|

Franz Kafka
Episodio 14. España / Praga (República
Checa). 1017
ranz
Kafka (1883 - 1924). Como Werfel y Rilke, Kafka pertenece
a la familia de lengua alemana residente en Praga. Kafka
y Werfel son de sangre hebrea. Los tres mantienen de
por vida y en la obra una peculiar actitud ante la divinidad,
que sólo en el caso de Werfel culmina con la
conversión al catolicismo. Werfel y Rilke se
mantienen apartados del mundo checo; Kafka, sin embargo,
se interesa por la vida política y social de
los checos.
El extraordinario
renombre adquirido estos años por Kafka tiene
un nombre: Max Brod, el amigo -también judío-
que desobedece su última voluntad y salva del
fuego las obras más importantes de Kafka, inéditas
en el momento de su muerte. La obra de este autor -por
su estética y por razones étnicas- pertenecía
al tipo de literatura para la que el nacionalsocialismo
alemán carecía de toda comprensión:
pertenecía, al igual que tantos pintores y poetas
expresionistas, al llamado entartete Kunst (arte degenerado).
Por eso, sólo después de 1945 fue posible
a Max Brod lanzar la edición de las obras de
su amigo, al par que la escenificación por Gide,
en París, de El Proceso y su reposición
en el Berlín de 1950 levantan una polvareda polémica
y un aluvión de literatura exegética.
Los ángulos
desde los que se ha pretendido iluminar el extraño
mundo kafkiano han sido muy varios: psicoanalítico,
sociológico, racial, religioso, estético...
o la mezcla de éstos. De estas interpretaciones
daremos cuenta más adelante. Aquí interesa
acentuar que, sea cual fuere la clave de su arte, éste
no se mantendría en pie ni ejercería la
poderosa sugestión hasta hoy ejercida si bajo
cualquier tipo de intencionalidad no se cobijase el
encanto de su cristalino alemán; esto es, si
su originalidad no dispusiese de vehículo tan
dócil y tierno como su estilo lingüistico.
Lo grotesco y lo horrible,
lo ilimitado y fantástico, eso que entendemos
de modo familiar por el mundo de lo germánico,
y en el que entran los cuentos de Hoffmann y el Bosco,
Kubin y los expresionistas, ése es el tronco
tradicional y romántico al que pertenece la creación
de Kafka. Pero, entre otras mayúsculas diferencias,
Kafka lanza, agresiva y dolorosamente, un mensaje ("precisamos
libros que obren sobre nosotros como una desgracia,
que nos duelan como la muerte de alguien a quien queríamos
más que a nosotros mismos, como un suicidio");
este mensaje es el de la agonía del hombre y
del artista en la civilización de nuestros diás.
Kafka nace en Praga
el día 3 de julio de 1883. Su padre se dedica
a los negocios. La prosperidad que éstos van
experimentando deja al niño el recuerdo de varios
traslados sucesivos de domicilio. La mujer de este hombre
de empresa pertenece a una familia distinguida de Praga
en la que había profesores universitarios, bohemios
y artistas.
De 1893 a 1901 sigue
el niño Kafka los cursos del instituto, situado
en la ciudad vieja. Era uno de los estudiantes más
brillantes. Leía ávidamente a los dieciséis
años de edad a Nietzsche, sentía verdadero
entusiasmo por Darwin, por el socialismo y el ateísmo;
lo que refleja la carencia de clima religioso que se
respiraba en la casa paterna. Con un compañero
de colegio, luego conocido como historiador del Arte,
Oscar Pollak, funda la "Frei Schule" (Escuela
Libre), de tendencias anticlericales.
De 1901 a 1906, estudia
derecho en la universidad alemana de Praga. El profesor
Alfred Weber, que explica sociología, ejerce
entonces enorme influencia sobre Kafka, y dirige, al
final de la carrera, su tesis doctoral. Lo que especialmente
impresiona a Kafka es el análisis que Weber hace
de la sociedad industrial y sus peligros. También
encuentra en él gran eco la labor docente de
un discípulo de Brentano: A. Marty.
Los años finales
de su carrera acusan ya una notable actividad literaria.
En 1903 trabaja en una novela perdida, Das Kind und
die Stadt (El niño y la ciudad), y otros escritos,
que envía a Pollak. Entre 1904-1905 escribe la
parte esencial de una obra filiada a patrones literarios
de Hofmannsthal: Beschreibung eines Kampfes ( Descripción
de una lucha). En sus lecturas prefiere libros de recuerdos,
diarios, correspondencias (Amiel, Byron, Macaulay, Flaubert).
Entra en contacto con la obra de Mann, de Carossa, de
Hesse, de Stifter. Rechaza -y esto es muy curioso- la
literatura revolucionaria, a los decadentes y demoniacos:
Huysmans, Wilde, Wedekind. Ama la literatura sencilla
y saludable: Grimm, Hebel, Stifter.
En 1906 se doctora
en derecho, y practica durante un año la abogacía
en un juzgado de Praga. En 1907 se coloca en una compañía
italiana de seguros: Assicurazioni Generali. Al año
siguiente, 1908, desempeña ya un puesto elevado
como funcionario del Arbeiter-Unfallversicherungsanstalt
( Compañía de seguros de accidentes de
trabajo). Hasta 1917, en que se declara su tuberculosis,
trabaja en este establecimiento, donde es estimadísimo
por subalternos y superiores. ( Kafka, que sostuvo siempre
íntima polémica entre su vocación
de artista y su profesión, mantuvo, sin embargo,
la necesidad de vincularse a un oficio burgués.
Con esto está relacionado su contacto personal
con el pueblo, asistiendo a las reuniones políticas
de los nacionaldemócratas checos. )
Kafka simultaneaba
sus deberes de funcionario con los deportes, la literatura
y las reuniones científicas en casa de la señora
Berta Fanta. Los salones de esta culta dama acogieron
aquellos años a muy ilustres huéspedes:
Einstein, Ehrenfels, Kowalewski. En esta casa escuchó
Kafka conferencias sobre la teoría de los quanta,
sobre la relatividad y sobre Freud, y en 1911 sigue
con especial interés las conferencias semiteosóficas
de Rudolf Steiner, con quien llega a trabar contacto
personal. En este mismo año de 1911 acusa la
primera preocupación por su origen: se interesa
por la historia del judaísmo, por su literatura,
por los movimientos religiosos dentro del sionismo.
Los relatos de animales en forma alegórica, tal
como aparecen en las novelas de Mendele Moscher Sfurim,
detienen particularmente su atención.
Kafka era vegetariano,
buen nadador, estimable jinete y remero, amaba las grandes
caminatas por el campo. Sus vacaciones le llevaron a
Italia, Suiza, Berlín, Hungría, Weimar
( para ver el mundo de su adorado Goethe)... Este amante
de la naturaleza era también un hombre sociable,
y además de frecuentar desde sus años
de estudiante los mejores salones de Praga mantuvo relaciones
amistosas con Martin Buber, con Werfel, con escritores
más oscuros, con recitadores...
Su vida sentimental
fue accidentada y poco feliz: se promete en 1914 y rompe
su compromiso tres años después, cuando
se declara su tisis y ha de emprender su penosa peregrinación
por distintos sanatorios; dos años escasos duran,
de 1920 a 1922, las relaciones con Milena, seguidas
también de fracaso. Sólo el último
año de su vida, de 1923 a 1924, encuentra la
mujer que parecía ofrecer más estable
equilibrio a su vida, la judía Dora Dymant, profesora
de hebreo, con la que vive en Berlín en los tremendos
momentos de la inflación. Con Dora aprende hebreo.
Y lee a Scheler, la sociología de la Religión
de Troeltsch, a Maimónides, a Buber.
Muere en el sanatorio
Kierling, cerca de Viena, el 3 de junio de 1924. Tiene
41 años. El médico y amigo que le asiste
escribe: "Su rostro es tan severo, rígido,
inaccesible, como era severo y limpio su espíritu...,
un rostro de rey, del más noble y viejo linaje."
Lo más importante
de su obra apareció, como queda indicado, después
de su muerte, merced a su amigo Max Brod. Lo publicado
en vida son relatos cortos: Der Heizer ( El fogonero
), 1931; Die Verwandlung ( La metamorfosis ), 1916;
Das Urteil ( La sentencia), 1916; In der Strafkolonie
( En la colonia penal ), 1919; Ein Landarzt ( Un médico
rural ), 1920; Ein Hungerskünstler ( Un artista
del hombre), 1924.
Aparte narraciones
breves, Kafka es autor de tres grandes novelas ( El
proceso, El castillo y América), diarios y correspondencia.
El proceso apareció
por vez primera en Munich, al año siguiente de
la muerte de su autor. Una versión dramática
de Guide y Barrault fue representada con éxito
en París, en 1947. Esta versión tuvo la
virtud de llamar la atención de los existencialistas
( Camus, especialmente, quien escribió un interesante
ensayo sobre la esperanza y lo absurdo en la obra de
nuestro autor, luego recogido en El mito de Sísifo).
Esta extraña historia trata de un inocente empleado
de banco que es detenido la mañana de su cumpleaños,
acusado de algo desconocido. Para sus interrogatorios
es citado en domingo, a fin de que no interrumpa su
trabajo. Advierte desde su primera comparecencia la
imposibilidad de convencer de su inocencia al funcionario
judicial: no hace más que provocar grandes risas
de los que le escuchan. Jamás logra ver al juez.
Las sesiones del juzgado se celebran en casa de un carpintero.
Un día sin sesión le son mostrados por
una mujer los supuestos libros de la Ley, que no resultan
sino novelas con grabados deshonestos. Los archivos
del juzgado están en un granero... Jamás
logra ver una acusación escrita de su delito.
Pero el proceso sigue inexorablemente. Todo procesado
necesita muchos abogados con el objeto de retrasar o
activar el proceso. Por medio de su sobrino se pone
en contacto con un abogado influyente. El pintor Signorelli,
ante quien posa el juez, se niega a ayudarle. El protagonista
-cuyo nombre es K.- va perdiendo capacidad de resistencia
física y psíquica. De ahí que no
se defienda contra su sentencia de muerte, sobrevenida
al año de su primera detención. En el
último capítulo de la novela, dos caballeros
de levita y sombrero de copa se presentan al anochecer
en su casa y lo conducen a las afueras de la ciudad,
lo desnudan, hacen que se siente en el suelo, lo cambian
muchas y fatigadas veces de postura, le apoyan la cabeza
en una piedra y se cambian extrañas cortesías
con un cuchillo... K. Ve asomarse un hombre a una ventana
y cómo le adelanta los brazos. K. Levanta los
suyos, pide justicia, y mientras el cuchillo se hunde
en su espalda, dice: "¡Como un perro!"
El Castillo aparece
asimismo en Munich, en 1926. Su carácter simbólico
es igualmente patente desde las primeras páginas.
Se trata de un agrimensor, que llega a un pueblo. El
pueblo está presidido y regido por un castillo,
algo distante. Pero al agrimensor le es imposible, desde
el primer momento, ejercer sus funciones de agrimensor,
para las que se le había llamado, porque realmente
no hacía falta, y llega al castillo para ver
en él a un misterioso funcionario, Klamm. El
único contacto posible con el castillo y su complicada
administración es el mantenido a través
de Barnabas, el mensajero. Sus primeros intentos por
establecer contacto telefónico con el castillo
son rechazados con zumbidos, con el silencio o con el
rotundo "No" de un funcionario, al otro lado
del hilo. Únicamente le es posible llegar hasta
un mesón, próximo al castillo, donde enamora
y posee a Frieda, amante de Klamm, quien le muestra
a éste durmiendo, sentado a su mesa de trabajo,
en la habitación contigua, por un agujero de
la pared. Con Frieda regresa al pueblo, se instala en
una habitación de la escuela y son siempre interrumpidos
por la presencia sonriente y misteriosa de los dos ayudantes
del agrimensor. Frieda, que significaba un intento de
aproximación al mundo del castillo, se vuelve
un día inesperadamente al mismo, pretextando
que el agrimensor frecuenta demasiado el trato con una
hermana del mensajero, Olga. Una noche es citado para
comparecer ante uno de los secretarios del castillo,
quienes recibían e interrogaban a los aldeanos
por la noche y en cama, a fin de no perder tiempo. Pero
el agrimensor se equivoca de puerta y habla con otro
secretario, Bürgel, quien le promete ayuda. Su
situación no ha variado sustancialmente desde
el día de su llegada. Desconoce incluso con quién
ha hablado, pues los secretarios suelen cambiar de aspecto,
lo que hace imposible su reconocimiento. Al final de
la obra, el misterioso castillo le resulta tan inalcanzable
como al principio, e igualmente incomprensible el motivo
de su llamada.
América apareció
en Munich, en 1927. Es la novela de más alegre
atmósfera. Fue comenzada en 1912, con el título
Der Verschollene ( El desaparecido). Narra la vida de
Karl Rossmann, muchacho que es enviado por su familia
a América por haber violado a una muchacha que
trae al mundo un niño. Antes de llegar a Nueva
York, el fogonero del barco se lamenta del injusto trato
de que es objeto por parte del maquinista. Con ánimo
de defender sus derechos, Karl se presenta en el camarote
del capitán, y allí se da a conocer un
señor, presente casualmente, como el tío
americano de Karl, puesto al corriente por la familia
de éste del motivo de su viaje. Karl y su tío
desembarcan, abandonando al fogonero a su suerte. En
una lujosa casa, aislado del mundo, Karl es sometido
a una intensa preparación lingüística
bajo la vigilancia del tío americano. Unos compañeros
de negocios de su tío le invitan a pasar un día
en su casa de campo, cerca de Nueva York. La hija del
dueño le conduce a su habitación, y allí
luchan, perdiendo Karl. Decide volver a casa. Pero un
desconocido lo retiene hasta medianoche. Entonces le
entrega una carta del tío, por la que éste,
contrariado por haberle abandonado sin su consentimiento,
le ruega que se abstenga de volver. En la calle se une
a dos pícaros, que le ayudan a buscar trabajo.
Karl los abandona al poco tiempo por haber encontrado
violentada su maleta. Consigue una colocación
de ascensorista en un hotel. A los pocos días,
el gerente encuentra pretexto para despedirle por un
momentáneo abandono del servicio. Evita una paliza
del portero, huyendo, pero la precipitación le
impide recoger una chaqueta en la que guardaba dinero
y documentación. El anuncio de un teatro de Oklahomma,
donde prometen ocupación a toda clase de hombres,
le hace emprender el viaje. Y aquí acaba esta
incompleta novela.
En su monumental Franz
Kafka, el profesor Emric intenta discriminar en tres
tipos distintos las muy varias interpretaciones que
ha formulado hasta hoy la crítica sobre Kafka.
Emric señala, en primer lugar, una corriente
teológica; esto es, un tipo de crítica
que pretende vincular la obra de este autor a la tradición
judaica, a la cristiana o incluso al nihilismo, recurriendo,
en algún caso, a argumentos de tipo psicoanalítico,
biográfico o sociológico (Max Brod, Auden,
Camus; Grenzmann). La segunda corriente la componen
los partidiarios de la interpretación propiamente
psicoanalítica ( Ángel Flores, P. Goodman).
Finalmente, Th. Adorno, Günther Anders y Roy Pascal,
entre otros, integrarían el tercer tipo de exegetas,
quienes hallan un fundamento sociológico o de
crítica politicosocial en la obra de Kafka.
Independiente de estas
interpretaciones, el lector descubre en la obra narrativa
de Kafka estos tres elementos: el subjetivo, el simbólico
y el onírico, sea cual fuere la razón
de su existencia. Por el carácter subjetivo de
que hablamos, todos los relatos de Kafka van adquiriendo
paulatinamente ante los ojos del lector el aspecto de
una larga queja. Queja de un hombre convertido en marioneta,
en insecto, en ayunador, en trapecista, en agrimensor,
en algo risible y grotesco, en hazmerreír de
poderes o poderosos invisibles, y a la postre en algo
molesto y desagradable, algo extrínseco al extraño
orden que reina en su mundo o familia, algo que hay
que barrer con la escoba o asesinar fríamente
sin saber por qué, algo que se siente segregado
de un todo ante el que no cabe más que la resignación
y el holocausto. "Gregorio, pese a lo triste y
repulsivo de su forma actual -se lee en La metamorfosis-,
era un miembro de la familia a quien no se debía
tratar como un enemigo, sino, por el contrario, guardar
todos los respetos, y que era un elemental deber de
familia sobreponerse a la repugnancia y resignarse,
resignarse y nada más." Y la mesonera dice
a K., en El castillo: "Pero, por desgracia, es
usted, sin embargo, algo: un forastero, uno que resulta
supernumerario y está siempre ahí, molestando...;
uno cuyas intenciones se desconocen." El elemento
onírico apenas si precisa aclaración:
los personajes aparecen y desaparecen extrañamente,
el juzgado es un taller de carpintero, los libros de
la ley resultan novelas con ilustraciones deshonestas,
no existe nudo causal entre los acontecimientos, ni
tiempo ni espacio para los que nos sirvan medidas habituales
de la vigilia. E igualmente obvio es el elemento simbólico,
sea o no sea el Estado, la Ley, la Divinidad, la Comunidad,
la Burocracia o la Justicia ese poder inaccesible e
incomprensible por el que los personajes se metamorfosean
en víctimas.
Un existencialista
francés vio con acierto cómo esta novela,
frente a la novela psicológica, es novela de
situación. Quiere decirse: Kafka se desinteresa
de los azares de la intimidad de sus personajes para
centrar su atención en una "condición"
de la existencia humana. Ningún rasgo encontramos
en su obra narrativa que nos descubra la intimidad o
carácter psicológico, algo individualizante
de un personaje. Estos personajes sin intimidad son
impulsados no por un motivo psicológico o un
acto anterior, sino que son como manipulados desde el
fin u objetivo del autor. No hay lógica. O no
hay otra lógica que la de lo caótico.
El lector se siente como mareado en una atmósfera
en la que los hombres, las cosas y los acontecimientos
carecen de coherencia, ya que obedecen a leyes que desconocemos,
mientras han desaparecido las éticas o las jurídicas.
Nuestra extrañeza y angustia proceden de que
los pasos de estos personajes acreditan la esperanza,
la inocencia o el deseo de justicia a través
de un mundo en el que reina lo absurdo, contra el que
no cabe otra actitud que la resignación. Con
razón decía Gide ante El proceso que "la
angustia que se respira en este libro es a veces casi
insostenible, porque ¿cómo no decirse
continuamente: este ser aniquilado soy yo? En una prosa
morosa y sabia, compacta, muchas veces durante páginas
y páginas sobre consideraciones o asuntos de
interés muy secundario (así en El castillo
con la exposición, en boca del secretario Bürgel,
de las ventajas de los interrogatorios nocturnos), pero
todo esto tiene el propósito estilístico
de sumergir al lector en un clima de obsesión
y de angustia, en lo irremediable, en la pesadilla.
Se ha comprobado que la palabra que Kafka repite con
mayor frecuencia es Aufhebung ( derogación, abolición).
Y una frase suya resume felizmente su pensamiento, al
par que nos explica su éxito entre los existencialistas:
Es gibt kein Haben, nur ein Sein, nur ein nach letztem
Atem, nach Ersticken verlangendes Sein. ( No existe
el tener, sino sólo un Ser, sólo un Ser
exigente hasta el último aliento, hasta el ahogo.)
|