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INDIANA JONES
Y LA TRIBU DE LA OSCURIDAD

NOVELA
Por:
Fernando J. Soto Roland

Para Diana, mi amor.


Capítulo 1

MÁS ALLÁ DEL MAPA


Isla Karkar
Archipiélago Bismarck
Nueva Guinea
Julio de 1919.

Ajenos al ambiente y a la geografía de la isla, el destacamento alemán desembarcó presuroso en las blancas arenas de la playa, dejando a sus espaldas el transporte anfibio que, desde la isla grande de Nueva Guinea, los había trasladado a Karkar.
Eran veinte hombres cansados y humillados que buscaban, en un último e irracional intento, mantener en alto la soberanía de Alemania en aquella parte del mundo, alejada de la vista de Dios. Veinte soldados que se resistían a aceptar las deshonrosas cláusulas de un tratado firmado y ratificado en Versalles hacía pocos días. Veinte almas dispuestas a todo, con tal de no dejar morir en sus corazones endurecidos el fervor nacionalista que los había mantenido en la colonia durante los últimos seis años; soportando su calor, su humedad e inestable vida geológica. Tenían en su haber media docena de terremotos, de casi ocho puntos en la escala de Richter, y otras tantas reconstrucciones de barracas y oficinas, muelles y centros de abastecimiento. Se habían ganado la paga y un reconocimiento oficial que nunca llegaría. La Madre Patria había sido vencida en la Gran Guerra y ellos eran ahora parias, hijos huérfanos que debían buscar otro hogar, otro país, una guarida en donde esconder las culpas que los nuevos vencedores les endilgarían por el sólo hecho de haber defendido sus intereses nacionales.
Por eso se negaban a rendirse. ¡Que los políticos y burócratas que manejaban el alicaído imperio se frieran en su propio aceite de ineptitud y cobardía! Ellos no acatarían las resoluciones de una República débil y maloliente, parida de una Constitución que resultaba ser el producto de la pusilanimidad de los cobardes de turno que la gobernaban. No aceptarían entregar los dominios coloniales germanos a un atajo de australianos inexpertos que, a instancias de Inglaterra, se habían vuelto dueños de islas y mares, pertenecientes a Alemania desde 1885.
Si bien en las guerras era importante saber perder, Helmut Heinder, el rebelde teniente que comandaba el pelotón, no recordaba ninguna lección del Colegio Militar que lo obligara a deponer las armas tras la lectura de un escueto telegrama proveniente de Berlín; y en el que personas que no conocía ni respetaba le ordenaban abandonar el norte de la isla grande de Nueva Guinea y el nutrido archipiélago que se desplegaba ante sus costas.
No; no era esa la forma en la que se comportaba un militar de carrera. No era posible levantar campamento en un segundo y tirar por la borda años de servicio y sacrificio. Heinder sobrellevaría las represalias que fueran. De allí no lo iban a sacar tan fácilmente. Él y sus hombres, todos experimentados soldados coloniales, encontrarían el lugar apropiado para esconderse y reprimir el pomposo y soberbio avance australiano. Y ese lugar era Karkar; un isla inexplorada y aparentemente desierta que emergía del océano a pocos kilómetros de la costa, absolutamente protegida por arrecifes de coral todo a su alrededor y tan cubierta de montañas y selva que, de lejos, semejaba un inmenso y puntiagudo pan de azúcar.

Avanzaron por la playa con cuidado. Llevaban sus fusiles preparados para ser disparados y un miedo visceral recorriéndole cada centímetros de sus cuerpos. A menos de cien metros de la costa, un muro vegetal, tan denso como la cabellera de un negro africano, se elevaba trepando las laderas de un pico innominado, de claro origen volcánico. Era el bosque tropical en su estado más puro, en su esencia más primigenia. Un verdadero corazón de tinieblas en donde los árboles señoreaban como lo habían hecho desde hacía cientos de miles de años. Hacía allí encaminaban su entusiasmo nacionalista. En esa sopa de musgos, enredaderas, lianas y sabandijas, Heinder pretendía sostenerse firme, reivindicando un honor que no pensaba negociar.
Sentía ahora que él era Alemania, y sus hombres los mojones trashumantes de una frontera imperialista que aún rezumaba dignidad.
-¡Herman! -exclamó con autoridad a uno de los soldados, mientras daba lentos pasos por la arena.-Prepara el avance. Vamos a internarnos en la isla en una hora. Que los alimentos y el botiquín estén listos y completos. Que todos los hombres se mantengan en guardia y que disparen a matar contra cualquier cosa que se mueva o resulte ser una amenaza. ¿Entendido?...
-Sí, señor -respondió el subordinado, y rápidamente partió a reunir al resto del grupo y dar las primeras ordenes recibidas desde el desembarque.
Helmut Heinder había nacido en Munich hacía treinta y siete años. Era hijo de una rica familia de comerciantes y un convencido de la superioridad de su país en cuestiones culturales, filosóficas y militares. Había abrazado, desde muy joven, la vocación por las armas y portaba con orgullo su jerarquía de Teniente Gobernador del sector norte de Nueva Guinea. Inteligente y culto, era el responsable de las primeras cartas geográficas de la región y la persona que más sabía acerca de cuán poco controlable era esa zona del planeta. Como siempre le decía a sus padres por carta: "Estas islas estarán llenas de misterios por muchos años. Vistas de lejos, son fáciles de someter, pero basta caminarlas un poco para darse cuenta de que aquí la naturaleza es indomable y que un mundo de sorpresas nos espera allí adentro. Es probable que sus riquezas sean inmensas o que aún perduren tribus -como se corre el rumor- que todavía vivan en un estado tan primitivo como salvaje son los monos de África".
En esa mañana de 1919, Helmut Heinder estaba a punto de certificar sus reflexiones.

Internarse en una jungla inexplorada era siempre una experiencia angustiante; y a pesar de haber viajado por algunos de los parajes más rigurosos del planeta, Herman Aumann, soldado raso nativo de la Baja Sajonia y especialista en supervivencia, encabezaba la fila india del pelotón con un temor que jamás antes había sentido. Presagiaba que las cosas no iban bien. Se lo había comunicado a su jefe hacía un rato; pero, tras desestimarlo, Heinder apuntó de muy mal modo, y en voz baja, que no "metiera miedo a la compañía".
-Si lo haces, Herman, te someteré a un tribunal de guerra -dijo clavándole sus helados ojos grises.-El único presentimiento que todos debemos tener -sostuvo- es el de la victoria futura. ¿Has comprendido?
-Sí, señor- reconoció el soldado. Y continuaron avanzando.
El sendero que seguían era tortuosamente irregular, en subida permanente y tapizado de hojas podridas, raíces y miles de insectos; de los cuales los mosquitos eran los peores. La temperatura superaba los 39º centígrados y sólo era apaciguada por la densa floresta que, cual bóveda natural, los cubría. Caminar por ese sitio infernal era soportar un castigo autoimpuesto más propio de flagelantes medievales que de militares modernos del siglo XX.
Aquel islote jamás había sido hollado por occidental alguno. Era terreno virgen para los europeos. Sólo la mirada lejana de algún que otro marino solitario había violado la inmaculada condición de Karkar.
La parte Este de la isla grande, explorada por portugueses hacia 1512 y bautizada por el conquistador lusitano Jorge de Meneses con el nombre aborigen de Papúa, estaba habitada -se sabía- por tribus hoscas y poco amigas de los "blancos". Incluso, algunas pocas crónicas hacían referencia al monstruoso hábito del canibalismo que ellas practicaban. Años más tarde, en el verano de 1545, el coronel español Iñigo Ortiz de Retez rebautizó el territorio con la denominación de Nueva Guinea, por el parecido que sus costas tenían con la Guinea africana. En aquella ocasión tampoco desembarcaron y el archipiélago sólo fue un nombre en un mapa incompleto. Cuando los holandeses tomaron posesión formal del lugar en 1828, lo hicieron por la costa Oeste; por lo tanto, Karkar volvió a quedar fuera de la atención de los occidentales. Recién en la segunda mitad del siglo XIX, alemanes y británicos ocuparon las costas Norte y Sur respectivamente. En ese momento, Karkar se convirtió en una postal para los imperialistas germanos. Una ínsula cercana y lejana al mismo tiempo, que observaban de lejos sin interés alguno por explorarla. Tendría de sobrevenir la derrota de la Gran Guerra para que Heinder la convirtiera en su bastión de resistencia.
Pero esa isla constituía el hogar de un alto número de comunidades desconocidas. Ocupada por melanesios desde hacía dos o tres mil años antes de Cristo, la población se dispersaba en la selva tropical, absolutamente aislada del exterior. Las fragosas montañas que la fragmentaban hacían de ese aislamiento algo inevitable y sólo en contadísimas ocasiones los alemanes habían visto desde lejos, barcazas y canoas de madera, impulsadas por individuos extrañamente ataviados. Esas visiones de pesadilla generaron más de una historia ficticia sobre los pueblos, que empezaron a ser denominados como "fantasmas".
Se les temía. Se les rechazaba. De haber podido, se los hubiera exterminado. Pero nunca nadie se había atrevido a pisar Karkar. Excepto Helmut Heinder y sus hombres.

Aumann esforzó sus piernas y alcanzó el claro que vislumbrara minutos antes. Lo indagó con cuidado. Observó el suelo, los árboles circundantes, las ramas, las hojas. Alguien había andado por ese sitio no hacía mucho tiempo. Las huellas, imperceptibles al ojo del neófito, así se lo indicaban. Volteó sobre tus pasos y se acercó a Heinder.
-Teniente, creo que estamos en problemas -dijo con la seriedad en el rostro.
-¿A qué te refieres?
-Hubo gente por este lugar. Mucha gente..., más de diez.
-¿Estás seguro? -inquirió dando una ojeada presurosa.
-Sí, señor. No tengo dudas.
Heinder permaneció dubitativo unos segundos. Finalmente. Volvió a preguntar:
-¿Qué sugieres que hagamos? ¿Acampar o continuar?
-Usted es el jefe, teniente.
-Te hice una pregunta directa, Herman -intervino secamente-. ¿ Qué sugieres?
El soldado frunció sus labios.
-Yo no me quedaría aquí. Huelo algo extraño... Esos tipos pueden estar ahora mismo mirándonos sin que nosotros lo sepamos.-Observó al resto de sus compañeros y añadió:-Los muchachos están muy nerviosos, señor.
-¿Crees que se mantendrán fiel a la causa? -preguntó Heinder, por primera vez dubitativo al respecto.
-El amor a la patria es más grande que el miedo, señor.
El teniente sonrió. Le palmeó el hombro y con un gesto de cabeza ordenó continuar la marcha.
No habían dado tres pasos cuando un repentino temblor de tierra sacudió el suelo de la isla.
-¡Terremoto! -exclamaron dos soldados al unísono.
-¡Debajo de los árboles! -mandó Heinder-. ¡Rápido!
Todos corrieron obedeciendo al jefe, en tanto la tierra iniciaba un baile geológico que agitaba todo a su alrededor.
Un silencio mortal inundó la selva. Los pájaros dejaron de trinar y el sonido de la brisa escurriéndose por entre las ramas cesó.
-¡Estén atentos! -gritó el oficial-. ¡Puede que se produzca una desprendimiento desde la cima!
Instintivamente todos miraron hacia la cumbre verde del cerro.
Entonces, el movimiento de tierra calmó.
Heinder se apartó de la palmera en la estaba agarrado y avanzó un par pasos.
-Parece que ya pasó -dijo no muy convencido.
-Estos sacudones me van a volver a loco -expresó uno de los hombres más jóvenes-. Nunca terminaré por acostumbrarme a ellos.
Nadie le respondió.
Esperaba una acotación, un chiste, un cometario sarcástico, algo...Pero ninguno de sus diecinueve compañeros dijo nada. Estaban mudos, observando como eran rodeados por demonios.


Isla Karkar.
Dos días más tarde...

Roland Wilson, coronel australiano encargado de tomar posesión de las ex-colonias alemanas de Nueva Guinea, no iba a poder conciliar el sueño por muchas noches. Lo que tenía ante él era horroroso, indeciblemente repugnante; un espectáculo más propio de una pesadilla enferma que de una realidad palpable y tangible. Quizás era eso lo que más asco producía: el hecho de ser concebido como algo "palpable".
-¡Por Cristo! ¿Qué ocurrió aquí? -La voz de su lugarteniente sonó cavernosa, entrecortada. Acababa de contener un vómito y el gusto ácido de la última comida, ya procesada, impactó en sus papilas gustativas, arrastrándole una arcada.
Wilson, sin quitar los ojos del espectáculo nauseabundo que lo atraía morbosamente, titubeó volteando hacia su camarada.
-No lo sé, Grover -contestó ojeando la exuberante naturaleza que servía de telón de fondo.-De lo único que estoy seguro es que son "ellos"...
-¿Ellos? -interrumpió, regresando la mirada a su jefe.
-Sí...
A un costado del pelotón aliado, una masa sanguinolenta de músculos, arterias cercenadas y huesos muy blanco expuestos al sol, se apretujaba junto a un árbol inmenso, pródigo en ramas y hojas. Cabezas y piernas desmembradas, brazos y uniformes teñidos de un rojo oscuro, casi negro, se arremolinaban constituyendo un único objeto impreciso, amorfo, formado por las partes seccionadas de veinte seres humanos.
-Pero..., ¿qué les pasó? -volvió a inquirir el segundo al mando.
Wilson vaciló.
-Aparentemente fueron sorprendidos por alguien... -dijo.
-...O por algo, coronel. ¿Usted cree que los aborígenes pueden ser responsables de esta carnicería?
Wilson no contestó. Conocía a Heinder bastante bien. Sabía de su bravura y don de mando. Además, los hombres que había tenido bajo sus órdenes eran soldados experimentados y provistos de muy buen armamento liviano. No era lógico verlos así, hechos un amasijo irreconocible de cadáveres entremezclados.
Grover dio unos pasos hacia delante y se agachó. Observó detenidamente cuatro de los fusiles que quedaban en la escena y giró el rostro, sorprendido, hacia su coronel.
-Señor... -dijo tapándose la boca con una mano-, estos pobres infelices no se defendieron. No dispararon un solo tiro.
Wilson comprobó lo dicho, asomándose por encima de su subordinado.
-Parece que no les dieron tiempo -agregó-. Aún tienen los cartuchos puestos. No hay duda de que los sorprendieron in fraganti...
Los treinta y dos soldados australianos, parapetados alrededor del sangriento montículo, se inquietaron. Amartillaron sus armas y cargaron sendas balas en sus recámaras.
-Debemos salir de aquí, señor -sugirió tímidamente uno de los reclutas-. No creo que sea bueno permanecer en esta isla por más tiempo.
En otra circunstancia hubiera sancionado al soldado por no solicitar permiso para hablar; pero la situación era tan extraña que el coronel Wilson aceptó la sugerencia y elevando la voz dijo de inmediato:
-¡Nos vamos de aquí!... La isla ya es nuestra. No tiene sentido que enterremos a estos pobres diablos-. Giraron ordenadamente e iniciaron el descenso por el ensortijado sendero de montaña.
Ya en la playa, al momento de subir a los botes neumáticos que los regresaban a la isla grande, Grover se arrimó a Wilson con aire de complicidad.
-Señor, ¿me permite?...
-Dígame, ¿qué pasa? -respondió mientras acomodaba su mochila a un costado de la barca.
-¿Qué escribiremos en el informe?
Wilson le clavó los ojos. Se veían en ellos el desconcierto propio de una persona que no sabía qué decir.
-Por mi parte -empezó con lentitud-, no informaré de nada de todo esto. Y le aconsejo, Grover, que usted haga lo mismo. Ya conoce todo el papeleo inútil que tendríamos que soportar en caso de que un hecho como este llegue al escritorio de algún burócrata aburrido. A esos alemanes los mataron los indios, ¿me entendió?. Indios..., así de sencillo.
Grover asintió con la cabeza.
-Estoy de acuerdo, señor...-dijo obediente-. Creo que será lo mejor.
-Bien.
-Pero -interrumpió de nuevo-, sinceramente, coronel...¿qué piensa usted que sucedió allí arriba?
Wilson miró el cerro de la isla con solemnidad. Ese lugar encerraba un misterio que no estaba interesado en desentrañar. Volvió la vista a Grover y dijo tajante:
-Lo que acabo de decirle, Grover: indios... Fueron, simplemente, indios.
El sonido del motor del bote indicó que era momento de partir.
Embarcaron; y en tanto el vaivén de las olas zarandeaba su cuerpo, atravesando en gran canal hacia Nueva Guinea, Roland Wilson echó una última ojeada a la isla. En ese instante, una frase escrita por Joseph Conrad hacía pocos años, reverberó en su mente:

"Observar una costa mientras se desliza ante el barco
es como pensar en un enigma. Allí está ante ti,
sonriente, ceñuda, insinuante, grandiosa, mezquina,
insípida o salvaje, y siempre muda, con aire de estar
susurrando: 'Ven y descúbreme'."
( El Corazón de las Tinieblas, 1902).

 

2

"EL PASADO NO TIENE PRECIO..."



Veinte años después...

Berlín, Alemania.
Setiembre de 1939.

Euforia.
Esa era la palabra que mejor definía el estado de ánimo que se respiraba en las calles de la capital germana. La alegría se notaba en los rostros ensoberbecido de las Jungvolk o Juventudes Hitlerianas, que desfilaban enarbolando sus estandartes arios y luciendo los uniformes del Partido por todos los bulevares de la ciudad. No había civil que no tuviera en la solapa una negra svástica, enmarcada en blanco y rojo; o la típica mirada de compromiso y mandíbulas apretadas que el Führer exigía a todo buen alemán. Los tonos marciales de marchas militares parecían invadir el oído del mundo. Salían de las casas, de los negocios, incluso de las dependencias públicas de cada barrio. Bajo esas notas musicales, la razón quedaba limitada y el espíritu patriótico fluía por las venas sin que nadie pudiera evitarlo. La emoción lo embargaba todo. El orgullo nacionalista se había convertido en fanatismo y cada ciudadano pretendía vestir un uniforme para, con su sacrificio, seguir engrandeciendo la gloriosa obra que Adolf Hitler había iniciado seis años atrás. Alemania estaba ahora sobre todos los países del orbe, y la conquista de Polonia era el broche de oro a una exitosa política expansionista.
La hora de la revancha había llegado.
Las paredes y muros de las casas estaban tapizadas de consignas partidarias y patrióticas. El pueblo era convocado a las armas, llamado a luchar por su país. Las tropas, movilizadas por el Estado Nazi, circulaban por doquier ostentando su poderío bélico y elegancia. Tanques, cañones, unidades blindadas, camiones y motos; soldados y oficiales; miembros de la policía secreta, jerarcas de la SS o simples ciudadanos embanderados por la locura bélica, inundaban las arterias de Berlín convirtiéndola en una verdadera cencerrada de inconciencia.
Más de quince millones de padres habían permitido que sus hijos, como miembros del Jungvolk, prestaran juramento de lealtad al Führer; y un gran número de alemanes permanecían indiferentes a la suerte que corrían los judíos o los escasísimos opositores al régimen. Incluso los sectores más conservadores y cultos, que estaban muy lejos del populismo desplegado por Hitler, terminaron por someterse al nazismo debido al notorio anticomunismo de su líder. Era conveniente, decían, mantener a los "rojos" controlados; y el Führer lo había conseguido de un modo nunca visto antes.
También sesudos intelectuales y diplomáticos de carrera se sumaron gustosamente al partido, aportando su experiencia y formación al Nacionalsocialismo alemán. Asimismo, el ejército había aceptado la svástica como parte de su insignia oficial y la Wehrmacht, las Fuerzas Armadas -tras una purga interna en la que no faltó el asesinato- no era otra cosa el brazo armado de los megalómanos designios de Adolf Hitler.
El Partido Nazi se confundía con el Estado.
El Führer y Alemania eran la misma cosa.
El III Reich, el nuevo constructor del imperio, parecía estar destinado a una duración de más de mil años.

Para Daniel Rossberg diez centurias era mucho tiempo. En menos de una década había perdido todo lo que construyera a lo largo de casi cincuenta años de profesión y trabajo. No quería pensar siquiera en tener que soportar un día más ese régimen oprobioso y criminal, que sus propios compatriotas habían contribuido en llevar al poder. Sabía que, a la corta o a la larga, los nazis caerían bajo el propio peso de sus acciones impuras; por eso estaba decidido a emprender el riesgoso trámite que durante tanto tiempo había pergeñado. Arriesgaba su vida. Aún así, con la muerte en los talones, era la única forma en que se sentía vivo.
Aligeró el paso y cruzó la avenida, sorteando media docena de autos. Las banderas partidarias flameaban en casi todas las ventanas, incluso en el hall de entrada del Prusia Hotel, al que se dirigía.
Se abrió camino entre la multitud y alcanzó la entrada principal del edificio, alfombrada de rojo bermellón. El bellboy le abrió la puerta con un ceremonioso "heil Hitler" y Rossberg encaminó su temerosa humanidad hacia el mostrador.
Cuando el jefe de admisión, tan serio como un buldog y formalmente vestido de saco y corbata de seda azul, se apersonó enfrente suyo Rossberg tembló por dentro. Estaba paranoico. Lo sabía. Era imposible que un desconocido pudiera leer sus intenciones o conociera su odio visceral por los nazis. Aún así, experimentó la sensación de ser auscultado por un radar amoral de fríos ojos azules.
-Guten tag -saludó en voz baja, apoyando los brazos sobre el mostrador-. Quisiera ver a herr Harold Müster, por favor. Se aloja en el hotel desde ayer por la noche. Mi nombre es Heyndrich -mintió-, Maximilian Heyndrich.
-Un segundo, señor -contestó el empleado y cotejó el libro de admisión. Arrastró el dedo índice por los renglones, se detuvo en uno de ellos y por último respondió:-Efectivamente, caballero. Herr Müster lo está esperando. Aquí tengo su autorización. La habitación es la número 323. ¿Sube usted o lo llamo para que baje?...
-No; no se preocupe, yo subo. Danke -y sin más, tomó el ascensor que lo llevaba al tercer piso.
Franqueó un largo corredor y se detuvo frente a la numeración indicada. Se acomodó el sobretodo. Bajó su solapa, se ajustó el sombrero de fieltro gris y dio tres golpes cortos y secos en la puerta. Cuando ésta se abrió, un individuo de cuarenta años, alto, delgado, con gafas y vestido formalmente de saco, camisa blanca y moño color violeta oscuro, se recortó en el marco.
Rossberg no pudo contener su emoción.
-¡¡Indy!! -exclamó; y lo abrazó con fuerza.
-¡Daniel, mi buen amigo! -respondió Indiana Jones, devolviéndole el fraternal saludo.

El cuarto de Indy era modesto pero cómodo. Poseía una hermosa vista hacia una plaza arbolada y una luminosidad generosa que, de no ser por el grueso cortinado que cubría las ventanas, hubiera permitido obviar lo gris que era el panorama mundial de entonces. El sol, oculto por el miedo, no entraba en la habitación 323. Había que cuidarse de las miradas conspicuas de los agentes del Estado; y por eso preferían estar en semipenumbras, alumbrados apenas por un débil velador de mesa.
Indiana, sentado en un sillón de pana, observaba a Rossberg con tristeza en los ojos; mientras sostenía un vaso con coñac. Aquel hombre, que conocía desde hacía años, era sólo la sombra de lo que había sido tiempo atrás. Estaba más delgado, más demacrado y canoso. Se veía a las claras que el sufrimiento era parte de su vida cotidiana y ya no tenía la mirada vivaz que lo caracterizaba. La historia se lo había llevado por delante.
-Te agradezco infinitamente que hayas venido, Indy -dijo Rossberg parado a un costado de la ventana-. No quería involucrarte en todo este lío, pero no tenía otra persona de confianza a quien acudir.
-Todos estamos involucrados en esto, Daniel -respondió Jones con seriedad-. Además, me hubiera ofendido mucho si no me llamabas.
Rossberg sonrió agradecido.
-También lo hice por eso, amigo. Te conozco y sabía que acudirías a mi llamado sin objeciones. Ya sabes cual es la situación que atraviesa este país...
-...una locura.
-Sí; una demencia total. Y ahora, como si fuera poco, ¡una nueva guerra! ¿Acaso no hicimos la primera para que no hubiera ninguna otra?... -inquirió retóricamente con angustia.
-Eso nos hicieron creer -respondió Indy sin mover un músculo.
-¡Qué generación la nuestra!
Indiana dibujó una breve y socarrona sonrisa ladeada.
-Los chinos tienen una antigua maldición -expuso con parsimonia-; que pronuncian siempre ante el peor de sus enemigos: "Ojalá te toque vivir en un época interesante", dicen.
-No se equivocan -rió Rossberg-. Nosotros estamos malditos, en ese sentido. ¿No lo crees?
Indy le dio un sorbo a su coñac. La verdad es que le hubiera encantando alcanzar la adultez en otra época. Aún recordaba los años felices anteriores a 1914, cuando con su padre recorrían el mundo en una especie de Grand Tour siempre lleno de sorpresas y enseñanzas nuevas. Pero aquellos días habían pasado y las fronteras, y las ideologías, y el fanatismo, habían levantado barreras de acero muy difíciles de derribar, a no ser que se usaran los cañones de la intolerancia. La Belle Epoque era cosa del pasado. El presente se anunciaba interesantemente duro.
-¿Y tu familia, Dan? -inquirió, esperando una mala noticia-. ¿Qué hay de tus padres y de tu hermano?
-Perdieron todo -contestó a boca de jarro-. Todo, absolutamente...
-¿Cómo sucedió eso?
-A papá, por decreto, le confiscaron el negocio. Dicen que los judíos somos los responsables de los males que sufrió el país y que tenemos que escarmentar. Sostienen que somos una raza impura, especulativa...
-¡Malditos nazis!...
-...Jacob, fue despedido del hospital hace tres años. Tiene prohibido ejercer la medicina. Ahora está tramitando su salida hacia Suecia, un país neutral que nos está auxiliando -hizo un impasse muy corto y continuó:- Mis padres están viejos y tercos: no quieren abandonar Alemania. Los comprendo, pero temo mucho por ellos.-Tragó saliva y prosiguió:-Están deportando familias enteras hacia Europa oriental; a juderías, como les dicen. La verdad es que se desconoce qué suerte corre toda esa gente. De seguro son obligados a trabajar en fábricas de municiones. Papá tiene la esperanza de que todo cambie...
-...empeorará, Daniel -intervino Indy.
-Es lo que yo creo. Pero él no entiende razones. Insiste en quedarse en "su" país...
Indiana sintió cómo se le formaba un nudo en el estómago. La situación de su amigo era angustiante y sabía que no era el único que la sufría. Lo miró fijamente y preguntó:
-¿Y qué pasa con tu vida? ¿Cuál es el motivo de tu llamado?
Rossberg levantó la vista y la clavó en los ojos de su compañero.
-Necesito tu ayuda -dijo sin preámbulos.
-Aquí estoy, Dan. ¿Qué precisas?
-Indy -empezó Rossberg-, quiero que sepas, ante todo, que no estás obligado a nada. Lo que voy a ofrecerte es peligroso, muy peligroso, amigo mío...
-Daniel -intervino Jones acomodándose sus anteojos de lectura-, crucé todo el océano con pasaporte falso sabiendo eso de antemano. Si no estuviera dispuesto a correr riesgos me hubiera quedado en Barnett College, ¿no crees? -Y agregó con vehemencia:- Dime qué pasó...
-No puedo confiar en nadie, Indy. Toda la gente que conozco está loca. Hitler y sus nazis los tienen hipnotizados con su discurso violento y racista. ¿Sabes algo?... La gente delata a sus propios familiares. ¿Puedes creer eso?... El Estado lo controla todo y cada uno de nosotros es susceptible de ser acusado de traidor por la persona menos pensada -tomó aire-. ¿Recuerdas a Otto Wölfing?...
-¿El filólogo?...
-Sí -respondió Rossberg-. Fue delatado por su sobrino de doce años. ¡El sobrino que él mismo crió después de la Gran Guerra!...
-...¿Es nazi?
-De la Juventud Hitleriana.
-¡Qué maldito hervidero de futuros asesinos! -exclamó.
-El chico es ahora un líder de brigada -prosiguió Rossberg- y tiene bajo su mando a otros diez muchachos de su misma edad. Le dieron medallas y cargos; honores otorgados por el mismísimo Adolf Hitler tras la desaparición de su tío.
-¿Otto desapareció? -preguntó Indy frunciendo el ceño.
-Desde hace siete meses no sabemos en dónde está.
-¿Y nadie pudo averiguar nada?
-No es bueno andar por ahí preguntando por un "traidor del Estado". Se corre el riesgo de seguir la misma suerte -expresó con la vergüenza de quien teme.
-Hay que moverse con cuidado, Dan. En determinadas cuestiones muchas veces es mejor esperar a que la tormenta pase.
-Sí -consintió con tristeza-. El enemigo está en todas partes; especialmente cuando eres judío.
-¿Qué pasó con tu trabajo?
-Lo usual en estos casos: me exoneraron del museo hace dos años.
-Nunca me dijiste nada al respecto... -articuló Indy sorprendido
-No podía. Interceptan todas la correspondencia. De no haber sido por esos amigos suecos de mi hermano hubieran pasado los años sin que tuvieras noticias mías. Esto es una cárcel. ¿Lo comprendes ahora?...
Indy asintió con la cabeza. Recordó la dedicación que Rossberg había puesto siempre en su trabajo como curador del Museo Vön Strassen y la estrecha amistad nacida en una de sus salas hacía casi veinte años. Era otra época, dura, pero diferente en muchos aspectos a la que vivían. Por lo pronto los nazis no existían y los códigos en Alemania eran otros.
Miró a su amigo y volvió a preguntar:
-¿Qué es lo que necesitas?
Rossberg se acomodó el cabello entrecano.
-Iré al grano, amigo -dijo.
-Me parece bien.
El ex-curador se apartó de la ventana, caminó hacia el centro de la habitación, giró en redondo, enfrentó a Indy y dijo:
-Quiero sacar del país un cargamento completo de obras de arte.
Indiana quedó perplejo.
-¡¿Qué?!...-exclamó-. ¡¿Qué dices?!...
-Lo que escuchaste: quiero que saquemos de Alemania una serie de obras de arte que, de otro modo, se perderán para siempre.
El arqueólogo se acomodó en el sillón. Una ola de adrenalina le surcó la columna vertebral.
-Explícame, por favor...-hostigó verbalmente.
Rossberg tomó asiento en el borde la cama y adoptó la postura de un catedrático presto a dar una conferencia.
-Mira, Indy, no hay mucho qué explicar. El asunto es sencillo, al menos en teoría. Estoy convencido de que todavía puedo hacer algo útil por el futuro de este país y creo tener ahora una oportunidad excepcional para combatir desde la sombra a estos cerdos. -Miró las cortinas que tapaban la ventana. Aún en la privacidad de un cuarto temía ser oído.-Supongo que ya estarás al tanto de lo están haciendo con la educación y la cultura, ¿verdad?
-Sí; sé que queman bibliotecas enteras en actos públicos -respondió Jones.
-¡Están locos! -prorrumpió Rossberg-. Dicen que es literatura "degenerada"; que corrompe el espíritu, que altera la conciencia de la gente. Han incinerado millones de textos, muchos de ellos incunables. ¡Los hemos perdido para siempre, amigo mío!... ¡Esto es como el incendio de la biblioteca de Alejandría! Y yo no puedo quedarme con los brazos cruzados viendo semejante barbarie. Además, no sólo son libros lo que han destruido. Pinturas, lienzos, acuarelas, esculturas, están siendo quitadas de museos públicos y privados. El arte no figurativo ha desaparecido de las galerías y miles de otra piezas de origen africano, americano o polinesio corrieron y correrán la misma suerte-.Extendió el brazo y tomó la muñeca de Indiana para volver más vehemente su comentario.-Quince días antes de que me expulsaran del museo me llegó la orden de que empacara toda una colección de armas, vestimentas, máscaras y reliquias ceremoniales provenientes de Indonesia y Asia. Supe por un informante que iban a ser incineradas. ¿Te imaginas?... ¡Son piezas únicas, Indy! ¡Un arte que pertenece al patrimonio del mundo y que estos ignorantes borraran de la faz de la Tierra!...
-¿Quiénes son los encargados de todo ese trabajo?
-Las SS. Tienen a su cargo un sin fin de funciones: arqueología alemana, investigación de antepasados, investigación astrológica... Además, claro, de sus tareas de inteligencia interna, persecución y asesinatos.
-Malos chicos...
-Sí...
-Dan, ¿no crees que puedan estar vendiendo esas piezas en el mercado negro o mandándolas a cajas de seguridad en Suiza o algún otro país? -racionalizó Jones.
-Algunas, probablemente. Pero no la mayoría. Estos imbéciles creen que sólo el arte ario tiene derecho a permanecer en las vitrinas de los museos. Están convencidísimos del daño moral que produce toda manifestación artística no germana. ¡Son unas bestias!
-Tiene que haber alguna forma de detener esto...
-No, Indy. No la hay. Legalmente es imposible. Acá no valen las protestas ni los argumentos de especialistas. Los nazis tienen anteojeras y el poder absoluto para imponer su propia versión del asunto.
Jones se recostó contra el respaldo del sillón y apoyó el vaso de coñac en una mesita lindera. El desprecio por ese régimen autoritario e indocto fluyó por sus venas
-¿Y cuál es tu plan? -Inquirió masticando rabia.
-La idea es sacar una colección de estatuillas malayas con ayuda de los suecos que te contactaron en Estados Unidos. Es un pequeño cargamento que logré embalar y sacar del catálogo antes de abandonar el museo.-Sonrió con tristeza y agregó:-Puede decirse que lo robé...
Indy se rascó el mentón y jugueteó inconscientemente con la cicatriz que adornaba su barbilla desde la adolescencia.
-Robar al III Reich... -dijo-. Me pregunto qué grado de inmoralidad tiene eso.
Rossberg sonrió.
-La idea es mantener lo que se pueda a salvo de esta vorágine destructiva. Algún día, repatriaremos esas piezas. Pero por el momento tenemos que ocultarlas y qué mejor que tu universidad para que pasen allí una temporada...
Indy devolvió la sonrisa.
-Marcus estará encantado de colaborar contigo -expresó, aludiendo al curador del museo del Barnett College-. Lo cierto es que sería un pecado imperdonable dejar que reliquias de ese calibre queden en manos de esta gente o disponibles a cualquier persona inescrupulosa...
-Es bueno que lo interpretes de ese modo, Indy -dijo Rossberg aliviado-. Ya sabes, el pasado no tiene precio...
-... a menos que tengas dinero para comprarlo -ironizó Jones.
Rossberg asintió en silencio.
-Conoces bien el "negocio", colega.
-Vivo de esto, Dan. Es mi obligación profesional conocer todos los recovecos del asunto. Pero, dime, ¿quiénes son esos suecos que nos darán apoyo desde adentro?
-Un grupo humanitario muy confiable. No los conozco personalmente. Es mi hermano quien los contacta clandestinamente. Él es el intermediario.
-¿Y están de acuerdo con todo?
-Por supuesto que sí. Jacob me dijo que cuando tuviera solucionado el tema del destino de la colección lo llamara para iniciar la operación.
-En ese caso, levanta el teléfono y comunícate con él. Yo estoy listo.
Rossberg se despegó el cuello transpirado de la camisa y masajeó su garganta.
-Hay una cosa más...-dijo.
-¿Cuál?
-Poco antes de dejar mi puesto de curador en el museo -empezó-, envié a dos colaboradores de confianza, dos historiadores del arte, en una misión de campo extraoficial. Tenían que conseguir cierto material, muy interesante en una isla del Pacífico; pero perdí contacto con ellos una vez que me despidieron. Lo cierto es que temo por la seguridad de ambos y me siento en parte responsable por su suerte.
-¿Responsable? ¿De qué? -preguntó Jones.
-Indy, nadie supo absolutamente nada sobre ese trabajo. Fue una decisión mía, inconsulta...
-¿Una "misión secreta"?
Rossberg elevó las cejas.
-Podríamos llamarla de ese modo; pero, no "militaricemos" más el lenguaje de lo que está.
-Tienes razón -admitió Indy-. Los "vientos de guerra" empiezan a influenciarnos a todos. En cualquier momento -agregó con un mohín- vestiremos uniformes de nuevo.
-Aquí ya lo hacen desde hace tiempo...
-Y dime -interpuso Indy con curiosidad-, ¿qué tipo de material es el que mandaste a buscar?
Daniel Rossberg experimentó una leve mutación en el rostro. Fue algo imperceptible. Un gesto, un movimiento de ojos, que Indiana Jones intuyó como el preámbulo de algo importante. Finalmente el ex-curador repuso:
-Máscaras...
-¿Máscaras?
-Sí, máscaras. Máscaras rituales.
-Debí imaginarlo -agregó Indy-. Han sido desde siempre tu debilidad.
-Efectivamente. Tú sabes que la colección del museo es...-por un segundo detuvo su alocución y tomó conciencia del incorrecto tiempo verbal-; bueno..., "era" una de las mejores de Europa -dijo con desazón.
Indy afirmó con la cabeza. Rossberg no exageraba en lo más mínimo. El Museo Vön Strassen era el propietario del más grande y variado stock de máscaras y caretas votivas que existía en occidente; y en gran medida ese logro era responsabilidad exclusiva de su amigo.
-Me había propuesto convertirla en la muestra más famosa -prosiguió Rossberg-, pero ya ves, todo se fue por la borda. Jamás imaginé que el trabajo de casi una vida fuera a parar a las hogueras nazis. ¡Qué iluso fui!... ¡Pensar que mi mayor temor era la competencia de los otros museos!...
-¿Y qué tienen esas nuevas máscaras de especial, Dan? -inquirió Indy, reencausando la plática.
-Mira, te explicaré -introdujo Rossberg-. Hace unos seis años, antes de que Hitler fuera nombrado Canciller del Reich, recibí una carta de Klaus Krugermmacher, un explorador independiente que, de tanto en tanto, me proveía de piezas artísticas muy originales. Ese tipo era un intrépido. Un sujeto capaz de internarse por zonas inexploradas con tal de encontrar arte aborigen y recibir dinero a cambio, para poder seguir explorando por su cuenta. En esa carta que te digo -prosiguió- hablaba de algo muy extraño que despertó mi curiosidad. Hizo referencia a una comunidad aborigen completamente ciega.
-... ¿Ciega?
-Igual que los murciélagos, Indy. Ciega por completo, según informaba.
-Es extraño... Jamás oí nada al respecto.
-Yo tampoco. Pero eso no es todo -agregó-. Krugermmacher afirmó que podían recuperar la visión usando ciertas máscaras rituales.
Un silencio tan denso como el cemento inundó el cuarto.
Indy volvió a acomodar su cuerpo en el sillón de pana y mantuvo el mutismo sin querer anticipar hipótesis alguna. Por último, y ante la mirada fija de su compañero, preguntó:
-¿Y cuánto de fabulador tiene ese tal Krugermmacher?
-No me consta que lo sea, Indiana -repuso Rossberg-. En todas las transacciones que mantuvimos, jamás faltó a la verdad o exageró sobre la importancia de los objetos que vendía. De hecho, nunca los sobrevaluó y fue por años mi mejor proveedor. Siempre confié en su capacidad y honestidad. No tuve motivos para dudar de su palabra, ni los tengo ahora.
-Convengamos que lo que te dijo es algo raro.
-Extremadamente raro -aseveró-. Él llamó a ese pueblo "la Tribu de la Oscuridad"... ¿Te imaginas, Indy, una sociedad entera cuyas pautas culturales y creencias les permitan superar algún tipo de ceguera traumática o psicológica?
-Un placebo ritual...
-¡Exacto! Un mecanismo litúrgico que cura la no videncia con el sólo hecho de colocarse una máscara... ¡Maravilloso!
-¿Y qué quieres que haga al respecto? -preguntó el arqueólogo.
-Que una vez fuera de Alemania trates de contactarte con mis hombres de alguna manera y de paso les adviertas de mi situación actual. Además, en caso de que hayan conseguido esas máscaras, quiero que las tengas en custodia hasta nuevo aviso.
-Pero hace dos años que no sabes nada de ellos... ¿Qué pudo haberles pasado?
-No lo sé.
-¿Es una zona peligrosa?
-Tampoco lo sé. Lo único que puedo informarte es que no ha sido visitada antes por occidentales, que yo sepa.
-Y en caso de que hayan regresado a Alemania, ¿es posible de que no te lo hayan informado?
-¡Imposible! Ya te dije que eran de mi entera confianza, Me hubieran avisado de inmediato. Además, sabían que sus honorarios estaban siendo pagados con fondos no declarados. Los patrocinadores nazis del museo no habrían permitido la erogación de un solo peso en una investigación de campo de ese tipo.
-¿Y sus familiares? ¿Qué dijeron?
-No tienen familiares. Por eso aceptaron el trabajo.
Indy se quitó los lentes, refregó sus ojos y mientras pensaba en toda las cosas que tenía por delante, preguntó:
-¿Cuál es esa isla a la viajaron tus especialistas?
-La isla Karkar -contestó Rossberg- , en Papúa-Nueva Guinea.

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