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INDIANA JONES Y EL CETRO SAGRADO DE LOS INCAS -
Autor:
Fernando J. Soto Roland
E-Mail: [email protected]
Fecha: Junio 2003
::
Novela dedicada para Para Rodrigo y Florencia ::
I
CUENCA
AMAZONAS DE
1941
Fue
un ruido ensordecedor. Un sonido fuera lugar. Algo que
no concordaba con aquella selva, ni con aquella tribu.
En un primer momento produjo pánico. Más
tarde, desconcierto. Sólo en el crepúsculo
los chamanes trataron de dar una respuesta al extraño
episodio, consultando a los viejos espíritus
de la selva, que permanecieron mudos.
No supieron qué hacer ni decir. Los más
valientes guerreros se negaron a internarse en la floresta
y verificar la fuente de esa misteriosa luminiscencia
que se proyectaba desde el Sagrado Roquedal, después
que el estampido sacudiera toda la maloca. Jamás
habían sentido una explosión tan poderosa.
Ningún mito ancestral les hablaba de lenguas
de fuego tan rojas, naranjas y amarillas, quemando la
arboleda circundante. No había monstruo legendario
que, en su afán por poner fin al mundo, hubiera
podido producir semejante conmoción. Los Mojewewekes
eran testigos de un episodio sin precedentes en la tradición
oral. Los ancianos desconocían el origen de semejante
descarga y sólo atinaron ordenar subirse a los
árboles más altos para, desde lejos, ver
las poderosas llamaradas elevarse hacia el cielo, compitiendo
con la mortecina luz de un sol que se ocultaba detrás
del horizonte.
Lo desconocido repelía y al mismo tiempo acicateaba
la curiosidad de toda la comunidad. Para cuando las
horas pasaron, y en plena nocturnidad pudo percibirse
que la incandescencia agonizaba poco a poco sin consecuencias
nefastas para la población, el cacique en persona
se puso en movimiento sin reclamar escolta. Esa tarde
casi se había roto la línea jerárquica
a causa del espanto. No estaba dispuesto a vivir otra
vez una situación de anarquía semejante.
Iría solo. Él y su sombra enfrentarían
el misterio. Recuperaría parte del prestigio
perdido y, si salía con vida, regresaría
a la aldea con la autoridad intacta de siempre; y el
poder suficiente para castigar la cobardía de
su escolta personal. La sangre real debía ser
respetada a costa de desencadenar el caos en el aquel
infierno verde del Amazonas. La tradición de
mando se recuperaría. De lo contrario una guerra
civil los arrastraría a todos a la debilidad
y a la extinción, en manos de las tribus enemigas
vecinas.
Caminó por espacio de una hora. Conocía
el sendero de memoria, aún de noche. Sabía
reconocer la silueta de cada árbol en particular.
Y la contextura del piso, en sus pies descalzos, le
indicaba mejor que nada por dónde cortar camino
o qué opción más corta tenía
por delante para alcanzar la fuente incandescente de
luz, que aparecía y desaparecía detrás
de los cientos de arbustos que lo rodeaban.
Siguió avanzando. Apretó la larga lanza
de bambú con la mano y la elevó por encima
del hombro derecho, con la punta en dirección
a la luz. Avanzó más. Con cada paso que
daba el calor aumentaba y su rostro cobrizo, pintado
con franjas rojas y azules en las mejillas, empezó
a mostrar el efecto de la temperatura elevada. Las mejillas
empezaron a latirle a causa del calor. Se abrió
paso por encima de una palmera derribaba y quedó
boquiabierto ante la dantesca escena que se representaba
ante sus ojos.
Allí, a sólo treinta metros desde donde
él estaba, la selva había sido destruida
por las llamas, formando un claro de cenizas, troncos
retorcidos y humo. En el centro mismo del escenario,
una estructura enorme -hecha de un material que el jefe
desconocía- parecía clavada de punta,
levantando hacia el cielo una grandiosa aleta dorsal,
semejante a la de los peces del río.
Avanzó más. Sorteó como pudo centenares
de piezas carbonizadas y, venciendo el asombro, golpeó
con la punta de la lanza una plancha lisa y brillante,
que reflejaba el fuego que sobrevivía por doquier.
Oyó un sonido seco y la aleta se desmoronó,
dándole apenas tiempo a correrse para salvar
su vida. Millones de chispas saltaron para todos lados.
Dos troncos que permanecían de pie, completamente
calcinados, también se derrumbaron y una masa
sanguinolenta de carne quemada, grasa friéndose
y músculos retorcidos vino a caer junto a los
pies del cacique.
La miró con cuidado. Giró la cabeza en
varias posiciones para tratar de encontrarle un sentido
a esa asquerosa presencia. Y la encontró al cabo
de un minuto Era un hombre. El cadáver de lo
que había sido un ser humano hacía sólo
horas. Estaba irreconocible. La mitad de un rostro corroído
por las llamas y una dentadura tiznada por el incendio,
eran lo único que permitían identificarlo.
El jefe se tranquilizó. No era un prodigio sobrenatural
lo que lo había asustado tanto a su gente. Aquello
era un mero accidente. Un pájaro metálico
se había estrellado. Otro más, aunque
con una fuerza y capacidad destructiva que desconocía.
En años anteriores había sido testigo
de accidentes similares, pero ése en nada se
parecía a los anteriores. Hizo memoria y recordó
que, en su niñez, un objeto semejante había
caído muy cerca de la aldea de su padre. Muchos
árboles se derrumbaron entonces o encendieron
como antorchas de paja. Pero el área destruida
que se desplegada delante suyo superaba unas cuatro
o cinco veces a la de su infancia.
Recorrió el perímetro del impacto. Detrás
de una columna de humo negro distinguió las dos
alas quebradas en varias partes y los restos de una
carlinga vidriada. Se acercó a ella. El vidrio
estaba derretido por las altas temperaturas y sendos
objetos brillantes parecían titilar en medio
de la humareda. Planchas, tornillos, soportes y alerones;
caños, cajas y asientos sin sus tapizados subsistían
desperdigados por todas partes, consumiéndose
gradualmente por el fuego.
Entonces, vio algo que le llamó poderosamente
la atención: sobre las ramas de un árbol
centenario, colgando de milagro, una plancha de acero
se balanceaba de un lado a otro, como si fuera un insólito
péndulo rectangular. Se quedó mirándola
extasiado. De haber sabido leer hubiera identificado
el origen del aparato siniestrado por la simbología
y texto impreso en la superficie de la pieza:
+ CRUZ ROJA INTERNACIONAL
+
II
SIETE
AÑOS DESPUÉS...
ISLA
TUAMOTU
PACIFICO SUR
1948
Con cuarenta y nueve años sobre sus espaldas
y decenas de exploraciones por el mundo, Indiana Jones
aún se mantenía en forma. No le faltaban
cicatrices ni moretones por todo el cuerpo, pero él
los tomaba como recordatorios de instancias peligrosas
y aventuras pasadas, casi a modo de tatuajes. Podía
reconstruir muchas de sus azarosas escapadas en manos
de tribus salvajes, batallones nazis o asesinos a sueldo
con sólo pararse desnudo frente a un espejo.
¡Qué poco humanitarismo quedaba en el mundo!,
pensaba al verlas; e inmediatamente le venían
a la mente las imágenes de la Segunda Guerra
Mundial. Un instante después el recuerdo se retrotraía
a 1916, a las trincheras europeas de la Primera Gran
Guerra en donde también se había desempeñado
como soldado voluntario en el ejército belga.
El mundo ya no era el mismo. Había perdido su
inocencia. Las antiguas proyecciones de una humanidad
más casta, pura y generosa se habían ido
por la cloaca cultural de los últimos años,
arrastradas por los campos de concentración,
los bombardeos, Hitler y las invasiones armadas. Él
era testigo y protagonista de un siglo cruel. Un siglo
de angustias, sinsabores y miedos. Pero siempre había
salido bien parado. La suerte parecía acompañarlo
y, con poco esfuerzo, podía recordar contextos
en los que cualquier otro hombre menos afortunado hubiera
perdido la vida.
Pero la situación en la que estaba en ese momento
no parecía anunciar una próxima cicatriz,
sino más bien un orificio profundo en la sien
y toda su masa encefálica estampada contra una
roca.
-No quisiera hacerle daño, doctor Jones. Pero
si insiste en su tozudez, tendré que apretar
del gatillo. Y le aseguro que no será nada agradable
para ninguno de los dos... Podría mancharme la
camisa.
Indy esbozó una sonrisa cáustica, lanzando
rayos de ira con la mirada.
Y no era para menos.
Ese maldito holandés lo tenía retenido
desde hacía más de media hora. Sus tres
esbirros lo habían golpeado reiteradamente en
el rostro y en la boca del estómago. En verdad
le dolía mucho el cuerpo, pero la bronca contenida
inyectaba tanta adrenalina en su venas que cada trompada,
por potente que fuera, resultaba ser menos dolorosa.
Odiaba a ese sujeto. Su nombre era Natasius van Strate
y representaba los intereses de una prestigiosa galería
de arte europea.
Alto, morocho, bien vestido y oliendo a azahares, Van
Strate, era el aristócrata típico del
norte europeo: educado y culto, pero capaz de matar
a sangre fría a cualquier opositor que se le
cruzara en el camino de alguna pieza artística
de su interés.
E Indiana Jones se había interpuesto entre él
y el Aku Kava Kava
-Por última vez -dijo el holandés acercando
el rostro al del arqueólogo, brillándole
fuertemente sus ojos azules -. ¿En dónde
está la estatuilla? ¿En qué parte
de esta maldita isla la escondió ,doctor Jones?
Indy contrajo el abdomen en la espera de una nueva trompada.
-Ya se lo he dicho -ladró con rabia contenida-.
¿Acaso no me entiende? No lo tengo. No lo tuve
nunca -mintió-. De todos modos, aunque supiera
en dónde está, no se lo diría...
-...¿Aún a costa de su propia vida?
-¿Mi vida corre peligro?
Van Strate lanzó una carcajada.
-¡Ah!... ¡Maldito hijo de perra! De seguro
me está tomando por idiota, Jones. Eso me incomoda
tanto como perder la reliquia que busco.-Y le propinó
un puñetazo en las costillas del lado izquierdo.
Indy dobló todo su cuerpo conteniendo el dolor.
-No quiero caer en actitudes bárbaras -ladró
el holandés-, pero me obligas a hacerlo.
Era algo insignificante a primera vista, pero el hecho
de que Van Strate empezara a tutearlo no era una buena
señal. Indy sabía que tomarse esa actitud
de confianza era propia de los verdugos que se disponían
a lo peor. Les insuflaba cierto aire de superioridad
sobre la víctima. Debía hacer algo rápido.
La playa en la que estaban se extendía combándose
en una bahía bordeada de altas y frondosas palmeras.
Sus arenas brillaban con los rayos del sol y un mar
cristalino como el vidrio traía y llevaba constantemente
olas espumosas, blancas, llenas de vida; y el rumor
del océano apagaba un tanto las voces de los
esbirros de Van Strate que, a sólo tres metros
de Indy, unían con cuerdas dos gruesos troncos.
Indiana dirigió los ojos hacia ellos.
-¿Acaso se dispone a abandonar la isla en balsa?
-preguntó sin perder la ironía.
Van Strate sonrió.
-¿Por qué hacerlo en balsa si tenemos
un velero? Ese aparatejo es para ti. ¿Nunca surfeaste
atado entre tiburones?...¡Es una experiencia irrepetible!
¿Conocías esa práctica?
Indiana se limpió la comisura sangrante de sus
labios pasándose la lengua y entornó la
vista.
-Sí -respondió secamente-. Solían
usarla los japoneses con los prisioneros de guerra,
en el Pacífico.
-Muy bien informado, amigo Jones. Así es, los
japoneses la inventaron. ¡Imagínate! ¡Tantos
meses aburridos en islotes sin nada qué hacer!...
¡Nada mejor para divertirse y pasar el tiempo
con algún que otro americano! -y lanzó
una estruendosa carcajada.
Indy tenía que extender la charla. Debía
prorrogar lo más posible la pomposa alocución
del holandés. Estaba obligado a salvar su propia
vida. Tenía que hacer una composición
de lugar y arriesgarse. El momento de la diplomacia
se acababa.
-Veo que tomaste muy rápidamente los malos hábitos
de tus amigos -repuso, al tiempo que con disimulo comprobaba
cuán fuertes estaban sus muñecas atadas
a la espalda.
-¿Amigos?...¡Já!... ¡Qué
idiota eres, Jones!... ¿Amigos, dices? ¿Los
japoneses?...¡Já, já, já...!
Esos idiotas kamikazes jamás fueron mis amigos.
Digamos que me hice pasar por uno de ellos para beneficiarme
profesionalmente. ¡No te imaginas las piezas de
porcelana del siglo XI que logré exportar a Holanda
mientras duró la guerra!
-Seguramente muchas habrán terminaron en las
vitrina del Tercer Reich...
Van Strate lo observó, clavándole sus
fríos ojos azul marino.
-No podría negar eso, Jones. Los nazis también
me beneficiaron en mucho. Pero ya ves, ninguno de ellos
está ya entre nosotros. En cambio, yo sigo más
poderoso que antes. Más rico y con más
proyectos.
-La guerra resultó serle un gran negocio...
Van Strate esbozó una sonrisa.
-¿Sabes algo?... Tienes razón. Hay momentos
en que extraño esos buenos tiempos. No había
nada comparable a negociar con esos estúpidos
fanáticos. ¡Era tan sencillo embaucarlos!...Pero
no pierdo las esperanzas, Jones. Algún día
volverán y entonces yo estaré preparado
para negociar nuevamente con sus limitadas inteligencias.-Miró
de soslayo a sus esbirros que terminaban de atar los
troncos y volvió la atención hacia Indy.-
Bueno -dijo suspirando-, el tiempo se te acaba doctor.¿Todavía
quieres mantener el secreto de la estatuilla o prefieres
nadar con los peces?
-No la tengo...
-¿Acaso crees que ese maldito dios polinesio
puede salvarte la vida? ¡No seas tan supersticioso
Indiana Jones! Que esa tonterías queden para
los nativos de esta isla miserable. ¿Pero tú?...
Tú no puedes creer en esas boberías ¿O
sí?
-Hay más cosas en el cielo y la tierra de lo
que tu imaginación concibe, Hamlet.
Van Strate lazó una carcajada contenida.
-¡De verdad lamento matarte, Jones! Eres un contrincante
digno e inteligente. Vale la pena charlar contigo. Lástima
que no estemos del mismo lado del negocio.
Uno de los matones se sacudió la arena adherida
en sus manos contra el pantalón y se acercó
al holandés.
-Listo, señor. Ya está preparada.
-Bien. Acondicionen a mi amigo.-Giró sobre sus
botas y se alejó media docena de pasos. Se detuvo,
volvió la vista a Indy y exhibió una sonrisa
tan blanca como el marfil.- Es hora de despedirnos,
doctor Jones. De verdad siento mucho nuestros desencuentros.
¡Saludos a los escualos! -Y sacudió la
mano derecha como quien despide a un niño pequeño.-
Hasta nunca.
Indy sintió como dos manos pesadas y gruesas
lo elevaban desde el piso como si no pesara nada. El
matón era un verdadero gigante. Con casi dos
metros de altura y más de 130 kilos, ese polinesio
de rasgos mongólicos y cabello tan oscuro como
el carbón no parecía tener sentimientos
de ninguna clase. Era inútil tratar de convencerlo
de algo. Respondía a van Strate como un perro
guardián y nunca prestaría oídos
a las disquisiciones de Indy. Sólo le quedaba
una opción. Una opción que lo ponía
en clara desventaja, no sólo por la potencia
física del grandulón sino por la superioridad
numérica. Ellos eran tres. Él uno. La
opción: golpearlos a todos y huir.
La cuerda que lo maniataba por la espalda no cedía.
Seguía tan tensa como al principio. Tenía
los dedos adormecidos por la presión y la mala
circulación sanguínea. Sólo esperaba
que lo destaran al momento de amarrarlo a la balsa.
Esa era su única esperanza.
Van Strate se alejó por la playa en dirección
a un bote. Subió a él y dos de sus hombres
remaron unos cien metros hasta el velero.
Puesto de pie, Indy dio un vistazo rápido de
su peligrosa situación. Un matón lo sujetaba
del brazo derecho, caminando a su lado; el segundo sostenía
la balsa en posición vertical, con una pistola
colocada en la cintura; el tercero, a modo de anfitrión,
lo esperaba con un rictus salvaje a medida que se acercaba
a él.
-Desátalo -dijo e Indy tensó sus músculos.
No bien las cuerdas se aflojaron de sus muñecas
decidió actuar.
-Quédese quieto -repuso el grandote mientras
le aflojaba las ataduras.
Fue cuestión de segundos.
Bastó un fuerte empujón con los hombros
para que el matón fuera despedido contra la arena
de la playa, al tiempo que la pierna derecha de Indy
salía despedida con furia e impactaba en la ingle
del segundo captor, que cayó de rodillas lanzando
un alarido de dolor. Acto seguido, y dejándose
guiar por la adrenalina, el puño de Indy se proyectó
contra el rostro del que sostenía la balsa. Le
dolieron los nudillos cuando impactaron contra su nariz,
antes de que sacara el arma. Giró velozmente
y le propinó una soberana patada en la cara al
primer grandulón que intentaba reincorporarse
del suelo.
Ya era suficiente. No debía continuar allí.
Se acomodó el sombrero y corrió a toda
velocidad en dirección a la selva que bordeaba
la playa.
No había ingresado aún en el follaje cuando
escuchó el sonido del primer disparo.
En el milenario panteón de la Polinesia, los
Aku Kava Kava eran deidades secundarias de gran arraigo
entre la gente común. Cada aldea adoraba a uno
diferente y representaban a los espíritus de
los antepasados que, según los mitos locales,
rondaban por las noches en busca de ofrendas. Nada había
más peligroso que negarse a sus voluntades. Celosos
y vengativos, los Aku Kava Kava inspiraban respeto y
temor entre sus fieles. Desde los días de los
primeros exploradores europeos del siglo XVII, sus estatuillas,
moldeadas en madera de tormiro, dura y resistente, se
habían convertido en trofeos preciados y muy
cotizados. Sólo dos museos en todo el mundo poseían
en sus vitrinas piezas antiguas originales. El resto
o habían sido quemadas por el afán fanático
de los misioneros franceses, o permanecían escondidas
en perdidas cajas fuertes de coleccionistas privados.
Nadie estaba seguro de que esto último fuera
cierto. De hecho, la mayoría de los especialistas
sostenían que sólo quedaban intactas tres
estatuillas y era la tercera la que Indiana Jones había
ido a buscar a la isla Tuamotu, por recomendación
del curador del museo de la universidad en la que trabajaba.
-Sería un honor para nuestra institución
tenerla, Indy. -Le había expresado Marcus Brody
en la puerta misma de su oficina, hacía diez
días.- Obtener un Kava Kava es como tener una
Mona Lisa polinesica. Creo que deberíamos hacerle
caso a ese tal profesor Shih, viajar a las islas y verificar
si la pieza es auténtica. ¿Qué
te parece? ¿No te vendrían bien una vacaciones
en el Pacífico sur?
Y a Indy le vinieron bien.
Aceptó viajar sin estar al tanto de los pormenores
que se les vendrían encima como alud. De haber
sabido que el profesor Shih sería muerto por
un dardo envenenado horas después de que le entregara
la estatuilla; o que Van Strate organizaría una
persecución por la isla, eliminando a todos los
que se relacionaran con la reliquia, lo hubiera pensado
dos veces. Pero ya era tarde. Estaba corriendo por una
selva húmeda y retorcida, perseguido por tres
asesinos prestos a darle un tiro entre ceja y ceja.
Cuando
llegó a la aldea, tenía casi tres horas
de marcha forzada pesándole en las piernas. Transpiraba
copiosamente, estaba agitado y ansioso. Levantó
su sombrero fedora y secó las gotas de sudor
que le perlaban la frente. Echó un rápido
vistazo a la media docena de chozas y gritó a
viva voz:
-¡David!...¡Estoy aquí!...
Le dolió la garganta al pronunciar el llamado.
La tenía reseca y el corazón parecía
salírsele del pecho.
-¡Soy yo, Indiana!...
David Morewest era un estudiante avanzado de arqueología.
Cursaba el último semestre en la cátedra
de la Indy era titular y había sido especialmente
recomendado por Marcus Brody para que lo acompañara.
Tenía veintinueve años de edad, era inteligente,
aplicado y con muchas ganas de prosperar en el negocio.
-No se arrepentirá, profesor Jones -le había
dicho el muchacho-. Le prometo que pondré todo
mi conocimiento en el trabajo.
Y no había mentido. Era capaz de identificar
artefactos polinésicos a primera vista y fue
mayúscula la sorpresa de fallecido profesor Shih
al reconocer su capacidad casi innata.
-Un buen discípulo, doctor Jones -había
sentenciado mirando al famoso arqueólogo-. Ha
sembrado correctamente, amigo mío. Puede morir
en paz...
Pero en ese instante, lo último que Indy quería
era morir. Menos aún en esa isla sofocantemente
húmeda, a miles de distancia de su hogar, de
sus libros, de sus seres queridos.
-¡David! -Volvió a gritar casi con desesperación-.
¿Dónde demonios...?
De pronto el esterillado de una de las chozas se corrió
y Morewest apareció con una colt en su mano derecha.
-Profesor, ¿está solo?...
Indiana dio un leve suspiro y avanzó dos pasos.
-¡Gracias a Dios! -dijo-.Pensé que...
-¡Deténgase, profesor Jones!-exclamó
el muchacho elevando el cañón del arma-.
No me ha respondido... ¿Está solo?
Indy levantó los brazos a un costado del tronco.
-¡Sí, estoy solo, maldita sea!
Morewest oteó los contornos de la aldea. Estaba
asustado y alerta como un gato. Una vez seguro, dejó
de encañonar a Indy y lentamente caminó
hacia él.
-¡Profesor, Dios mío, esto es una locura!
¡Han liquidado a tres de los nuestros! ¡Los
mataron! ¡Los mataron por esa bendita estatuilla!
¡Están dementes! -Y se lanzó sobre
Indiana con lágrimas en los ojos, abrazándolo.
-David, tranquilízate -prorrumpió Indy-.
Escúchame, por favor.-Morewest seguía
histérico- ¡Escuchame!-Ladró el
arqueólogo separándolo de sí-.
¡Escúchame! Tenemos que sacar el Aku ya
mismo de este lugar. ¿Dónde lo pusiste?...
Morewest lo observó con temor.
-¿Aún lo tienes, verdad? -preguntó
el arqueólogo.
El muchacho no respondió. Tenía la mirada
desorbitada.
-¡David!-exclamó Indiana frunciendo el
seño-. ¿Aún lo tienes?...
Morewest giro la vista hacia la punta del cerro más
cercano. Indy lo siguió con la mirada y mantuvo
la respiración.
-¿Allá arriba?... -masculló por
lo bajo.
Morewest movió afirmativamente la cabeza.
-Es un sitio seguro, profesor Jones. Hay muchas cuevas.
Temí que me lo arrebataran. No se me ocurrió
otra cosa.
Indy suspiró.
-Hiciste bien -dijo palmeándole el hombro-. No
te preocupes.
Miró el cerro con más detalle. Debía
tener unos seiscientos metros de altura. Estaba tapizado
de árboles y la ascensión, calculó,
les llevaría unas cuatro horas.
-Debemos partir ya mismo -dijo con firmeza-. Aunque
de seguro nos sorprenderá la noche a medio camino.
-Se apartó del joven y preguntó:-¿Cuándo
fue que sorprendieron a los porteadores y al guía?
-Menos de dos horas atrás... No les dieron tiempo
a nada. Sólo yo atiné a escabullirme en
la selva. Sentí disparos y alcancé a ver
cómo los asesinaban a los tres. ¡Fue terrible!
-Tranquilízate, David. Tenemos que mantener la
calma..
Morewest lo observó de arriba abajo. Recién
entonces advirtió la sangre seca en la comisura
de los labios de su profesor estrella.
-¿Lo atacaron?
-Una leve escaramuza, nada grave -desestimó tocándose
la herida.
-¿Y que haremos con la estatuilla una vez que
la recuperemos?-Inquirió Morewest temeroso.
Indy guardó un leve silencio. Volvió a
mirar la montaña que tenía por delante
y repuso:
-No lo sé... Algo se me ocurrirá.
Y sin decir más encararon la ladera del cerro
con determinación.
Era
como la boca negra y profunda del infierno. Un hoyo
oscuro que se abría entre las rocas y que repelía
e invitaba a entrar al mismo tiempo. Indy estaba agotado.
Ya no era el muchachón resistente de antaño
y la ascensión se hacía notar en cada
uno de los músculos de su cuerpo. David Morewest
sólo presentaba una leve agitación.
-Es esta, profesor -aseveró el estudiante señalando
la entrada de la cueva-. Ahí tiene la marca que
dejé.
A un costado, sobre un roquedal lleno de verdín,
podían leerse con claridad sus iniciales "DM".
-Buen trabajo, David-alegó Indy-. Ahora, rescatemos
la estatuilla y salgamos de aquí.
Tal como Indiana Jones había anticipado, hicieron
cumbre con la luna llena colgada del firmamento. Era
una noche perfecta, clara, estrellada y sin nubes. Aún
en sombras el calor se dejaba sentir. El sobrecogedor
poder de la naturaleza, seguía condicionando
los movimientos de ambos exploradores.
Morewest encendió una rama a modo de antorcha
e ingresaron.
-¿Qué tan importante es esta reliquia
para que tanta gente muriera? -preguntó el chico
sorteando las rocas desprendidas que yacían en
el suelo de la caverna.
-Mira, David -le respondió-, en estos casos se
juntan dos cosas: el valor económico de una pieza
extraña, como lo es ésta; y el valor simbólico,
que posee. Te sorprenderías cuán importante
es esto último...
-¿Valor simbólico? ¿Para quién?
¿Para Van Strate?...
Jones no respondió y siguió marchando.
La cueva era larga y ancha, con paredes húmedas
y tapizada de líquenes y musgos. Costaba caminar.
Había que hacerlo con precaución, ya que
la superficie del piso era resbaladiza. Cabía
la posibilidad de doblarse un tobillo y volver imposible
la huída de ese lugar. Pocos sospechaban cómo
una tontería como esa podía complicar
las cosas.
Siguieron avanzando. Giraron hacia la derecha en un
recodo de la caverna. Fue entonces cuando Morewest exclamó:
-¡Allí está, apoyada sobre aquella
piedra!
Indiana se le adelantó con presteza. Levantó
un bolso de cuero de regular tamaño y metió
su mano por la hendidura. Una media sonrisa se le dibujó
en la cara.
-Buen trabajo, David -dijo levantando la reliquia-.
Buen trabajo...
El Aku Kava Kava sonreía. Su perfecto tallado
en madera, hecho por manos anónimas hacía
centenares de años, recreaba el rostro de una
deidad horrible; un híbrido de hombre con pájaro
que con sólo observarlo infundía temor.
Los ojos eran exageradamente grandes. Tenía el
seño fruncido y por debajo de su nariz aguileña,
una fila de dientes muy pronunciados sobresalían
de la boca dándole la apariencia de diabólica
sonrisa. Medía unos veinte centímetros
de altura y todo su torso mostraba un cuerpo descarnado,
con delgadas y filosas costillas a ambos lados. Nada
tenía que ver esa estatuilla con los cánones
occidentales de belleza.
-Bien, es hora de salir de aquí -dijo Indy acomodándose
su sombrero.
Guardó el Aku en su bolso y giró en redondo,
en dirección a Morewest.
El muchacho seguía con la antorcha en la mano,
pero algo raro se le dibujaba en la cara. Tenía
una mirada extraña.
-¿Te sientes bien? -preguntó Jones.
No dieron tiempo a que Morewest respondiera.
Como por arte de magia, y saliendo las sombras circundantes,
cuatro siluetas se iluminaron por la luz del fuego.
Natasius Van Strate, con su pistola apuntándole
al chico en la cabeza, dio un paso hacia Indiana.
-Buenas noches, doctor Jones -saludó con ironía-.
¿Acaso pensabas que me ibas a sacar de encima
tan fácilmente? No somos tan sencillo de perder...
Los ojos de Indy se inyectaron con sangre. Apretó
la mandíbula y amagó con tirar un puñetazo.
-¡Quieto, amigo mío! -ladró el holandés
amartillando el arma-. ¿O quieres tener otro
cadáver sobre tu conciencia?...
Morewest estaba pálido.
-Discúlpeme, profesor -carraspeó el muchacho-.
Pero le juro que a este hombre lo vi muerto, con sangre
en la cabeza- dijo señalando a uno de los sujetos,
cobrizo y bajo, que acompañaban a Van Strate.
El holandés miró sonriendo al nativo.
-¡Resultaste ser un buen actor, Miloka!-clamó
el holandés
-¡Maldito traidor! -explotó Indy al reconocer
en la penumbra de la cueva al guía aborigen que
había contratado a instancias del profesor Shih;
y que había dejado junto con Morewest un día
antes.
-¡No seas inocente, Jones! -prorrumpió
Van State-. Es la ley del mercado. La ley de la oferta
y la demanda... ¿Acaso tú no trabajas
para otros? Miloka optó por un mejor sueldo,
eso es todo. No lo juzgues mal...
-Debió pagarme lo que le sugerí sin regatear,
doctor Jones -agregó el polinesio.
-Lo tendré en cuenta para la próxima vez
-agregó Indy.
Van Strate extendió su brazo en dirección
al bolso. Hizo un gesto que revelaba prisa.
-Dámelo, Jones. Hagamos las cosas rápido.
Quiero abandonar esta maldita isla lo más pronto
posible.
Indy extrajo el Aku con parsimonia.
-Tu sabes que esto debería estar en un museo
-dijo al tiempo que se lo entregaba.
-¡Déjate de coleccionismo inútil!
-ladró-. Tengo mejores planes para esta estatuilla.
Van Strate tomó la reliquia y la revisó
rápidamente. Acto seguido se la dio a uno de
sus esbirros, el mismo que horas atrás fabricara
la fallida balsa para Indiana, en la playa.- Llévala
al globo. Partimos en minutos.
Indy quedó sorprendido.
-¿Globo?...-interrumpió-¿Qué
globo?
Van Strate lanzó una estruendosa carcajada que
retumbó en la fría galería de la
caverna.
-¿Cómo crees que llegué a esta
cima antes que tú?...¡En un globo aerostático,
idiota! No bien Miloka nos informó sobre el paradero
del Aku lo inflamos y surcamos los aires... Lamento
no llevarte de regreso conmigo, Jones.
Hizo un movimiento leve y seco de cabeza en dirección
a su matón. El grandulón cerró
el puño e, inopinadamente, lo estampó
con fuerza contra la quijada de Indy, que voló
hacia un costado, quedando tendido en el suelo.
-Ahora sí, me despido de ti... permanentemente
-repuso Van Strate con firmeza y encauzó sus
pasos hacia la entrada de la cueva-. Monwo -dijo dirigiéndose
al matón-, trae al chico con nosotros y dispone
las cosas para que el doctor Jones encuentre su tumba
en esta caverna.
Aturdido por la fiereza de la inesperada trompada, Indy
vio como Van Strate era fagocitado por la oscuridad,
seguido por Morewest y sus esbirros. La luz de la antorcha
se fue empequeñeciendo hasta desaparecer e Indiana
Jones quedó completamente a oscuras.
A tientas, se reincorporó apoyándose contra
el muro rocoso que podía sentir con la palma
de las manos. Fue entonces cuando escuchó seis
tiros. Seis fuerte tiros que venían del exterior.
¡Morewest!, pensó Indy. ¿Estaban
fusilando al chico?
Pero bastaron tres segundos para cambiar de hipótesis.
Un temblor descomunal, que parecía aún
más fuerte por la ceguera temporal a la que estaba
condenado, le reveló a Indy que acababan de demoler
el ingreso a la cueva... La habían bloqueado.
¡Querían sepultarlo vivo!...
El globo aerostático semejaba un hongo gigante.
Apostado en la cumbre misma del cerro flotaba a medio
metro del suelo, sostenido por un ancla de hierro.
Van Strate ya había subido a la barquilla con
uno de sus hombres y daba las últimas ordenes
antes de partir. Estaba nervioso y exultante por el
triunfo conseguido. Tenía el trofeo que tanto
deseaba.
-Monwo, ¡apresúrate! Sube al chico...
El grandulón titubeó un segundo
-¿Qué hacemos con el nativo, patrón?
-preguntó señalando al guía.
Miloka lo miró sorprendido.
-Me dijeron que iba con ustedes...-arguyó.
Van Strate movió la cabeza de un lado a otro,
negativamente.
-¡Lastima, no hay espacio acá adentro!
-Y desenfundando su pistola le gatilló un tiro
en el corazón. Miloka se desplomó como
un muñeco de felpa contra las rocas de la cumbre.
-¿Qué esperas?-gritó Van Strate
volviendo sus ojos a Monwo -¡Salgamos de aquí!
La diminuta cabeza de pólvora del fósforo
chisporroteó y, como en el Génesis, "Se
hizo la luz".
Indiana Jones no fumaba, pero siempre tenía a
mano una caja con cerillas. El único inconveniente
era que le quedaba sólo una y tenía que
aprovecharla al máximo.
Sin darle tiempo a la llama, que ascendía presurosa
por la varilla de madera, buscó en el piso de
la caverna la bolsa en la que Morewest había
escondido la estatuilla.
Estiró el brazo, la agarró y la acercó
al fuego ya mortecino por el movimiento de la mano.
La tela se encendió y el radio visual se amplió
consideradamente. Una vez más debía actuar
con celeridad.
Tambaleándose, corrió hacia la entrada
de la cueva.
El tal Monwo había hecho un trabajo a medias,
nada prolijo. La improvisaba antorcha se sacudía
por el viento que se colaba por los brechas que quedaban
entre de las piedras, apiladas una encima de otra.
Si se apuraba y apartaba rápido las rocas recién
amontonadas quizás tendría una oportunidad.
Monwo cortó amarras y el globo inició
su lento ascenso.
Van Strate movió una manivela y la bocanada de
helio apresuró la subida, sacudiendo la barquilla
de caña de un lado para otro.
El holandés sonreía de oreja a oreja.
Se asomó por el borde del canasto como despidiéndose
de la isla y, entonces, lo vio.
-¡¿Jones?!
No podía creer lo que observaba: Indy estaba
a punto de manipular su látigo en dirección
al globo.
Sacudió el brazo con fuerza y como si fuera una
culebra entrenada el látigo se desenrolló
con pasmosa velocidad. Alcanzó uno de los laterales
de la barquilla y la punta se enrolló en uno
de los tirantes que sujetaban al inmenso balón
de tela.
-¡Mátalo, Monwo! -gritó desaforado
Van Strate-¡Mátalo! ¡Maldita sea,
mátalo o impedirá que subamos! ¡Es
mucho peso!
Indy jaló hacia abajo y el látigo se tensó
como la cuerda de un violín. Lo agarró
con ambas manos y levantó sus piernas con la
clara intención de impedir el despegue. Debía
generar más peso. Tenía que abortar la
huída y poco lo importó la posibilidad
de caer muerto por la lluvia de balas que, desde la
barquilla, salían del caño de la pistola
de Monwo.
De pronto quiso hacer pie, pero le fue imposible. Miró
hacia abajo y apretó instintivamente los nudillos:
estaba siendo levantado hacia el cielo a más
velocidad de lo que había supuesto. Cinco segundos
más tarde, Indiana Jones colgaba de su látigo
prendido al globo aerostático, bamboleándose
de una lado hacia otro para impedir que los proyectiles
le dieran en el cuerpo.
-¡Rayos! -exclamó al ver cómo la
copa de los árboles se hacían más
y más pequeñas a sus pies. Ya era tarde.
No podía soltarse. De hacerlo se mataría.
Van Strate asomó medio cuerpo fuera de la barquilla
y miró hacia abajo.
-¡El muy cerdo está ahí, Monwo!
-gritó exasperado- ¿Qué esperas
para matarlo?
El matón recargó su pistola con celeridad.
Le temblaban las manos de los nervios.
-Veo muy poco, señor -se excusó-. Está
oscuro. Además, ese condenado se zarandea de
una lado para otro. No sé si podré darle.
Entonces, Natasius Van Strate giró sobre sí
mismo y cambió de planes.
Estiró el brazo, tomó la válvula
de regulación y la giró hacia la izquierda.
-Si quiere dar un paseito, se lo daremos.
El globo flotaba sobre la ladera de la montaña.
De haber querido disfrutar del paisaje, Indy hubiera
alimentado su espíritu con el panorama de una
selva negra, densa y compacta, rodeaba de mar. Aquella
isla era un paraíso terrenal. Pero la situación
no daba para ese disfrute de turista. La vida del arqueólogo
pendía, literalmente, de un hilo.
Un sensación extraña en la boca del estómago
le indicó a Indy que el globo descendía
lentamente.
"¿Van a bajar?", pensó aferrándose
con fuerza al mango del látigo. No era lógico.
Pero no se equivocaba...
-¡Jones!-le gritó el holandés- ¿Me
escuchas?
La voz de Van Strate llegó nítida a sus
oídos.
-¡Te voy a arrastrar por cuanto árbol encuentre
en el camino, maldito bastardo!
La brisa proveniente del mar agitaba los pantalones
de Indy y un brusco descenso del aparato aflojó
por una décima de segundo la tirantes del látigo.
"¡Dios, voy a matarme!", pensó;
pero de inmediato sintió que algo le raspaba
la suela de los zapatos.
Eran las copas de los árboles que se le acercaban.
Iba a chocar con ellos. Era inevitable.
Desde lo alto podía escuchar la voz excitada
del traficante holandés.
"¡Hijo de perra!"...
Una portentosa rama dio contra su pierna derecha e Indy
perdió fuerza en uno de sus brazos. Repentinamente
se sintió colgar de una sola extremidad y la
palma transpirada de la única mano que se aferraba
al látigo empezó a deslizarse lentamente.
Otro tronco golpeó sus muslos, y otra rama, y
otra... Un ruido ensordecedor le invadió los
tímpanos: estaba chocando contra el follaje y
podía sentir una seguidilla lacerante de golpes
en todo el cuerpo.
Entonces, la mano de Indy perdió el extremo del
látigo.
Fue como ingresar en un torbellino claroscuro. Todo
le dio vueltas y miles de sombras irregulares se dibujaron,
indefinidas, a través de los párpados
entreabiertos del arqueólogo, mientras caía
y golpeaba; golpeaba y caía sin cesar entre las
ramas, en dirección al piso de la isla.
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