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- INDIANA JONES Y EL TESORO DE TROYA -
Autor: P.B.
Fecha: Abril 2003



ECOS


El guardia de origen griego pasó lentamente la página del periódico inglés que solían traer los extranjeros a los cuales custodiaba desde hacía meses. Se estaba haciendo tarde, el sol ya se había ocultado por entre las montañas situadas al norte, a varios kilómetros de distancia, pero aquellos extraños hombres todavía permanecían en el interior de la excavación iniciada por Schliemann. Aquél hombre no podía comprender la pasión que sentían los arqueólogos por remover la tierra en busca de piedras y polvo, pero mientras continuasen su trabajo, él podría cobrar lo suficiente para mantener a su esposa y sus cuatro hijos. Cansado por las repetitivas noticias referentes a los intentos de conquistar Europa por parte de un tal Adolf, alemán si no había entendido mal, el guardián cerró el diario y, doblándolo por el centro, lo dejó sobre la mesa de madera situada frente a él. Tras estirar los brazos y bostezar sin disimulo, bajó sus piernas llenas de barro de encima de la mesa y se acercó a la entrada de la excavación.

El monótono sonido de varios picos golpeando contra las duras paredes de tierra sedimentada y el repiqueteo de las palas trasladando enormes cantidades de arena hacia las carretillas metálicas podían resultar ensordecedoras para cualquier oído que no estuviese acostumbrado a vivir el día a día en una excavación arqueológica. Podía llegar a ser desesperante escuchar como el eco de las paredes derruidas que iban siendo descubiertas lentamente hacían rebotar las ondas acústicas, aumentando de forma considerable los decibelios. Pero por suerte o por desgracia, él ya se había acostumbrado a esta monotonía y, en el fondo, empezaba a gustarle sentir que había alguien más en aquél lugar situado en medio de ninguna parte.

Un nuevo sonido se unió a los ecos de la excavación, aunque a diferencia de estos, parecía aumentar progresivamente hasta convertirse en un ruido cada vez más y más reconocible. El guardia se giró y estiró los pliegues de su camisa para dar la bienvenida a los nuevos extranjeros que se acercaban. Un Austin Ten fabricado en 1937, de color negro y con el parabrisas abierto parcialmente para permitir la entrada del aire recalentado de aquella zona de Turquía fue descendiendo su velocidad hasta aparcar a escasos metros del guardia. Del interior del coche bajaron dos hombres vestidos con ropa militar. El guardia extendió su brazo, aunque se dio cuenta de que los extranjeros que acababan de llegar no mantenían ningún parecido con los arqueólogos que se encontraban en el interior de la excavación. Los visitantes no llevaban aquellas camisas manchadas por el sudor, ni los pantalones marrones que solían utilizar los arqueólogos, sino elegantes trajes militares y unas cuidadas botas negras.

- Bienvenidos a las excavaciones de Hissarlik.- Dijo el guardia con el mejor inglés que pudo.- No esperábamos nuevas visitas. ¿Vienen de algún museo en concreto?
- No.- Contestó secamente el extranjero que había conducido el coche.- Deseamos hablar con el profesor Smith.
- En ese caso permítanme que le comunique su llegada, señor...
- ...Kassel. Señor Kassel. No importa, prefiero que sea una sorpresa.- Volvió a responder mientras aparecía una sonrisa en su faz. A continuación los tres visitantes que habían llegado en el coche iniciaron su entrada a la excavación.


* * * * *


Los últimos rayos de sol desaparecieron y el guardia encendió las pequeñas lámparas de gas que iluminaban la entrada a las excavaciones. Empezaba a refrescar y dentro de poco el turno del guardia terminaría, pero no tenía intención de abandonar el lugar hasta que alguno de sus capataces le avisase de que el trabajo había terminado. Habían pasado varias horas desde la llegada de los extranjeros, y todavía no había ascendido ninguno de ellos. El guardia se acercó a la entrada del recinto, con la intención de escuchar parte de la conversación pero lo que escuchó le sorprendió aún más. El sonido de varios disparos efectuados por una pistola hicieron retroceder al guardia quién, sin darse cuenta, golpeó la mesa de madera donde se encontraba una de las lámparas de gas. El miedo se apoderó de él al descubrir que la lámpara se había volcado y que la mesa se había prendido. Temía ser despedido por un descuido como ese pero, en aquél instante el eco de unos pasos hizo volver a la calma al guardia. El profesor Smith, un arqueólogo inglés, apareció por la entrada de la excavación con un brazo goteando sangre. El guardia se acercó hasta él e intentó socorrerle, pero el profesor cayó al suelo. El guardia le dio la vuelta y golpeó levemente la cara del arqueólogo para devolverle a la conciencia. Smith abrió los ojos.

- Escúcheme Doulos, debe viajar hasta San Francisco. Por el bien de la expedición.
- ¿Qué ha ocurrido?- Preguntó el guardia mientras observaba como Smith le entregaba un sobre sellado.
- Dele esto al profesor Jones, Indiana Jones. Ahora, márchese.- Smith cayó agotado. Doulos dejó en el suelo al que hasta ahora había sido su capataz y guardó el sobre en uno de sus bolsillos. En ese instante escuchó nuevos pasos en el interior de la excavación y, sin dudarlo, Doulos se dirigió a una motocicleta situada detrás de una de las tiendas que componía la excavación y la puso en marcha. Sin mirar atrás, aumentó la velocidad y fue dejando a lo lejos lo que hasta ese momento había sido una de las zonas menos frecuentadas de Turquía. Cuando el guardia se decidió a girar la cabeza, observó unas enormes lenguas de fuego que subían hasta el oscuro cielo. La excavación había sido destruida.


"CANTO XVIII, VERSO 466"


La puerta del despacho se cerró tras él dando un portazo que hizo temblar algunas de las fotografías que decoraban la pared. Con pasos vacilantes, se dirigió a la primera ventana y la abrió, eliminando de esta forma el olor a cerrado que se palpaba en el interior de la habitación. El inicio de las clases en el Barnett College de San Francisco se iniciarían en dos semanas y aquél lugar ya parecía el desordenado trastero de un vendedor de reliquias y antigüedades. El profesor se rascó la barbilla, recordando que hacía un par de días que debía de afeitarse y observó el mar de estatuillas, reliquias y artefactos que había ido almacenando a través de sus propias aventuras, enfrentándose a los ladrones de tesoros para conseguir que las antigüedades de más valor fuesen guardadas en el lugar correspondiente, un museo.

La puerta volvió a abrirse, dejando entrar a su secretaria personal quién, sin pedir permiso, se acercó hasta la mesa donde aguardaban decenas de cartas para ser leídas. Con una sonrisa, se sentó en uno de los bordes y señaló hacia la ventana.
- ¿Piensa volver a escapar, señor Jones?
- No era mi intención, teniendo a alguien tan bella frente a mi.- Respondió Indiana mientras recogía uno de los collares que almacenaba en otra de las mesas y se lo ponía cuidadosamente a su secretaria.
- La última vez me abandonó saltando por esa ventana mientras yo me enfrentaba a sus estudiantes.
- Eso fue un tremendo error.- Contestó Indiana mientras su secretaria se dirigía hacia la ventana abierta.
- Tiene una visita, profesor Jones.- La secretaria se quito el collar y lo dejó en su lugar.- Parece muy nervioso. Su nombre es Doulos y dice que necesita hablar con usted lo antes posible.-
- Entonces no haremos esperar al señor... Dulos.
- Doulos, es el señor Doulos.
- De acuerdo.- Contestó él mientras buscaba entre las cartas hasta encontrar su sombrero e intentaba recordar si había conocido a alguien con ese nombre.
- Le está esperando en la entrada del College.- Dijo su secretaria mientras abandonaba la habitación y apagaba las luces. Indiana siguió a su compañera mientras se colocaba de forma correcta su sombrero y, tras despedirse de su secretaria, abandonó el despacho de la joven muchacha.

Indiana siguió el pasillo que conducía a la entrada de la Facultad, saludando al resto de profesores y a algunos de los estudiantes que hacían cola en secretaría para conocer el horario del nuevo curso. Indiana continuó caminando, dejando atrás varias estanterías con algunas de las reliquias más importantes que había encontrado en sus anteriores aventuras. Finalmente llegó a las escaleras que conducían a las enormes puertas de cristal que separaban el interior del College del exterior. Allí, Indiana observó como un hombre que rozaba los cuarenta años esperaba de forma ansiosa, moviendo incontrolablemente el talón izquierdo. Indiana intentó descubrir el país de origen de Doulos, observando el color de piel y el traje que vestía aquél hombre. Con un gran suspiro, Indiana abrió la puerta de cristal y salió del recinto estudiantil.
- Kalimera, señor Doulos.- Dijo Indiana con su mejor acento griego.
- Kalimera, señor Jones.- Respondió él.- Es un honor para mí que usted haya aceptado mi visita con tan poco tiempo.
- Llámeme Indy.- Dijo él estrechando la mano y mostrando su mejor sonrisa.
- De acuerdo señor Jones.- Contestó de nuevo el extranjero.- Necesito hablar urgentemente con usted. He hecho un viaje muy largo desde Turquía, perdiendo un valioso tiempo que puede ser necesario en otro lugar.
- No se preocupe Doulos. Acompáñeme a mi estudio.- Dijo Indiana señalando a una de las casas situadas al otro lado de la calle.- Allí podremos hablar con mayor tranquilidad, si es eso lo que usted desea.-
- Sería un gran alivio para mí, señor Jones.- Respondió él mientras seguía al arqueólogo hasta la puerta del estudio.
- Así que viene desde Turquía, Doulos.- Continuó diciendo Indiana mientras abría la puerta y permitía la entrada al visitante.- Si no recuerdo mal allí había una excavación arqueológica.
- Cierto, señor Jones, había una excavación. Ha sido completamente destruida por varios desconocidos.

Indiana se acercó a la pequeña nevera que se encontraba en el suelo de la habitación principal y sacó dos botellas de agua. Se acercó de nuevo a Doulos y le dio una de ellas.
- ¿Destruida? ¿Quién estaría interesado en destruir una excavación arqueológica?
- No puedo responderle a esa pregunta, señor Jones.- Respondió Doulos mientras tomaba un trago de la botella.- Pero mi capataz me dio un sobre para usted, eso ha sido lo que me ha traído hasta usted.
- ¿Quién estaba al mando de la excavación arqueológica, Doulos?
- Yo lo conocía como señor Smith. Desconozco su nombre. Le acompañaban otros dos hombres, también ingleses.- Indy se sacó el sombrero y lo dejó sobre su mesa de trabajo. Después tomó otro sorbo de la botella de agua.
- Sí, ya recuerdo a Smith. Se graduó el mismo año que yo en la Facultad de Arqueología. Tenía unas extrañas tesis sobre la guerra de Troya. ¿Pero quién querría...
- ¿La guerra de Troya, señor?- Preguntó de nuevo Doulos.
- Sí. Un mito de la antigua Grecia. Supuestamente hubo una gran guerra entre griegos y troyanos causada por el rapto de la mujer más bella del mundo conocido, Helena de Troya. Pero explíqueme usted que ocurrió exactamente el día del accidente.
- Por lo que puedo recordar, yo estaba haciendo mi turno de guardia cuando un coche extranjero llegó hasta la puerta de la excavación, en Hissarlik. Del interior bajaron tres hombres, a mi parecer extranjeros, pero no ingleses, no sé si me entiende...
- Sí Doulos, continúe con el relato.- Respondió Indy rascándose de nuevo la barbilla.
- De acuerdo. Como iba diciendo, los tres hombres llegaron y me dijeron que no avisase al Señor Smith, que eran viejos amigos. Después pasaron varias horas en la excavación, hasta que escuché varios disparos. En ese momento apareció Smith, y me dio este sobre, -dijo Doulos mientras mostraba un sobre que guardaba en uno de los bolsillos,- y me dijo que debía entregárselo a usted lo antes posible.
- Interesante. Muy interesante.- Contestó Indiana.- ¿Alguno de los extranjeros dijo su nombre?
- Sí, ahora lo recuerdo. Uno de los hombres se llamaba Kassel.
- Lo imaginaba. Alemanes. ¿Pero que querrían los nazis de una excavación como la de Hissarlik?- Indiana dejó la botella vacía sobre la mesa.- Doulos, deme la carta, por favor.- El extranjero le entregó el sobre, el cual estaba sellado con cera. Indiana lo observó detenidamente.- Esto se pone cada vez más interesante, señor Doulos. Este sello corresponde a una imagen de Poseidón, dios de los mares. Se dice que construyó los muros de Troya. - Explicó Indy irónicamente mientras abría el sobre y sacaba cuidadosamente de su interior un papel amarillento. Indy lo leyó detenidamente. - Parece que Smith le gustaba mantener sus descubrimientos en secreto, señor Doulos.
- ¿Qué le induce a pensar eso, profesor Jones?- Preguntó Doulos.
- La carta es una transcripción de un antiguo relato griego, no indica el título, pero si el número del capítulo y el verso correspondiente: "Canto XVIII, verso 466". A continuación hay catorce versos transcritos, y en el final de la carta, con una letra bastante rápida, dice: "Hable con Eirene. Atenas."
- Eirene era la ayudante del señor Smith. Era una de las arqueólogas encargadas del Museo de Arqueología de Atenas.
- Entonces debemos dirigirnos a Atenas si queremos saber qué estaba buscando Smith.
- Profesor Jones,- interrumpió Doulos.- ¿La transcripción no será una pista?
- Puede ser, pero no especifica la obra original. ¿Se hospeda usted en algún hotel de la zona?
- Sí, en el Hotel Columbia, a varias manzanas del Barnett College.
- De acuerdo, mañana por la noche le espero en el restaurante de su hotel, nos marcharemos lo antes posible. Tengo la extraña sensación de que Smith se ha entrometido en algo más importante.- Doulos aceptó y volvió a estrecharle la mano a Indiana. El visitante abandonó el despacho del profesor. Indiana observó como Doulos se alejaba en dirección al Hotel. Después volvió a leer los versos transcritos:

"Una vez que así dijo, allí mismo
dejó a Tetis y él se marchó
a los fuelles, a los que dirigió
al fuego y ordenó que trabajasen.
Y los fuelles soplaban, todos ellos
en número de veinte, en los crisoles
espirando una ráfaga de viento
variada, exhalada con fuerza,
unas veces para que le asistiera
cuando andaba con prisas, otras veces,
por el contrario, como deseaba
el dios Hefesto en cada ocasión,
y conforme el trabajo
se iba llevando a cabo."

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