cartuchera colgando del cintura por un lado y un látigo de piel de toro, prendida del otro. Evidentemente era un tipo poco convencional.
—Y bien —dijo el africano finalmente—, ¿qué me dice?
Indiana Jones levantó la cara y fijó sus pupilas en las del negro.
—No tengo dudas —sentenció—: es el cofre que buscaba. Es el objeto que desapareció del museo hace años.
—¿Y cómo cree que llegó hasta acá? El museo colonial lo tenía como parte de su colección desde por lo menos 1940...
—La verdad es que no lo sé. La historia de los objetos suele ser tremendamente misteriosa. Desaparecen y vuelven a aparecer en el lugar menos esperado. De todos modos, estoy contento de haberlo recuperado.—Volvió a clavarle la mirada y con lentitud, como para que Carlo Battista no se amedrentara, sacó de un bolsillo interno un sobre con dinero y se lo entregó en mano.—Veinte mil dólares, como lo acordamos.
Carlo tomó el fajó y lo contó presuroso. Estaban todos lo billetes. No faltaba nada. El trato se había cumplido de ambas partes.
—Ha sido un placer negociar con usted, director Jones. Espero poder en el futuro seguir en contacto con su museo y su gobierno. Admiro su país...
Indy movió la cabeza positivamente, sin decir nada. Era evidente que ese tipo no conocía en profundidad al gran coloso del norte. Pero no tenía tiempo ni ganas para andar despejando estereotipos y falsas imágenes producto de la propaganda de la guerra fría. Sólo atinó a acomodarse el sombrero fedora, colocar el cofrecillo en el bolso que le cruzaba el pecho, por debajo de la aviadora, y extenderle la mano con gratitud.
—Gracias por todo —dijo.
—A usted, señor director —respondió Carlo, excitado y ansioso.—Nos volveremos a ver.
“Señor Director”. Le resultaba raro a Indy que lo llamaran así. Nadie en el Barnett College se dirigía a él en esos términos; aún después de casi cinco de haberse hecho cargo de la dirección del museo de la facultad, tras la jubilación de Marcus Brody. En su lugar de trabajo, Indy seguía siendo el “Profesor Indiana Jones, Doctor en Arqueología”, docente y explorador; una leyenda viviente entre sus alumnos. Una leyenda de sesenta años.
Carlo Battista giró sobre sus talones y se dirigió a su auto.
Indy lo observó por unos segundos y cuando él volteó para regresar sobre sus pasos una ola fría de intranquilidad se coló por cada uno de los poros de su cuerpo.
Tres sujetos de gruesa contextura caminaban hacia él con prisa. Habían dejado unos metros más atrás una camioneta con los faros apagados y era más que lógico que sus intenciones no eran sanctas.
No tuvo tiempo para reaccionar.
Escuchó un disparo y por un instante pensó que le habían disparado a él. Se quedó estupefacto. Miró su pecho, esperando ver sangre salir a borbotones, pero se equivocó. La bala estaba dirigida a Carlo Battista, que yacía desparramado en el piso, junto a la puerta abierta del Ford, con un tiro en la nuca.
Los tres individuos tenían rasgos europeos. No eran africanos y de seguro tampoco formaban parte del KLN o algún otro grupo sectario nacionalista. Por sus vestimentas de calidad, de ningún modo pertenecían al Servicio de Inteligencia colonial. Entonces, pensó Indy en esos segundos en que las ideas se agolpan en la mente, “¿quiénes eran?”.
Uno de los hombres, el más alto y con un delicado bigote de puntas levantadas, fue el primero en acercársele. Le apuntaba con una pistola, aún humeante. Tenía el rostro de muy pocos amigos y sus mejillas estaban marcadas por una antigua viruela infantil.
—Deme el paquete, doctor Jones —le dijo con un característico acento portugués.
—¿Paquete?... —inquirió Indy, haciéndose el desentendido.—¿Qué paquete?...
—No nos tome por idiota, doctor. Podemos matarlo igual que a ese negro estúpido —lo amenazó, señalando con la barbilla el cuerpo inerte de Battista.—No tenemos tiempo. ¡Démelo!...
Indy se abrió la campera con cuidado.
Sabía que los matones se sorprenderían al ver su cartuchera, enfundando la querida y vieja Smith & Wesson Hand Ejector Model II, que a tantas aventuras lo había acompañado. Y no se equivocó.
Bastó que el portugués hiciera un leve movimiento de cejas para darse cuenta de que tenía que aprovechar ese segundo de pasmo y actuar en consecuencia. Tomó el látigo por el mango y lo sacudió hacia delante, dejando que se desenrollara como una serpentina de cuero.
Su punta golpeó con fuerza contra la mano del matón, que vio despedida su arma por el aire. No pudo contener el grito de dolor, y se echó hacia atrás trastabillando y cayendo sentado al suelo.
Indy no esperó más. Corrió hacia el Ford tan rápido como pudo. Saltó por encima del cuerpo de Battista, se introdujo en el auto y, haciendo ignición, aceleró marcha atrás; al tiempo que escuchaba dos nuevos disparos y el ruido de los vidrios del parabrisas trasero, romperse en cientos de pedazos.
Pegó el volantazo y el Ford coleó como si fuera un caballo desbocado, colocándose de frente al camino de grava que llevaba al poblado más cercano. Apretó el acelerador y la desvencijada máquina chirrió, tembló en todo su chasis, y salió disparada a toda velocidad.
El camino bordeaba un acantilado larguísimo y muy alto. Sin estar asfaltado y con unas gomas desgastadas al máximo, Indy corría el riesgo de perder la estabilidad en cada curva y salir despedido hacia el abismo. Tenía que disminuir la velocidad; pero eso tampoco era conveniente ni posible: la camioneta de los portugueses le seguía los talones de cerca, con dos sendos brazos tirando balas desde sus ventanillas.
Desenfundó la Smith & Wesson. Pasó el brazo por encima del respaldar del asiento delantero, en el que estaba sentado, y lanzó una corta y contundente balacera contra sus perseguidores. No obtuvo los resultados esperados. La camioneta prosiguió su marcha, aproximándose al Ford más y más.
Entonces, a uno de los disparos le siguió un ruido de consistencia cremosa y el auto de Indy empezó a zarandearse y temblar. Si los coches sufrieran del mal de Parkinson, podría decirse que ese modelo 1951 lo tenía exacerbado al máximo.
Le habían reventado una goma y la llanta giraba contra el piso de tierra, enterrándose con cada décima de segundo. Tenía que saltar. Ya no podía controlar el volante.
Sin pensarlo dos veces, giró el picaporte y saltó.
Su cuerpo dolorido aún giraba sobre la grava, dando vueltas y vueltas, cuando el Ford salió despedido por la parte superior del acantilado, cayendo al mar.
Tres segundos después, explotó.

˜

Estaba lleno de polvo y con la mejilla derecha raspada por las piedras. Un hilo de sangre le bajaba desde el pómulo, hasta ser absorbido por la barba, y una punzada profunda le recorría el omóplato del mismo lado.
Se reincorporó. Verificó no tener nada roto y dirigió su atención hacia el camino. La camioneta se le acercaba a toda velocidad. En breve tendría a esos tres asesinos sobre él. Debía desaparecer del lugar. Huir. Esconderse y resistir, como lo hacían los nacidos en ese continente.
Giró en redondo y se sorprendió por su buena suerte.
No podía creer lo que veía: a sus espaldas se levantaba una edificación inmensa, con torreones y almenares, murallas y dos pisos macizos construidos con grandes ladrillos. Un portón abovedado, de casi cinco metros de alto y rejas retorcidas por el tiempo, parecía invitarlo a entrar.
Eran las ruinas de un antiguo fuerte portugués del siglo XVII.
Con sólo recorrerlo con la mirada, Indy recordó su nombre: La Fortaleza del Rey Juan; una maravilla arquitectónica de la época colonial, utilizada en su tiempo para almacenar esclavos negros traídos desde el interior de África, antes de embarcarlos hacia América. Aquel había sido un sitio de dolor y angustias incontables. Un infierno hecho de ladrillos, madera y hierro, que el tiempo no terminaba de derruir. Así todo, no podía haber encontrado algo mejor para guarecerse.
Aceleró la marcha e ingresó por el admirable portón principal.
Un pasillo muy ancho lo condujo hasta una plaza interna. Ésta medía unos cincuenta metros de largo y presentaba veinticuatro puertas enrejadas todo a lo largo de sus paredes. Una fuente de agua, ya seca, señoreaba el centro mismo del predio.
Tardó un segundo. Sólo un segundo, observando ese lugar fantasmagórico que adquiría un aire espectral a medida que la noche avanzaba. Pero la demora, aunque corta, resultó más peligrosa de lo esperado.
Dos balas silbaron por encima de su cabeza, impactando en el muro y produciendo un sonido sordo, seco, al ingresar por la argamasa.
Indy extrajo su pistola y disparó al bulto, sin apuntar a nada definido.
—¡Mierda! —ladró con furia y encaró de lleno por una escalera irregular de mampostería en dirección al piso superior.
—¡Alcáncenlo! —ordenó el portugués de bigotitos parados, gesticulando como un demente a sus otros dos compañeros.—¡Traigan el cofre!
—¡Acaba de subir! —informó uno.
“Bigotes”sonrió con maldad.
—Peor para él —dijo, y trotó en dirección opuesta a la de Indiana.
Agitado, Henry “Indy” Jones llegó al primer nivel del fuerte.
¡Joder, ya no tenía edad para esos trotes! La mayoría de los hombres de su generación estaban cuidando nietos. En cambio, él seguía secretando adrenalina como si tuviera treinta años y corriendo los mismos peligros que lo acompañaban desde que era un niño explorador. “Y estaba bien”, pensaba siempre. Para eso tenía una hija que cuidaba de sus propios vástagos en Chicago. Él no era un abuelo normal. Ni quería serlo. “¿Morir?... seguro. Pero gastado, nunca oxidado”. Ese era su lema.
Cuando la escalinata terminó, Indy se topó con una pasillo tan largo como el mismísimo patio de la planta baja. Se extendía hacia ambos costados y, por la derecha, terminaba en un balcón que daba al exterior de la muralla del fuerte.
Se apoyó contra la pared y levantó la Smith & Wesson hasta su rostro. La amartilló y aguardó que sus perseguidores subieran.
Les iba a volar la cabeza si era necesario.
Contuvo la respiración. Quería oír todo, pero se sorprendió por el silencio reinante en toda la ruina.
No era posible que se hubieran ido. Los muy malditos estaban escondidos. Lo asechaban. Debía estar alerta.
Se asomó por la escalera.
Nada.
Viró y empezó a avanzar por el pasillo en dirección al balcón. Quizás podría colarse por ahí y salir de la fortaleza.
Tenía que evadir a esos desagradables anfitriones portugueses.
Avanzaba con cuidado. Despacio. Tratando de no producir ruido al pisar las piedras y miles de hojas secas que se amontonaban sobre el suelo empedrado.
Siguió caminando.
Silencio total.
Dio unos pasos más y sintió que algo cambiaba debajo de sus zapatos. Ya no pisaba roca. Pisaba madera. La oscuridad era cada vez más profunda.
Bajó la mirada hacia el piso y entonces...
...el jefe de los portugueses, jaló de una palanca muy gruesa de madera y el tablón sobre el que Indy estaba parado, se abrió hacia abajo y el arqueólogo fue literalmente chupado por el vació.
La pistola se le desprendió la mano, y para cuando su mente racional le brindó una composición de lugar, advirtió que se deslizaba rápidamente por una tubería de piedra caliza. Era como un tobogán. Y no podía detener la caída.
Trató de tomarse de las paredes.
Inútil. Demasiada inercia.
Inesperadamente, la tubería se acabó e Indy voló directo hacia un enorme piletón de material, lleno hasta el tope de... ¡arenas movedizas!
Con la caída, hundió más de la mitad de todo su cuerpo en la solución viscosa.
—¡Otra vez cara a cara, señor! —exclamó “Bigotes”, parado en una saliente de piedra, justo a la derecha de la ciénaga artificial.—Imagino que ahora no se resistirá a darme el cofre, ¿verdad?
Indy le lanzo rayos con la mirada, al tiempo que no podía dejar de esbozar una sonrisa nerviosa.
Se estaba hundiendo...
Experimentaba como todo su cuerpo era tragado de a poco, con cada movimiento de músculos. Era inevitable; no podía mantenerse en la superficie. En pocos minutos más, el nivel de aquella sopa primordial le alcanzaría la boca y las fosas nasales, cubriéndolo por completo. De seguro no sería nada agradable morir sintiendo cómo sus pulmones se llenaban lentamente de arena húmeda, verdín y agua sucia.
Las piernas, aprisionadas por sopapas invisibles, estaban por completo inmovilizadas. Era como si tuviera alrededor de ellas la gigantesca boca de un monstruo que las succionaba gradualmente hacia abajo.
—¡El cofre, señor! —exclamó el portugués, extendiéndole el brazo.—No sea necio, démelo y lo ayudaré a salir de ahí.
Jones tenía los brazos libres, Aún así no los movía mucho. Sabía que, de hacerlo, la inmersión sería más rápida y la agonía derivaría en muerte por asfixia, en menos tiempo que el deseado.
—Le queda poco tiempo, doctor Jones —auguró con voz firme.—Le sugiero que me obedezca o se hundirá con él.
El muy “hijo de su madre” no mentía. El nivel de arena subía más y más por su pecho, alcanzándole las axilas. En situaciones como esas no le quedaba otra cosa que ceder.
Sin meditar, ni anticipar consecuencias nefastas, Indy introdujo su brazo derecho en la arena. Tenía que alcanzar el morral, desabrocharlo, extraer el cofre y dárselo al matón.
Demasiados movimientos. Pero no había otra opción. Debía hacerlo.
Experimentó una sensación granulosa en la palma de la mano, semejante a la que se aprecia cuando se la introduce en una bolsa de arroz. Abrió camino en dirección de su cadera y tocó con sus dedos los bordes el artefacto, aun embolsado. Quitó la tira de seguridad y agarró el cofre con fuerza.
Lo complicado fue sacar la extremidad del tremedal. La arena lo retenía con fuerza, en tanto que Indy se hundía... ¡Se hundía más rápidamente!
Dio un tirón brusco y el brazo con la reliquia colonial emergieron a la superficie, sucios y olorosos.
El portugués sonrió con malicia.
Indy ya tenía su hombro izquierdo tapado por completo.
—¡Tírelo hacia acá! —gritó el lusitano.—¡Con fuerza!... ¡Vamos!
—Primero deme una mano —exigió Indy, furioso.
—¡Láncelo!...¡Ande!...
No era momento para discutir prioridades.
Flexionó el codo y tiró el cofre con toda la potencia que pudo, en dirección de “Bigotes”.
Se seguía hundiendo. Ya podía sentir el frío de la ciénaga en el cuello.
El portugués abarajó el cofre, muy excitado. Lo aprisionó contra su pecho y dio un paso hacia atrás.
—¡La mano! —gritó Jones, anticipándose a lo peor.—¡Deme la mano!
“Bigotes” torció la boca en una sonrisa malévola, sádica. Giró sobre sus talones y le dio la espalda. No había hecho dos pasos, cuando volvió otra vez el rostro hacia el arqueólogo. Levantó la mano, hizo una irónica venia tocándose la frente y dijo:
—¡Adeus, doctor!
Jones apretó las mandíbulas. Hervía de rabia. Sabía que eso iba a ocurrir. Sabía que ese asesino amoral dejaría que se hundiera sin más.
—¡Maldito cerdo! —pronunció por lo bajo, sin quitarle los ojos.
—¡Que tenga un feliz descenso a los infiernos! —acotó el reo; y se marchó, perdiéndose en las penumbras de una galería lateral.
Fue entonces que Indy se quedó solo con su desesperación.

˜

Pretender agarrarse de las arenas movedizas era como querer aprisionar a un fantasma con las manos: imposible. Los dedos no encontraban sustento en nada y la sensación de impotencia crecía con los segundos. Tenía ya el nivel de la ciénaga a mitad del cuello. Quedaba poco tiempo, pero se había propuesto vencer el mal trago. Con el escenario de acción despejado de fisgones, había llegado el momento de actuar.
Levantó la vista e hizo una rápida composición de lugar. Una veloz prospección del terreno.
Sobre su cabeza, a unos tres metros por encima, dos gruesas y oxidadas vigas de hierro cruzaban el predio, de pared a pared. Seguramente habían sido soportes de algún puente de madera ya desaparecido. Sobre la izquierda, a mitad de camino entre Jones y los tirantes, se abría la boca del conducto por el que había rodado momentos antes.
“Era ahora o nunca”. El tiempo ya no le daba chance. No estaba para escribir en borrador.
Introdujo otra vez el brazo derecho en la arena.
Sintió que se iba para abajo con rapidez.
Llevó su mano hasta el látigo. Desabrochó la presilla que lo retenía a la cintura y agarró el mango.
La arena le llegó al mentón.
Tiró con potencia. Jaló como loco y, finalmente, sacó el brazo con el látigo fuertemente asido.
Extendió el codo. Lo volvió a flexionar en ángulo recto y lo catapultó hacia arriba con todas sus fuerzas.
El látigo se desenrolló. Siseó como una cobra puesta en libertad y se enroscó en una de las barras de hierro, dando media docena de vueltas en ella.
“¡Ahora!”, pensó Jones.
Apretó el mango y jaló hacia arriba con el brazo que tenía libre. Todo su cuerpo se elevó.
Repitió la operación.
Su extremidad izquierda se liberó de la succión granulosa de la arena y, ya con la fuerza de ambos bíceps, le resultó sencillo trepar por el fino camino de cuero.
Cuando alcanzó el nivel de altura del conducto, se balanceó, apoyó los pies en el borde y ayudándose con una mano libre se introdujo en él. Desenrolló el látigo e inició el ascenso en dirección del pasillo desde el que había rodado.
Levantó la tapa de madera y subió al corredor. Entonces, escuchó el ruido del motor de la camioneta provenir desde la parte del balcón, al final del pasaje.
Chasqueó los dientes y se lanzó a la carrera.
Estaba en un primer piso, pero le dio igual. Cuando vio que el vehículo pasaba justo por debajo de él, sin rumiarlo demasiado, dio un salto y voló en dirección del techo.
Dos de los portugueses iban en la caja. El tercero, el de mostachos, conducía imprimiendo velocidad con el acelerador.
—¡¿Qué diablos?! —gritó sobrecogido al sentir que el techo se hundía acompañado de un ruido fortísimo. Volteó el cuello y, a través la ventanilla trasera, fue testigo de los tres golpes más certeros que había visto en años.
La primer patada que Indy tiró desde la techumbre del furgón impactó en el mentón de un portugués, que se bamboleó y salió despedido de la caja, rompiéndose el cuello en el camino de grava. El segundo golpe fue una trompada, tan bien suministrada que el otro delincuente no atinó a responder. Con la tercera lo noqueó del todo, dejándolo inerte a un costado.
“Bigotes” pegó un volantazo. La camioneta se ladeó bruscamente e Indy perdió el equilibrio.
La inercia lo sacó por encima del borde de la caja y, cuando estaba a punto de caer, sus dedos aprisionaron un borde de hierro, justo arriba de la puerta del conductor.
El peso del arqueólogo fue excesivo. La puerta apresada se abrió, sin que la camioneta redujera la velocidad. Indy estaba colgando de ella.
El conductor miró hacia su izquierda.
“¿Pero que demonios quiere hacer este veterano?”...pensó, mientras observaba a Indiana Jones luchar por sostenerse. No podía creer lo que veía. Le pareció estar en el cinematógrafo disfrutando uno de esos seriales yanquis que daban semana tras semana en Lisboa; y en el que el héroe siempre se salvaba.
No debió distraerse asociando imágenes de la realidad con las de la ficción.
Para cuando reaccionó y pretendió sacar su pistola de la sobaquera, Indy se le abalanzó con puerta y todo. Chocó contra el portugués y ambos salieron despedidos del asiento del conductor, quedando tirados todo a lo largo de la butaca.
La camioneta, sin control, tomó la dirección del acantilado.

˜

Forcejearon.
Los puñetazos de Jones sobre el rostro del lusitano eran feroces. El arqueólogo estaba fuera de sí.
—Deberías saber...—lo golpeó una vez.—...que...—volvió a golpearlo—...no soy...—le siguió dando duro—...presa facial... ¡Idiota! —y le dio la última trompada.
En eso giró, la vista hacia el parabrisas.
—¡Oh, Dios! —gritó pasmado y tiró una patada al volante.
La camioneta coleó. Se puso de costado y, en sólo dos de las ruedas laterales izquierdas, hizo equilibrio un segundo para, finalmente, volcar de lado.
Tras el ruido y dos vueltas de campana, sobrevino el silencio.
“Bigotes”, aturdido, se arrastró fuera del vehículo. Tenía los labios partidos y la nariz sangrante. Cuando se puso de pie, Indy ya lo esperaba apuntándole con su propia pistola.
—Los roles han cambiado —dijo Jones, agitado.—Devuélveme el cofre. ¡Ya!
El portugués volvió junto al vehículo siniestrado y extrajo el cofrezuelo de la guantera. Viró y se lo entregó a Jones.
—Sin rencores, ¿verdad? —expuso temeroso el europeo.
Indy abrió el cofre y revisó su interior. Estaba todo: la cruz, la medalla y el rosario. Todo. Había tenido suerte.
—¿Qué me dice, doctor Jones? —insistió el reo.—¿Sin rencores?
Indy lo miró.
—Tienes tres segundos para desaparecer de mi vista —respondió con vehemencia.
“Bigotes” se acomodó el saco y salió al trote por el sendero. A poco de recorrerlo, las sombras de la noche se lo devoraron.
Indy rodeó el lugar del accidente.
Había tenido, no mucha, muchísima suerte...
La camioneta descansaba a menos de cinco centímetros del borde del acantilado.

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