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Adolf Hitler
Episodio 25. Princeton (USA) / Venecia (Italia) / Tierra
Santa (Turquía, Siria, Jordania). 1938
dolf
Hitler (1889-1945) nace en Braunau (Austria) el 20 de
abril de 1889 en el seno de una familia de clase media.
Su padre fue Alois Hitler, un funcionario de aduanas
aficionado al alcohol y a las mujeres, y dueño
de un carácter irascible que más tarde
heredaría su hijo Adolf. Se casó varias
veces y su agitada vida sentimental la mantuvo hasta
el final de su vida. Cuando conoció a quién
sería la madre de Hitler, Klara Pölz ya
era un hombre de cincuenta años con hijos de
su anterior matrimonio casi tan mayores como su futura
esposa. Klara Pölz era una mujer de rasgos muy
bellos aunque de poco carácter y completamente
sometida a la autoridad de su marido. El matrimonio
tuvo seis hijos de los cuales sólo Adolf y su
hermana Paula llegaron a la mayoría de edad.
Esta circunstancia influyó en la sobreprotección
que Klara le brindó a sus hijos Adolf y Paula
por el temor a perderlos. El carácter violento
de Alois que limitaba su rol de padre a frecuentes golpizas,
alimentaron el fuerte rechazo de Adolf a la figura paterna
y una gran devoción por su madre que mantuvo
hasta el final de su vida. Adolf no alcanza a terminar
la escuela secundaria, según sus maestros, por
falta de aptitud para el estudio. Su vocación
fue siempre la pintura pero sus obras son apenas aceptables
y en sus cuadros las figuras humanas lucen desproporcionadas
con el contexto. A los 17 años es rechazado en
su admisión a la Academia de Bellas Artes y sus
obras son calificadas como mediocres. Poco después
muere su madre de cáncer a los 47 años
de edad y este episodio doloroso no lo podrá
superar en toda su vida. Hasta su propia muerte lo acompañó
un retrato de su madre que colgaba al lado de su cama
y que no dejaba de mirar todas las noches.
En un acto que habla
de su desprendimiento por lo material, cede la pensión
de huérfano que le correspondía por ser
menor de edad en favor de su hermana Paula. Sin estudios
completos y sin sustento económico alguno, deambula
por las calles de Viena como vagabundo durante varios
años, durmiendo en las calles, en un albergue
público o en un cuarto alquilado si es que lograba
vender algunas de sus pinturas. Durante breves períodos
trabajó en fábricas, como barrendero y
como changador en las estaciones de trenes. Pero el
trabajo físico no era lo suyo y si no dejaba
por cansancio lo echaban por inepto. Según el
testimonio de un cirujano amigo en los tiempos de Viena,
Hitler parecía un espectro por lo flaco y pálido
pero nunca tuvo vicios a pesar de vivir en un medio
plagado de inconductas. Ni siquiera tenía relaciones
con el otro sexo lo que de por sí generaba suspicacias
en sus compañeros de albergue. Su aspecto personal
dejaba mucho que desear, pelo largo, barba sin cuidar
y siempre la misma ropa sucia y llena de remiendos.
Años más tarde, ya en el poder, recordaba
que sus experiencias más tristes habían
tenido lugar en medio de la alegría de la gente
de Viena. Al anexionar Austria, su obsesión principal
fue vengarse de cada uno de los individuos que, según
él, lo habían despreciado. Desde el director
de la Academia de Bellas Artes hasta algún compañero
del albergue público que le había robado
su par de zapatos mientras dormía, fueron víctimas
de las SS por orden expresa de Hitler que a pesar de
los años transcurridos no olvidó el más
mínimo episodio de sus años de vagabundo
en Viena. En una ciudad que era el sueño de cualquier
turista, con los mejores teatros y casas de arte, Hitler
convivió con el hambre como mejor compañero.
La capital más espléndida y culta de Europa
era vivida como una pesadilla por el joven Adolf que,
sin embargo, se negaba a buscar un trabajo fijo por
ser algo incompatible con su naturaleza. En este punto
cabe destacar que esta vida de vagabundo Hitler la adoptó
por propia elección y no por necesidad como escribió
años más tarde en su libro "Mi Lucha".
Heredó de sus padres un par de propiedades e
incluso contaba con el respaldo económico de
sus hermanos mayores pero se negó sistemáticamente
a recibir cualquier tipo de ayuda. Su hermano mayor,
Alois llegó a ser un próspero comerciante
en Inglaterra e intentó convencer a Adolf de
participar en sus negocios. En un episodio poco conocido
de la vida de Hitler, éste vivió un tiempo
en Inglaterra en el departamento de su hermano. Al cabo
de un mes de estadía, Alois no solo falló
en su intento por hacer trabajar a su hermano sino que
puso en peligro su matrimonio por culpa de las actitudes
del joven Adolf que se quedaba durmiendo en el living
hasta el mediodía despertando la furia de su
cuñada. De Viena pasa a Munich donde sigue su
vida de vagabundo hasta que en 1914 estalla la gran
guerra. Hitler, que por entonces tenía 25 años,
recibió la noticia como una bendición
del cielo. Se ofrece como voluntario tras haber sido
rechazado en el servicio militar por tener un físico
inadecuado para portar armas. Como soldado anónimo
parte hacia el frente y durante cuatro años padece
la vida en las trincheras con las ratas, el olor a muerte
y con el agua hasta los tobillos. Según el testimonio
de sus camaradas de armas, Hitler demostró tener
un coraje fuera de lo común e hizo de mensajero
entre las líneas de fuego. Salvó su vida
milagrosamente en reiteradas ocasiones y recién
al final de la guerra quedó ciego por efecto
del gas mostaza. En el hospital militar, en medio del
delirio por los efectos del gas, y todavía ciego
se enteró de la rendición incondicional
de Alemania. En ese preciso instante, en medio de la
peor desolación, dijo ver a la Divina Providencia
que lo había elegido para conducir los destinos
de Alemania. Pudo ser una alucinación o simplemente
un invento, pero lo cierto es que quince años
después cumpliría ese designio. En 1919
se une al partido obrero alemán y dos años
después ya era jefe del partido. La guerra en
las trincheras lo había transformado en otra
persona. El vagabundo más infeliz de Viena era
ahora jefe de un partido político. El 9 de noviembre
de 1923 fracasa en su intento de tomar el poder en Munich
acompañado de glorias como el general Ludendorff
y el as de la aviación Hermann Goering. Conoce
la prisión y allí escribe su libro "Mi
Lucha" que pronto se venderá en toda Europa.
Allí expone sus ideas políticas y señala
con claridad sus planes futuros. Con asombrosa precisión
cumplirá cabalmente las promesas de su libro
en el sentido de exterminar a los judíos y expandirse
hacia el Este. Cuando muchos historiadores sostienen
que el pueblo alemán fue mantenido al oscuro
de los planes de Hitler parecen olvidar deliberadamente
el libro "Mi Lucha" en dónde se explica
claramente como extirpar el "cáncer judío"
y donde Hitler expone proféticamente sus intenciones
con respecto a Rusia. Considerando que se vendieron
millones de ejemplares de este libro en toda Europa
cabe preguntarse incluso la actitud de los dirigentes
de Occidente que no tomaron recaudos a partir de la
llegada al poder de los nazis en 1933.
Hitler se inspira
en su ídolo Mussolini y copia no sólo
sus ideas sino también sus organizaciones partidarias
y políticas. Inspirándose en las camisas
negras de Mussolini, crea sus camisas pardas y sus SS,
en vez de Duce se hace llamar Führer pero en lo
único que no puede imitarlo es en su apariencia
física. A pesar de usar hombreras artificiales
y botas hasta las rodillas, su físico escuálido
contrasta con la figura robusta del Duce; su cuerpo
pálido y lampiño configura un aspecto
afeminado que contrasta con la virilidad de Mussolini,
quien por el contrario ama hacerse fotografiar con el
torso desnudo o haciendo footing en la playa; su ridículo
bigote lo asemeja a Chaplin mientras el Duce con su
mentón prominente, su boca provocadora y un cráneo
romano perfecto se asemeja a un César. El único
fuerte de Hitler son sus ojos azules que parecen poseer,
a juzgar por la cantidad de testimonios, de una rara
capacidad hipnótica. Hombres de gran personalidad
como Goering, una vez delante de Hitler terminaban contando
las baldosas del piso, tanto era el temor que inspiraba
ese hombrecito. Observándolo en los documentales,
con sus movimientos torpes y su sombrero de cartero,
cuesta entender la autoridad que irradió entre
sus subordinados y la devoción que despertó
en su pueblo. Fue, sin embargo, un excepcional orador
con una voz de timbre mesiánico, su rostro se
desfiguraba, las venas de su cuerpo se hinchaban y su
apariencia se asemejaba mucho a la de un Cristo sediento
de venganza. El éxtasis que provocaba en el público
ni siquiera es comparable con las ensordecedoras ovaciones
que recibía Mussolini. Mientras el Duce, actor
nato, conquistaba a su público con sus gestos
ampulosos y exagerados, que provocaban un diálogo
cómplice con su auditorio, la relación
de Hitler con las masas estaba envuelta en una atmósfera
religiosa. Por último, la propaganda fascista
no escondía al gran público las aventuras
sexuales de Mussolini en un pueblo donde la infidelidad
conyugal está íntimamente relacionada
con la virilidad del hombre. En Alemania, en cambio,
Hitler era visto como un asceta y su relación
con Eva Braun (si es que realmente existió algún
tipo de contacto) se mantuvo en el más absoluto
secreto hasta el final de la guerra.
La relación
de Adolf Hitler con Eva Braun se utilizó durante
la posguerra para desacreditar su imagen de asceta y
de hombre plenamente consagrado a su patria tal como
lo presentaba la propaganda nazi. Dado que sus críticos
no pudieron derribar su mito de soldado valiente durante
la gran guerra ni encontraron pruebas de actos de corrupción
por su parte (lo mismo sucedió con Mussolini),
escarbaron su vida privada subrayando hasta la exageración
sus relaciones amorosos, en donde no faltan opiniones
acerca de un sadomasoquismo e incluso de supuestas relaciones
homosexuales. Por el testimonio de la gente que estuvo
a su lado en distintas etapas de su vida, Hitler solamente
amó a una mujer, aparte de su madre, que fue
su medio sobrina Geli Raubal, quién tuvo un trágico
final suicidándose en 1931.Está demostrado
que Hitler nunca sintió nada por Eva Braun (ella
en cambio sí lo amaba) y si aceptó tenerla
cerca de su entorno fue más por compasión
o comodidad que por algún rasgo de cariño.
Los repetidos intentos de suicidio de Eva Braun estaban
destinados a que Hitler fijara su atención en
ella e incluso antes de morir Hitler le regala una boda
de casamiento en reconocimiento a su lealtad y no por
amor. Textualmente escribe Hitler: "Durante mis
años de lucha consideré que no debía
contraer matrimonio pero ahora que mi vida llega a su
fin, he decidido tomar por esposa a la mujer que aún
sabiendo que Berlín se hallaba rodeada vino para
morir al lado del hombre que amaba".De su parte,
no hay ni una palabra de amor o de afecto, sólo
un reconocimiento de lealtad. Su desinterés por
los afectos se hizo abarcativo a su propia familia,
hermanos y sobrinos a quienes nunca veía y no
porque tuviera una mala relación con ellos. En
ese sentido era muy parecido a Stalin y vivía
dedicado a Alemania las 24 horas del día. Alemania
fue la obsesión de toda su vida y la confundía
con su madre. Su desprendimiento por lo material era
absoluto y las cuantiosas ganancias que obtuvo por la
venta de su libro "Mi Lucha" las donó
a las arcas de su partido.
Stalin, Hitler y en
menor medida Mussolini fueron fanáticos de una
idea nacionalista y se desvivieron por ella. Mandaron
al frente a morir a cientos de miles de soldados, pero
antes ellos habían luchado con valor en las trincheras.
Si se quiere, tenían una autoridad moral en ese
sentido. Luchaban contra la corrupción de sus
gobiernos dando el ejemplo de honestidad personal como
primera medida. Cuando durante la guerra los alemanes
tomaron de prisionero a su hijo, Stalin se negó
a negociarlo por un general alemán. Mussolini
perdió en la guerra a su hijo Bruno, el más
parecido a su padre en carácter, mientras piloteaba
un avión. Esta faz de los dictadores no los hace
mejor personas pero permite evaluar la historia con
objetividad. Si no es imposible entender como seres
tan perversos pudieron generar en vida tantas adhesiones.
En la historia del hombre todo tiene una lógica
en la medida en que se señalan los hechos en
su conjunto sin ocultar o alterar la verdad de lo ocurrido.
La situación
social de la Alemania de posguerra era caótica,
con una economía agobiada por los altos costos
que debía pagar en concepto de reparaciones de
guerra y con una hiperinflación vertiginosa;
la desocupación alcanzaba a seis millones de
personas; los excombatientes se sentían frustrados
después de ver que sus esfuerzos en el frente
se habían evaporado en la mesa de negociaciones;
el país humillado por sus pérdidas territoriales,
por haber sido obligado a ceder su armamento y su marina
y por las cláusulas del Tratado de Versalles
en cuanto a la limitación para rearmarse en un
futuro inmediato. Hitler tomando el modelo de Mussolini
que ya para entonces era gobierno en Italia, aprovecha
ese descontento general mejor que nadie y aglutina en
sus filas a los elementos más radicales de la
sociedad pero, sobre todo, dirige sus esfuerzos para
lograr el apoyo de los poderosos industriales que ven
en Hitler, el mejor baluarte contra el comunismo y el
socialismo. El apoyo financiero de los grandes banqueros
e industriales le allanó a los nazis el camino
hacia el poder. Con los fondos recibidos Hitler pudo
comprar un diario, montó una campaña publicitaria
de envergadura, dispuso de aviones para sus visitas
a las distintas ciudades del país y fundamentalmente
obtuvo contactos directos con los grandes factores de
poder. Durante este período jugó un rol
muy destacado Hermann Goering, as de la aviación
durante la gran guerra, quien con sus contactos de la
alta sociedad le abrió las puertas a Hitler para
entrar en un mundo hasta entonces desconocido para él.
Los progresos electorales son sorprendentes: En 1928
obtiene un millón de votos, en 1930 ya llega
a los 6.500.000 y para finales de 1932 lo votan 13.475.000
personas. Sus contactos con el hijo del presidente Hindenburg,
con el secretario de estado Meissner y con Von Papen
tuercen la voluntad del anciano presidente Hindenburg
que el día 30 de enero de 1933 llama a Hitler
para que forme un nuevo gobierno. Paul Von Hindenburg
era una gloria viviente de la historia alemana con sus
87 años a cuestas y con un porte todavía
imponente desde sus casi dos metros de estatura. El
viejo prusiano despreciaba a Hitler por considerarlo
una figura torpe y despectivamente se refería
a él llamándolo cabo pero pronto terminó
rindiéndole pleitesía. Fue esta una constante
en la vida de Hitler. Al principio lo subestimaban y
despreciaban pero con el tiempo terminaban siendo sus
más fervorosos admiradores. Algún don
hipnótico debió tener porque cuesta explicar
racionalmente los innumerables éxitos diplomáticos
que obtuvo ante las más diversas personalidades
de la política. Hitler prefería tratar
los temas conflictivos personalmente y para 1939 Alemania
era dueña de Austria y de gran parte de Checoslovaquia
sin haber disparado un sólo tiro. Chamberlain,
Daladier, Benes y otros líderes de la época
se reunían con Hitler dispuesto a frenarlo en
sus ambiciones expansionistas pero al finalizar la reunión
aceptaban todos los puntos planteados por éste
sin recibir nada a cambio. Gritos histéricos,
puñetazos sobre la mesa y patadas a las sillas
eran algunas de las actitudes que empleaba delante de
sus distinguidos invitados que salían del despacho
temblando o descompuestos. El presidente checoslovaco
Benes tuvo que ser atendido de un preinfarto a la salida
de una reunión con Hitler. La pregunta que surge
es como puede ser posible que estos diplomáticos,
ministros y presidentes hayan tolerado semejantes desplantes
de su par alemán sin sentirse ofendidos. Al contrario,
concedían a Hitler todo lo que pedía y
aún sabiendo lo poco confiable que era .Fue tal
la mansedumbre de estas personalidades de la época
que el mismo Hitler se sentía irritado de tanto
servilismo y se quejaba de no encontrar pretextos para
desencadenar una guerra. El era un hombre de acción
al que le estaban regalando el mundo sin disparar un
tiro y eso era algo contrario a su naturaleza. Necesitaba
una guerra para su pueblo y como no se la dieron la
provocó en Polonia.
Sus dotes de hombre
político eran muy buenas pero su mayor virtud
era saber elegir a sus colaboradores. A diferencia de
Mussolini y de Stalin, que estaban rodeados de una corte
de aduladores y mediocres, Hitler tenía a su
lado colaboradores brillantes. Hermann Goering era el
hombre más popular y querido de Alemania después
de Hitler. Si Hitler se hubiera muerto antes de 1939,
Alemania hubiera tenido en Goering el gobernante ideal.
Hombre de absoluta lealtad, fue el único que
defendió a Hitler con vehemencia en el juicio
de Nuremberg. En la Alemania nazi ocupó diversos
cargos en forma simultánea destacándose
como presidente de Reichstag y como jefe de la Luftwaffe.
Heinrich Himmler fue el encargado de ejecutar el macabro
trabajo de la solución final y lo hizo con una
eficiencia aterradora. Meticuloso, obsesivo y leal,
Himmler fue una computadora viviente con un nivel de
eficiencia en sus tareas cercano a la perfección.
Joseph Goebbels, el famoso ministro de la propaganda
nazi, era pequeño de estatura y con una renguera
como secuela de la poliomielitis pero tenía un
nivel intelectual probablemente superior al de Hitler
y un encanto personal que hacía olvidar sus defectos
físicos. Su manejo de la propaganda con las distintas
técnicas psicológicas hizo historia y
aún hoy se siguen estudiando. El círculo
de íntimos lo completaba Rudolf Hess, uno de
los pocos hombres que tuteaba a Hitler, que tuvo un
muy destacado en los años de la lucha por el
poder pero luego fue entrando en un ostracismo que culminó
con su inesperado vuelo a Inglaterra en 1941.Hecho prisionero
por los ingleses reapareció en Nuremberg en estado
demencial o simulando estar loco. Murió "suicidado"
en Spandau en 1987 a los 94 años de edad. Con
este grupo de colaboradores más la brillante
participación del doctor Schacht en la conducción
de la economía, Hitler pudo darse el lujo de
centrar su atención en su aventura bélica,
sin necesidad de preocuparse por la política
interna de su país. Como estratega militar demostró
dotes de genio y las operaciones militares más
espectaculares de la segunda guerra mundial como en
Polonia, en el Báltico y en Francia surgieron
de su propia cabeza, al principio con la oposición
de su estado mayor que seguía aferrado a las
teorías tradicionales de guerra, pero tras los
éxitos obtenidos, especialmente en Francia, todos
los generales se rindieron a sus ideas. Hitler tenía
un conocimiento de las armas increíble y se sabía
de memoria los detalles técnicos de cada una
de ellas. Prefería seguir las acciones de guerra
personalmente trasladándose a los distintos frentes
de batalla desde donde impartía las órdenes
y ajustaba los más mínimos detalles. Su
planificación de la guerra se demostró
milimétricamente organizada y la desastrosa intervención
italiana alteró por completo sus planes iniciales.
Los errores que se le suelen adjudicar en el plano militar
no se deben a errores de concepto sino a situaciones
externas inesperadas. Su retraso en la invasión
a Rusia se debió a la intervención en
África y los Balcanes para salvar a los italianos
del desastre, o mejor dicho, para salvar a Alemania
de las condiciones caóticas que creaban los italianos
con su cadena de desaciertos. De no haber intervenido
en los Balcanes, el eje no sólo hubiera perdido
el control de Grecia, Yugoslavia y Albania sino que
hubiera tenido a los griegos en Roma. Qué decir
de Afrecha donde los italianos se rendían casi
sin combatir regalándole a los aliados Egipto,
Somalia, Etiopía y otros centros estratégicos
de abastecimiento. Por otro lado Hitler no podía
esperar un año más para la operación
Barbarroja ante el rearme a pasos agigantados de la
Unión Soviética. Todo lo que sucedió
posteriormente en Rusia con la llegada del invierno
Hitler ya lo había previsto con un dejo de fatalismo
pero sus cartas ya estaban echadas. La amenaza roja
interfería en sus planes geopolíticos
y temía que tarde o temprano los rusos atacarían
a Alemania. Se trataba de Stalin o de él. Finalmente
fue Hitler quien decidió atacar a traición
a la Unión Soviética. El único
error militar que tuvo consecuencias letales fue su
decisión de no invadir Inglaterra. El misterio
envuelve esta extraña actitud de Hitler, como
los episodios de Dunkerque donde le permite a 300.000
ingleses regresar tranquilamente a las islas. El posterior
vuelo de Hess a Inglaterra completa este círculo
de sospechas que quizás nunca sean resueltas.
También fue un error, pero este por razones afectivas,
no desprenderse de Italia cuando bien podía haberla
ocupado transformándola en un centro estratégico
del Mediterráneo. Su admiración y afecto
por Mussolini lo cegaron por completo y a pesar de las
opiniones que recibió de su estado mayor en el
sentido de desprenderse de los italianos, quedó
envuelto en una cadena de desastres que a la larga le
costarían la guerra. La intervención de
su otro aliado, Japón, tuvo consecuencias no
menos letales para Alemania. En vez de atacar a los
rusos desde Siberia, como pretendía Hitler, los
japoneses atacaron sorpresivamente la base americana
de Pearl Harbor en diciembre de 1941, justo en el momento
en que los alemanes más necesitaban de la ayuda
japonesa. La acción japonesa sólo sirvió
para abrir otro frente de batalla y lo que es peor despertaron
a un gigante dormido como Estados Unidos que hasta ese
momento se había mantenido neutral. Hitler debe
haber experimentado la misma sensación que tuvo
cuando se enteró del ataque italiano a Grecia.
Hay que decir a favor de los japoneses que ellos no
querían servir a una Alemania que más
tarde se les vendría encima. Los mismos miedos
de Mussolini con respecto a los planes futuros de Alemania
los encontramos en los japoneses que prefieren iniciar
una guerra paralela en el Pacífico mientras Alemania
se desangraba en su lucha contra la Unión Soviética.
Una vez controlado el Pacífico y con los americanos
a sus pies, los japoneses podían lanzarse sobre
las maltrechas Alemania y Rusia dominando el mundo.
Esto demuestra que el Eje fue cualquier cosa menos una
alianza militar y que sus integrantes desconfiaban unos
de otros. Los resultados están a la vista. Finalmente
el 30 de abril de 1945, con los rusos a las puertas
de Berlín, un Hitler físicamente devastado
por los más variados achaques, se pega un tiro
y ordena ser cremado para impedir que su cadáver
tuviera el mismo fin que el de su amigo Mussolini. El
8 de mayo Alemania capitulaba en una conmovedora prueba
de lealtad hacia su Führer. Hasta que no se difundió
la noticia de su muerte, los alemanes (niños,
ancianos y mujeres) siguieron peleando por un país
devastado con un fanatismo equiparable al de los japoneses.
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