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Gertrude Bell
Episodio 19. Paris (Francia). 1919
l
14 de agosto de 1868, en las páginas del diario
londinense The Times, aparecía una noticia que,
en principio, parecía no tener más destinatarios
que los ojos de los aristócratas victorianos
que visitaban las noticias sociales para encontrar un
dato que comentar en el próximo party. Ese día,
consignaba el periódico, llegó al mundo
Gertrude Margaret Lowthian Bell, fruto del matrimonio
formado por Hugh y Mary Shield Bell. La niña
tenía el cabello rojo y penetrantes ojos de un
verde azulado. Además de un ilustre linaje, había
heredado de los Bell la energía, la inteligencia
y la determinación que hicieron famosos a varios
representantes de la rama paterna.
Como de otras jóvenes
de su clase, de Gertrude se esperaba que se quedara
en casa -a diferencia de su hermano, que sería
enviado a Eton- y adquiriese ciertas habilidades: el
manejo de al menos dos idiomas, labores con la aguja,
algo de pintura, y quizás tocar algún
instrumento. Pero por sobre todo, debía aspirar
a ser una buena esposa y madre.
Sin embargo, el destino
le tenía preparada otra suerte. Al igual que
su padre y abuelo, asistiría a la universidad,
terminaría con éxito más de una
carrera, se adentaría en mundos desconocidos
y exploraría sus dudosas fronteras. Su universo
estaba en otro lado: Arabia, Egipto, Siria y, en particular,
Irak, en cuya historia dejaría huellas.
Gertrude Bell vivió
siempre rodeada de hombres. Ricos, poderosos, diplomáticos,
jeques, amantes y mentores. Su figura frágil
en apariencia era el epicentro de un círculo
masculino, ya se encontrara éste en Londres,
El Cairo, Bagdad o el desierto. Por eso, cuando la Real
Sociedad Geográfica se reunió en la capital
del Imperio la lluviosa tarde del 4 de abril de 1927
para rendirle tributo casi un año después
de su muerte, los hombres presentes no dudaron en considerarla
"la mujer más poderosa del Imperio Británico
después de la Primera Guerra Mundial". Los
rumores la señalaban (con razón) como
"el cerebro oculto de Lawrence de Arabia"
y unos cuantos enterados sugirieron que "había
marcado los límites del desierto para Winston
Churchill".
Los miembros de la
Sociedad rememoraron la vida de la homenajeada antes
de la Gran Guerra: una hermosa muchacha solitaria en
el poco delicado mundo musulmán de Medio Oriente;
una autora famosa que escribía sobre los árabes
con más autoridad que muchos eruditos; una arqueóloga
reconocida, una viajera infatigable que cenaba en un
campamento beduino con vajilla de plata y cristal, que
montaba habilidosamente a caballo o a camello ataviada
con finas sedas y se internaba en las zonas más
peligrosas de Arabia.
Estos caballeros también
habían escuchado decir que era una espía
y que, durante la Primera Guerra Mundial, se infiltró
en las filas enemigas a fin de conseguir información
para los británicos. Recordaban cómo la
había descripto su amiga, Vita Sackville-West,
fascinada por su "incontenible vitalidad"
y su capacidad "para hacer sentir a la gente que
su vida era algo pleno, precioso y apasionante".
No obstante, durante esa visita a Irak en 1926, Vita
advirtió la fragilidad que estaba quebrantando
la salud de su admirada amiga. La vida de Gertrude Bell
llegaría a su fin dos días antes de cumplir
los 58 años. Las arenas del desierto, desde hacía
tiempo, la habían proclamado como su más
hermosa reina.
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