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Al Capone
Episodio 20. Chicago (USA). 1920
ra
una madrugada de agosto de 1922. El sol no acababa de
salir y Chicago comenzaba a desperezarse. Como el taxista
Fred Krause, que había abandonado su hogar en
la avenida Drake para iniciar una nueva jornada de trabajo.
Su taxi estaba aparcado en el cruce de East Randolph
con North Wabash. Y allí se quedó, convertido
en chatarra. Un llamativo automóvil que recorría
la calle Randolph como si se tratase del circuito de
Indianápolis vino a estrellarse contra él
en el momento en que intentaba desaparcar.
Atontado aún
por el impacto, vio cómo del coche descendían
cuatro hombres y una mujer, y uno de ellos, un tipo
fornido de unos veinticinco años, cabeza redonda,
cejas pobladas y una cicatriz que le surcaba la mejilla,
se dirigía hacia él gritándole
que iba a pegarle un tiro. En la mano derecha empuñaba
un revólver y con la izquierda agitaba ante sus
ojos un distintivo de delegado especial del sheriff
de Chicago.
La llegada del tranvía
impidió que cumpliera la amenaza. El conductor
detuvo el convoy y trató de persuadir al colérico
delegado especial del sheriff para que guardara su revólver,
con escaso éxito pues, si bien éste se
había olvidado del taxista, el cañón
de su arma se dirigía hacia el conductor del
tranvía. La llegada de la Policía logró
poner fin al incidente, que se saldó con la detención
del hombre armado y la recogida en ambulancia del taxista.
Esa misma tarde, el City News Bureau recogía
los hechos en una gacetilla.
Lo que ni el taxista
Fred Krause ni el conductor de tranvías Patrick
Bargall ni el anónimo gacetillero del City News
Bureau podían saber es que el violento automovilista
que acababa de cruzarse en sus vidas estaba llamado
a cruzarse en la vida pública norteamericana,
como Rey del Hampa, durante la década de los
veinte. Era Alphonse Capone. Y la historia de aquel
accidente ilustra con precisión algunos de los
elementos que lo convirtieron en el enemigo público
número uno de Chicago.
La cicatriz que cruzaba
su rostro, y que le valdría el sobrenombre de
Scarface (Caracortada), era un símbolo de sus
aspiraciones. El joven Capone, nacido en Nápoles
en 1899, había crecido como emigrante entre la
pobreza del barrio neoyorquino de Five Points. Abandonó
la escuela en el cuarto grado para ayudar a su familia.
Pero salir adelante en Five Points no era fácil,
y menos para un adolescente inquieto y pendenciero como
Alphonse. Conoció como soldado la gran carnicería
humana que supuso la Gran Guerra de 1914. Y la pandilla
de matones del Five Points, en la que pronto ingresó,
le enseñó el camino fácil para
hacerse con dinero y con el respeto social. Realmente,
la carrera de gángster era una tentación
difícil de resistir para unos chicos duros crecidos
entre miseria y corrupción. Fue su deseo de cortarse
el pelo al modo que lo hacían los hombres de
la Mafia lo que motivó su cicatriz: el peluquero
se negó a proporcionarle ese aspecto y, durante
la pelea que se siguió, la navaja de aquél
dejó su huella en el rostro de Capone. Una herida
que, lejos de desanimarle, vino a convertirse en el
permanente recordatorio de cuál era su camino.
Un antiguo jefe de
la banda de Five Points, Johnny Torrio, que se había
convertido en uno de los hombres fuertes del hampa de
Chicago, encaminó los pasos de Capone hacia esta
ciudad. En 1920, requirió los servicios del joven
Alphonse para domar a la competencia en el mundo criminal,
unificando y disciplinando a las bandas mafiosas que
operaban en la ciudad. Y eliminando a quienes se resistieran.
La carrera criminal
de Al Capone fue tan fulgurante y escandalosa como cabía
esperar en la década de los veinte, donde el
dinero fácil vivía la fiebre de la posguerra.
Pero no hubiera sido posible sin la coincidencia de
varios factores: la violencia se había transformado
en moneda de curso legal en Chicago desde que, a finales
del XIX, los empresarios decidieron responder a los
matones empresariales contratando a los suyos. También
salieron fortalecidas agencias de detectives, como la
Pinckerton, y la Mafia.
La aprobación
en 1919 de la Ley Seca sumergió en el mercado
negro, so pretexto de una campaña moral, el comercio
de alcoholes, que se convirtió en un pingüe
e incontrolado negocio. Estados Unidos no dejó
de beber. Lo siguió haciendo de forma ilegal.
Un problema de salud pública, el del alcoholismo,
se convirtió además en un problema de
orden público.
Y a caballo de la
violencia y del mercado negro, una ola de corrupción
política sin precedentes ofrecía el margen
de tolerancia necesario para que el delito cundiera
con impunidad, por más que la prensa protestara.
La placa de delegado especial del sheriff de Chicago
que utilizaba Capone era una buena prueba de la connivencia
entre el poder político y el mundo mafioso.
Ese fue el escenario
del triunfo de Alphonse Capone. Hasta 1931 extendió
las redes de su imperio, a la vez que se granjeaba la
simpatía de Chicago, agradecida a quien le daba
de beber y dispuesta a hacerlo sin preguntarse cuál
era el precio humano de sus copas. En 1920, Capone había
llegado a la ciudad con las manos vacías. Nueve
años después su fortuna personal, según
el propio fisco, se estimaba en 20 millones de dólares
de los de entonces.
Los pasos de su ascensión
fueron decididos, certeros y crueles. En 1924 participó
en el asesinato del mafioso rival Dion O'Banion, acribillado
a balazos en su tienda de flores. Dos años después,
el 20 de septiembre de 1926, salió ileso de un
brutal atentado en el restaurante Hawthorne. Los pistoleros
de otro mafioso rival, Hymie Weiss, descargaron contra
el restaurante, desde sus coches, un total de mil proyectiles
con el asombroso resultado de no matar a ninguno de
los 60 comensales, incluido Al Capone. Al mes siguiente,
los matones de Capone devolvían la visita a Weiss,
con más tino. De su cadáver se extrajeron
doce balas. Ajustadas las cuentas, ese mismo mes Capone
convocó en el hotel Sherman a delegados de las
cuatro principales bandas de gángsteres de Chicago,
para firmar una paz basada en el cese de asesinatos
y palizas, y el olvido de los anteriores. Se trataba
de buscar un respiro para favorecer los negocios. Y
así se hizo durante un año. Después
volvieron los tiros, pero Capone tenía ya consolidada
su posición y en 1929 logró reunir a toda
la Mafia de Estados Unidos en Atlantic City, para repartirse
el mercado negro del país.
En 1930 demostró
por última vez su poder haciendo acribillar al
jefe mafioso Joseph Aiello que previamente había
intentado eliminarle.
Capone se rodeó
de un lujo desenfrenado, haciendo realidad los sueños
de riqueza del chico de barrio bajo que fue. Asistía
a la ópera en su cadillac especial, blindado
como un tanque, precedido de un coche explorador y seguido
de otro atestado de tiradores. Controlaba al alcalde
de la ciudad, tenía a media Policía de
Chicago sobornada y soplones en todos los bajos fondos.
Vestía de forma chillona y exigía a sus
matones elegancia y buenas maneras. Una tienda de muebles
de segunda mano le servía de fachada, pero hacía
su vida en dos plantas de un lujoso hotel que tenía
permanentemente alquiladas y, después, en una
lujosa villa que compró en Miami. Pero había
dejado de ser tan querido por el público desde
la matanza del día de San Valentín de
1929, en que mandó acribillar en un garaje a
siete hombres de la banda del North Side. Y ni siquiera
los comedores públicos para pobres que hizo abrir
a raíz de la Gran Depresión bastaron para
devolverle su antigua popularidad. Más de 500
muertos en nueve años eran demasiados muertos,
incluso para Chicago.
Su gloria estaba llamada
a ser efímera. Capone ni siquiera logró
un triunfo pleno como delincuente. Jamás fue
aceptado como capo de la Mafia de Estados Unidos. Él
era napolitano y la Mafia seguía siendo cosa
de sicilianos.
La Policía
le seguía la pista desde finales de 1919, cuando
el agente Eliot Ness fue encargado por el fiscal del
distrito, George Q. Johnson, de formar un equipo dedicado
a probar la participación de Capone en el tráfico
de licores. Rodeado de hombres honestos y de una determinación
a prueba de balas (sobrevivió a tres atentados),
Ness se dedicó a localizar y destruir destilerías
de Capone, obligándole a comprar bebidas cada
vez a precio más ruinoso. De ese modo el ciudadano
Capone vio, de un mismo golpe, mermar su prestigio social
(Ness llegó a organizar delante del hotel donde
vivía Capone un desfile de camiones confiscados,
para ridiculizarlo) y los beneficios de su negocio.
El golpe definitivo se lo dio el fisco, que detectó
en sus cuentas un delito de evasión de impuestos,
por el que fue detenido el día 5 de junio de
1931, juzgado, multado al pago de 80.000 dólares
y condenado a once años de cárcel por
el juez Wilkerson. Capone había sobornado al
jurado, pero la elección en el último
momento de un jurado nuevo impidió que su soborno
surtiera efecto.
Al Capone pasó
ocho años en la célebre prisión
de Alcatraz. El 19 de noviembre de 1939, Al Capone salía
de la cárcel en libertad bajo palabra, pero "loco
como una cabra". Una vieja infección de
sífilis había corroído su cerebro.
Así consumió los siguientes ocho años
de su vida, hasta que el 25 de enero de 1947 falleció
en su villa de Miami, como un patético e idiota
rey destronado.
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