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INDIANA
JONES
Y EL MISTERIO DEL ÓPALO VERDE

POR:
Fernando
J. Soto Roland
Especialmente para mis padres
Enriqueta y Jorge,
con mi eterno y agradecido amor.
Y
a mis alumnos de 4º Año “B”
del Colegio Pestalozzi
de CAPITAL FEDERAL, año 2003.
PRÓLOGO
“Qui
navigant mare, enarrant
pericula ejus”.
(Los
que navegan podrán contar
los peligros del mar).
Proverbio Latino
“Es saludable consejo que antes
que el
buen cristiano entre en la mar haga su
testamento (...)”.
Fray
Antonio de Guevara, Libro de los
inventores del arte de marear y de los
muchos trabajos que se pasan en las
galeras (1539).
En
alguna parte del Caribe.
Octubre de 1551
El
“San Valente”, portentoso galeón
de la Carrera de Las Indias, rompía el oleaje
seguro de sí mismo, inflando sus velas y sabiéndose
el orgullo de la Armada Imperial de España. Con
600 toneladas de capacidad en sus bodegas y 91 tripulantes
a bordo —según lo indicaban las reales
ordenanzas de ese mismo año—, era la nao
más grande y lujosa que navegaba en esos días
por el mar Caribe.
Construido en Galicia hacía tres años,
el “San Valente” ya tenía en su haber
tres largos y penosos viajes, de ida y vuelta, a la
metrópoli; trayendo objetos de lujo y productos
manufacturados, para ser consumidos por la emergente
aristocracia hispano-americana; y llevando a Europa
toneladas inimaginables de plata y oro, objetos precolombinos
de arte —en especial orfebrería—,
funcionarios y reos, que tuvieran que rendir cuentas
ante la Corona o someterse a la justicia peninsular
cuando sus pecados y actos lo requerían.
Su perfil en alta mar era inconfundible. Los tres mástiles
que ostentaba, con su vela redonda en el palo mayor
y otra en el trinquete, le daban una porte majestuoso,
estilizado por una triangular vela latina en el palo
de mesena, por la proa. Compartía con los demás
galeones del siglo XVI dos puentes, con tres pisos en
la parte posterior, donde se instalaba el camarote del
capitán y de otros pasajeros de importancia.
De igual modo, su arsenal, conformado por doce cañones
de largo alcance, era lo suficientemente respetable
como para no ser acosado por barcos enemigos cuando
navegaba en convoy, acompañado por treinta o
cuarenta naos de su mismo tipo.
Álvaro Hidalgo Rosalini del Pozo era su abnegado
capitán. Hombre de cuarenta años, ducho
en su oficio, leal a su rey y copropietario de la nave.
Sobre él recaían todas las responsabilidades
de abordo; especialmente el derrotero y dirección
general del mando, pero no intervenía en la navegación
práctica de su nao, que quedaba por completo
en manos de Carlos Ortiz, el piloto.
Ortiz había estudiado el oficio en la Cátedra
de Arte de la Navegación y Cosmografía
de Sevilla y a pesar de su experiencia en muchos viajes,
en esa oportunidad no podía pegar un ojo. Estaba
nervioso y en desacuerdo con las ordenes dadas por Rosalini
de zarpar solos y acoplarse después al resto
de la flota; que saliera con dirección al puerto
de la Habana, dos días antes.
El contramaestre, el escribano, los marineros y pasajeros,
al tanto de la situación, compartían la
intranquilidad general. El miedo de sentirse aislados
en un océano plagado de peligros no era una sensación
satisfactoria a sólo medio día de cortar
amarras. El problema de timón, que los retuviera
en puerto cuarenta y ocho horas más de lo debido,
había alterado los planes preestablecidos; pero
Rosalini no podía esperar otros seis meses para
cumplir con las ordenes del Consejo de Indias; que establecía,
siempre, hacerse a la mar como parte de una flota.
—Correréis muchos riesgos, mi capitán
—había argumentado Ortiz, controlando sus
ganas de gritarle enfurecido en la cara.—Puede
que los hugonotes estén al acecho...
Pero Rosalini del Pozo hizo oídos sordos a la
advertencia y sobornando a los inspectores portuarios,
ordenó zarpar aún corriendo el riesgo
de toparse con barcos protestantes franceses en el camino
.
—Si vos pagáis los costos, con gusto levantaré
mis reales por medio año más en estas
tierras—había replicado el mandamás.—Pero
dudo que con tus ingresos puedas hacer eso, mi gentil
caballero.
Ortiz odiaba el sarcasmo de Rosalini. Aún así,
tuvo que tragarse sus opiniones y su orgullo; tomar
el timón y enfilar el “San Valente”,
a toda vela, con dirección a la Habana. Su misión
era sencilla: alcanzar al convoy principal, que los
esperaba en aquel puerto, lo más pronto posible.
˜
En viaje en galeones era cosa de hombres. No sólo
porque llevar una mujer a bordo se consideraba de mal
augurio, sino por las penalidades que se empezaban a
sufrir no bien la nao abandonaba la dársena de
amarre. Al permanente peligro de las tormentas y huracanes,
se agregaban las incomodidades, la mala comida, los
fuertes olores corporales de los tripulantes y las temidas
“calmas chichas”, que se producían
cuando el viento dejaba de soplar y la embarcación
quedaba flotando por días en un mismo lugar,
sin avanzar un metro. En dichas circunstancias, cuando
los conservantes naturales empezaban a fallar, los alimentos
se pudrían y el agua dulce, guardada en toneles,
se echaba a perder. Entonces, el galeón se transformaba
en una inmenso zorrino de madera cuyo hedor quedaba
impregnado en las vestiduras y recuerdos de sus pasajeros.
Muchos de éstos eran tan fuertemente impactados
por la experiencia que, en adelante, se resistirían
de por vida a realizar otro viaje de ese tipo.
Algo era claro: los hombres de mar estaban hechos de
una pasta especial. Desconocían las ideas de
confort y privacidad. Sólo el capitán
y algunos pocos pasajeros de alto nivel, podían
por momentos arrimarse a valores como esos; siempre
y cuando el galeón no fuera tan cargado como
para tener que alojar en sus camarotes a un alto y encumbrado
funcionario.
En ese viaje, Álvaro Rosalini tenía que
compartir su recámara con un conspicuo representante
del Santo Oficio; un inquisidor de segunda fila, oscuro
y huraño, conocido como el Padre Arras.
No era del agrado del capitán medir sus palabras
y gestos. Desde joven se había caracterizado
por ser un hombre de personalidad extrovertida y muchas
palabras; pero en aquella travesía tan atípica
se había propuesto hacerle caso al Teniente Gobernador
de la Nueva España (México) y guardar
silencio, evitando opiniones sobre temas religiosos
o rozar con la crítica algún aspecto de
la ortodoxia ritual cristiana.
—Viajará usted con una “quinta columna”
a su lado, capitán —había advertido
el teniente Gobernador.—Le recomiendo que no se
exprese con términos brutos, ni blasfeme contra
santo alguno y menos cuestione los Santos Evangelios.
El Padre Arras es hombre de temer, con mucho poder e
influencia en la corte y en el Tribunal. No desearía
tener que asistir a su empalamiento en un Auto de Fe.
Conserve para sí sus sentencias, y si en alguna
plática, por informal que fuere, le pregunta
algo sobre el rol de la Iglesia y la Inquisición,
ajústese a lo que le enseñaron en el catecismo.
Recuerde que el Santo Tribunal es implacable con los
relapsos, infieles y heterodoxos. Estará durmiendo
con el enemigo, Don Álvaro. Cuídese. Controle
su lengua.
Era incómodo sentir semejante presión,
pero no tenía otra opción. Nadie por entonces
se animaba a enfrentarse a los representantes del Santo
Oficio de la Inquisición, el poderoso tribunal
religioso encargado de vigilar el correcto comportamiento
ritual y doctrinal de los católicos en el mundo.
Estar en contra de ellos era estar en contra de Dios;
y una actitud de ese tipo conducía inexorablemente
a la sala de torturas, primero, y a la hoguera, después.
Había que cuidarse las espaldas. Rosalini sabía
que cualquier acusación —aún anónima—
habilitaba al Santo Oficio para actuar. Todos se sentían
vigilados por sus espías—conocidos con
el nombre genérico de “familiares”—;
hombres, mujeres y aún niños capaces de
inventar cualquier cosa con tal de sacarse de encima
a una persona considerada indeseable o peligrosa para
la comunidad.
Por lo general, los inquisidores hacían sus visitas
pastorales a los pueblos acompañados de soldados,
cuya misión era aplicar la fuerza y llevar a
cabo los arrestos. Pero en el caso de Arras, la situación
era algo atípica. Asistido sólo por un
sacerdote regular y un verdugo corpulento de origen
criollo, el Padre conducía a España a
un reo del que nada se le había informado al
capitán del “San Valente”.
—No hagáis preguntas, mi señor —había
dicho el inquisidor, al momento de embarcar, mostrándole
a su prisionero, encadenado de pies y manos.—Este
hereje no merece la atención de vuestra merced.
Ha hecho pactos con el Diablo y cualquier penuria que
su alma sufra en las bodegas se la tiene merecida. Dejad
que mis asistentes se encarguen de él y conducid
esta nave como si éste no existiera. Nada bueno
le espera en España y no sería conveniente
que su pestilente respiración entre en contacto
con sus hombres, o con usted mismo. Ofendió a
Dios, blasfemó contra la iglesia y con sus actos
sacrílegos puso en peligro a toda la humanidad.
No lo tenga en cuenta, capitán. Olvídese
de él. Es un hombre que ya está muerto.
Pero Álvaro Hidalgo Rosalini no pudo olvidar.
La presencia de un personaje de esa calaña en
su barco lo tenía intranquilo; y en más
de una oportunidad tuvo que quitarse de la cabeza la
recurrente idea de que el atraso del “San Valente”
estaba, de algún modo, relacionado con el condenado.
Claro que no tenía pruebas al respecto, ni se
animaba en presencia del cura a hacer públicas
sus supersticiones de marino. Por ese motivo, cerró
la boca y siguió los consejos de su amigo, el
Teniente Gobernador. Intentó no pensar en el
prisionero; pero, cada vez que miraba hacia las bodegas
del barco, su imagen se le representaba indefectiblemente.
Según los chismes, el reo era de origen francés.
La mayoría de los marineros del “San Valente”
habían permanecido en tierra los últimos
cuatro meses y los rumores, que corrían rápido
en la colonia, comentaban que eran muchas y variadas
las atrocidades cometidas por el criminal. Contaban
que era un escritor oscuro, un “autor negro”,
y que, con acceso a sortilegios indios y africanos,
se había asociado con Satanás. También
comentaban los muchos trajines sufridos por el Padre
Arras mientras lo buscada; y que al encontrarlo, el
mismísimo Emperador le había enviado sus
felicitaciones.
¿Cuánto de falsedad había en esos
cotilleos portuarios?
¿Cuán peligroso era en verdad ese pobre
desgraciado, que viajaría más de dos meses
y medio sin ver la luz, rodeado de ratas y otra alimañas,
en las bodegas del barco?
Por su apariencia podía deducirse que era un
tipo de cuidar. Sus ojos, negros y hundidos, brillaban
detrás de unas mejillas huesudas y prominentes.
Dejaban traslucir cierta perversidad cavernosa, inquietante,
y una seguridad en sí mismo que podía
traducirse en orgullo. No había sinceridad en
su rostro delgado y enmarcado por una espesa cabellera
oscura. Ni su barba daba dignidad o confianza.
—Es francés y protestante —decían
en los muelles.
—Escritor y brujo —alegaban otros, por lo
bajo.
—¡Que se queme en el infierno por el bien
de todos! —exclamaban los lugareños.—¡Qué
se lo lleven de aquí!
Esa era una buena opción: “Que se lo lleven”;
que lo trasladaran a España; que lo alejaran
del nuevo virreinato.
El único problema para el capitán Rosalini
era que lo tenía encadenado en la base misma
de su embarcación.
˜
El primer día de navegación transcurrió
sin novedades; y para cuando cayó la noche la
tripulación de la nao había olvidado,
momentáneamente, los malos presagios que signaban
el viaje en solitario. La cena, por mala que fuera,
borró las fantasías morbosas de la mayoría
y a poco de comer y beber, canciones y versos marineros,
embebieron el maderamen de la cubierta del “San
Valente”.
“Si la mar fuera de atole
Y las olas de tortilla,
Caminaran los criollitos
Hasta el puerto de Sevilla”.
El
fogón, alrededor del que se reunían, era
una caja con plancha de hierro que se apoyaba en trozos
de madera y en la que se ponía una capa de tierra,
ambas para aislarlo de la cubierta. Tenía mamparas
para resguardarlo del viento, y atravesando sobre las
mamparas citadas, un tirante también de hierro
servía para colgar, por medio de ganchos en “S”,
vasijas en asa en las que marineros y pasajeros cocinaban
sus guisados o potajes calientes. El problema era encontrar
una buena ubicación en donde cenar. En ese momento
el ingenio, el buen ánimo e incluso la fuerza
bruta, se ponían en práctica.
Al capitán, al piloto, al escribano y pasajeros
prestigiosos, les armaban una mesa con manteles en el
espacio de cubierta, entre el palo mayor y el castillo
de proa. Las jerarquías era claras y marcadas
en altamar.
El Padre Arras había preferido cenar en el camarote,
aduciendo trabajo atrasado y deseos de ordenar las pertenencias
confiscadas al hereje. Lo cierto es que nadie de la
oficialidad se le opuso. Iban a poder comer distendidos,
sin la presión de un inquisidor vigilando sus
gestos y decires.
Las horas transcurrieron entre rimas, charlas y risotadas.
Para la medianoche, el capitán ordenó
retirarse a descansar y los turnos de guardia, previamente
establecidos, empezaron a cumplirse.
Antes de abrir la puerta y subir a su camarote, Rosalini
elevó la vista y miró las estrellas. Sabía
leerlas. Podía navegar guiándose por ellas
y sugerirle a Ortiz, su piloto, más de una ruta
alternativa. Pero aquella noche su contemplación
fue meramente estética. El cielo, tachonado de
diminutos puntos titilantes, se veía realmente
precioso.
˜
Por aquellos días de mediados del siglo XVI,
el accionar de los corsarios y piratas franceses no
se limitaba sólo a atacar barcos españoles.
Muy pronto habían pasado a asaltar puertos.
En 1540, San Germán de Puerto Rico fue saqueado
y en enero de 1544, trescientos franceses habían
entrado por la fuerza a Cartagena de Indias, sometido
a los españoles, torturado al gobernador y llevado
35.000 pesos en oro y plata. Una verdadera fortuna.
La Habana, puerto al que se dirigía el “San
Valente” también había sido amenazada
hacía unos años, pero sin suerte para
los filibusteros: un capitán de navío
llamado Diego Pérez, los había rechazado
a fuerza de determinación.
En realidad, los franceses dominaban a sus anchas el
mar de las Antillas; retrasando e impidiendo el comercio
intercolonial y los contactos fluidos con España.
Por eso, Don Álvaro Rosalini estaba dispuesto
a no perder la oportunidad de viajar a la península
como miembro de un convoy de galeones armados; y correría
el riesgo de navegar en solitario por dos días,
hasta alcanzarlos en Cuba.
Ortiz estaba en desacuerdo, y tenía razón.
Los malos augurios del mar solían auto-cumplirse
cuando las mínimas medidas de seguridad eran
negligentemente desatendidas.
Y ocurrió lo que tenía que ocurrir.
Hacia las cuatro de la mañana, el marinero de
guardia que vigilaba el lado de estribor escuchó
algo fuera de los común: un chapaleo extraño
en el mar que le llamó la atención y obligó
a asomarse por la barandilla de cubierta.
Jamás supo lo que sucedió a continuación:
el filo de un hacha mediana, cortante y sucia de sangre
coagulada, le partió la cabeza en dos, entrando
por la frente.
No pudo dar la voz de alerta y la misma escena se repitió
a babor, por proa y popa.
Cinco minutos después, trepando desde botes camuflados
con lonas negras, tres docenas de piratas coparon la
cubierta, tras un corto enfrentamiento armado con la
tripulación del barco.
Fue muy sencillo. El “San Valente” había
caído en poder ajeno sin que se disparara un
solo tiro de mosquete o arcabuz. Espadas, sables, cuchillos
y hachas bastaron para controlarlo.
A menos de trescientos metros de la nao, con las velas
arriadas y sin una luz prendida, el “Saint Germain”
flotaba en completo silencio con sus piratas de reserva,
a la espera de la noticia que anunciara el abordaje
definitivo.
Cuando Jean Jacques Morés, jefe de la partida
de bandidos, subió al “San Valente”,
la tripulación capturada se arremolinó
alrededor del palo central, cercados por rostros desencajados
de furia y deseos de sangre. Tenían miedo. Muchos
llorisqueaban. Incluso el temido inquisidor, pálido
como el mármol, mezclaba su pulcros hábitos
con la ropa sucia y uniformes desgastados de los marineros.
—¿Quién de vosotros es el capitán?
—preguntó Morés, en un español
gutural y cerrado.
Nadie respondió. Se miraron entre sí sorprendidos.
Rosalini del Pozo no estaba entre ellos.
¿Dónde se había metido?
El piloto Ortiz, con un tajo profundo y sangrante en
la mejilla derecha, se abrió paso entre la multitud
con un brazo alzado.
—Deseo hablar con vos —dijo, demostrando
una profunda preocupación.
El francés avanzó y se le paró
delante. Le llevaba una cabeza y media de altura.
—¿Quién sois? —inquirió,
exhalando un aliento fétido.
—El piloto de esta nave —respondió
seco.
Carlos Ortiz lo observaba con ojos húmedos, vidriosos.
Empezaba a sentirse un traidor y dudaba sobre si debía
o no comentar lo que tenía en mente. Pero en
su fuero más íntimo sabía que lo
que estaba a punto de hacer era lo correcto. Entregarle
a Rosalini implicaba salvar vidas, incluso la suya propia;
porque si los comentarios una vez oídos eran
ciertos, el capitán del “San Valente”
estaba a punto de sacrificarlos a todos, salvando su
buen nombre y honor.
—Jamás me entregaría, Ortiz —había
dicho.—Antes de caer en manos de piratas asesinos,
prefiero hacer volar a mi barco por los aires.
En un principio, el piloto no le había prestado
atención a esa sentencia suicida. Pero con Morés
frente a sus narices, el vaticinio de Rosalini cobraba
una actualidad pasmosa. Por eso, le comentó todo.
—¡La santabárbara! —gritó
el pirata desaforadamente.—¡El polvorín!
¡Vayan a él! ¡Rápido...!
No pudo terminar de pronunciar la orden.
Repentinamente se oyó una tremenda explosión
y la parte central del “San Valente” se
despedazó por la fuerza de la onda expansiva.
La cubierta salió despedida hacia arriba y decenas
de brazos y piernas cercenados la acompañaron
en su trayectoria aérea. Un mar de sangre, fuego
y humo muy negro copó el espacio que hasta hacía
pocas horas había sido el escenario de una jovial
reunión de camaradería.
Piratas y marineros españoles mezclaron sus últimos
suspiros aquella noche a borde del “San Valente”.
No hubo sobrevivientes y pocos minutos después
de la detonación, el barco se hundió dejando
tras de sí una superficie muy grande de restos
flotantes.
A la madrugada, cuando la claridad del nuevo día
facilitó la búsqueda en el teatro de la
tragedia, los expectantes piratas del “Saint Germain”,
aquellos que esperaban el abordaje final, rescataron
todo lo que pudieron del océano.
Entre las muchas cosas que subieron a bordo había
un baúl de buena calidad, con una cruz estilizada
grabada en la madera de la tapa y el sello característico
de la Inquisición impreso sobre una tira de el
lacre que lo sellaba. Cuando lo abrieron encontraron
libros y manuscritos encuadernados en perfecto estado,
que a nadie interesaron.
Sólo un muchacho español, un renegado,
un traidor a su rey y su corona, un aventurero por naturaleza
hecho pirata, solicitó esos textos como parte
del reparto del exiguo botín. Nadie se opuso
al pedido y así, Quijano Navarrete, tuvo qué
leer en los siguientes dos meses de correrías.
1
“GASTADO...
NUNCA OXIDADO”
Península
de los Tigres
Sur de Angola, África Occidental
Agosto de 1959
En
un mundo que cambiaba aceleradamente, la colonia portuguesa
de Angola parecía ajena al clima anticolonialista
que recorría las más importantes oficinas
de Relaciones Exteriores de Europa. La independencia
de los países africanos había tomado por
un camino sin retorno y decenas de nuevas repúblicas
nacían desde el fondo desconocido de la historia
del Continente Negro. Algo había sucedido tras
el final de la Segunda Guerra Mundial y las viejas potencias
ya no estaban dispuestas a solventar imperios que, por
entonces, ocasionaban más gastos que ganancias.
Los movimientos nacionalistas, el Panafricanismo y grupos
rebeldes guerrilleros, entorpecían la centenaria
expoliación colonial y volvían las cosas
mucho más difíciles. Los administradores
europeos (blancos) corrían peligro de muerte
y sus propiedades eran sistemáticamente atacadas
y destruidas. Las leyes metropolitanas se desobedecían
y los atentados estaban a la orden del día. Multitudinarias
manifestaciones, de sudorosos y perlados rostros negros,
copaban calles y avenidas exigiendo sólo una
cosa: libertad, autodeterminación y el derecho
a gobernarse por sí mismos. No podía haber
reclamo más justo en un mundo que exaltaba la
democracia; pero al mismo tiempo más conflictivo
y potencialmente peligroso. Con el repliegue del poder
imperial y la desaparición de todo su aparato
coercitivo, las antiguas rivalidades tribales, locales
y regionales, estaban a punto de estallar; transformando
el enfrentamiento de negros contra blancos, en un enfrentamiento
de negros contra negros.
En el Congo, al norte de Angola, los belgas habían
tenido que abandonar precipitadamente el país.
Pero ese ejemplo cercano no produjo en la colonia portuguesa
ninguna reacción. Los administradores lusitanos
todavía se sentían fuertes y no estaban
dispuestos a perder su centenario status imperial por
“los alaridos asalvajados de un grupo de negros
sin cultura” .
De todas formas, la situación interna del país
no era una panacea. Los ideales libertarios se hacían
carne en muchos sectores nacionalistas y ya empezaban
a gestarse movimientos que reclamaban lo mismo que los
demás países del continente.
El Servicio de Inteligencia portugués ya conocía
el nombre de uno de esos grupos y sospechaba que no
pocos funcionarios coloniales de origen africano, apoyaban
en secreto las pretensiones del Kuneme o KLN, el primer
grupo guerrillero angolés de liberación
nacional.
Carlo Battista de Oliveira, zambo instruido y bien posicionado
en la administración portuguesa de la colonia,
conocía a la perfección los entretelones
de la fundación del movimiento. Había
sido parte de él desde sus comienzos y, aunque
no actuara en los “operativos callejeros”
o interviniera en los atentados que empezaban a proliferar,
su cargo de Secretario del Subsecretario de Asuntos
Culturales de la Colonia, le permitía acceder
a una valiosa información y estar al tanto de
los muchos proyectos estatales para desactivar la resistencia.
Era el espía perfecto. Un hombre negro, de padre
europeo, que se mostraba gentil, educado y sumiso; atento
y cooperativo. Un africano colaboracionista del que
el Subsecretario no dudaba y de cuya lealtad todos estaban
convencidos. Por ese motivo nadie se cuidaba frente
a él cuando comentaban las charlas mantenidas
con el Consejo de Administración Colonial o,
aún más importante, las intenciones y
planes del Jefe Militar y de Policía de Luanda,
la capital.
El “bueno de Carlo” era una pieza clave,
irreemplazable, de la resistencia; enclavada en el útero
mismo de los enemigos.
˜
Battista
de Oliveira vestía al estilo occidental y se
había formado en una universidad de segunda categoría
en Lisboa. Tenía unos cuarenta años y
una ansia inmensa por ver a sus actuales “patrones”
desplazados del poder. Sabía que su educación
y conocimientos sobre administración le iban
a resultar muy ventajosos una vez alcanzada la independencia
de su país; y que —por ser escasos—
los “africanos intelectualmente preparados”
tendrían a la postre un cargo de gobierno en
la futura república de Angola. Especulaba con
esa ventaja comparativa, y si bien sabía que
nunca iba a llegar a ser Presidente —cargo que
seguramente quedaría reservado a algún
militar de renombre—, era conciente de que su
puesto no estaría demasiado alejado del máximo
representante del poder ejecutivo. Su meta era el poder,
el bienestar y confort que había visto por años
ser monopolio exclusivo de los occidentales.
Pero Carlo también sabía que sin ayuda
externa su patria jamás podría salir de
la situación de crisis que soportaba desde siempre.
Era necesario el apoyo de las grandes potencias que
se disputaban el mundo, desde la finalización
de la Segunda Guerra; y por ser un acérrimo detractor
del comunismo soviético, prefería tender
lazos con el leudante poder norteamericano. Por eso
estaba en ese lugar aquel atardecer; lejos de sus jefes
portugueses y soportando sobre su moteado cabello renegrido
la brisa marina que provenía desde la Bahía
de Los Tigres.
Quería quedar bien con los “yanquis”.
Estaba dispuesto a venderles lo que les pertenecía.
Necesitaba ganárselos y con esa transacción
clandestina, que estaba a punto de concretar, mataría
dos pájaros de un tiro. Por un lado, recaudaría
dinero para la causa emancipadora del KLN; por el otro,
crearía lazos de amistad y agradecimiento con
la superpotencia americana.
Era una idea excelente, genial, práctica e inteligente.
Su país no perdería gran cosa con la venta
y los beneficios sería, en el futuro, impensados.
Manipuló el bolso de cuero, en el que guardaba
el “objeto”, de tal modo que le permitió
equilibrar su peso y sentirse más cómodo.
Miró la hora y echó una ojeada al paisaje
que lo circundaba.
Estaba en una planicie deshabitada, rocosa y abrupta,
que se volvía más y más oscura
con el paso de los minutos. El sol se ponía en
el horizonte atlántico, y para entonces ya era
una incandescente bola color naranja. La sombra de Carlo
se proyectaba en el piso. Era alargada, informe, y semejaba
esas fantásticas siluetas extraterrestres que
aparecían dibujadas en las revistas de ciencia
ficción, que recibía desde EE.UU.
A pocos metros, su Ford modelo 1951, resplandecía
por los rayos mortecinos del día que terminaba.
El auto se veía diferente, nuevo; a pesar de
estar vaqueteado, oxidado y en un real estado de descomposición
mecánica. Lo había dejado estacionado
a un costado del camino de grava; con la trompa apuntando
al acantilado que daba al mar.
Volvió a consultar su reloj de pulsera.
Se estaba haciendo tarde y el “comprador”
no aparecía.
¿Sería un hombre de confiar?
Por un segundo sintió temor y pensó en
la posibilidad de haber sido engañado por los
miembros del servicio de inteligencia, desenmascarando
así sus secretas intenciones. Más de pronto,
su repentina ansiedad se desvaneció: la imagen
de un hombre alto, con sombrero y andar pausado, emergió
por detrás de un roquedal cercano.
Carlo avanzó hacia él con precaución.
—¿Es usted, señor Director? —indagó,
cuando lo tuvo al alcance de la mano.
El sujeto asintió en silencio. Lo miró
fijamente a los ojos y repreguntó:
—¿Tiene lo que me dijo?
Carlo tocó el bolsito de cuero con orgullo y
sonrió.
—Acá mismo —indicó.—
Y usted, ¿trajo el dinero?
—Primero quiero ver el objeto —sentenció
con parquedad el recién llegado.
—Me parece bien —repuso Battista. Corrió
el cierre del bolso y extrajo un objeto rectangular
de muy fina factura, hecho en madera y repujado con
incrustaciones de plata en arabescos, por sus cuatro
lados. Una tapa, decorada con tres flores de lis y un
cerrojo de bronce bruñido, lo cerraban por la
parte de arriba. Era un cofrecillo. Pequeño,
fácilmente manipulable.
Se lo extendió al hombre de sombrero y dio un
paso hacia atrás para poder observarlo mejor.
El sujeto estaba extasiado ante el cofre. Lo movía
entre sus dedos, estudiándolo con detenimiento,
como queriendo reconocer detalles que tenía almacenados
en su memoria. Tocó los arabescos de plata, miró
el cerrojo y finalmente abrió la tapa. En su
interior había tres piezas de orfebrería
diminutas, pero deliciosas en su hechura y brillantes
por la materia prima con que habían sido construidas.
Eran de oro precolombino. De eso no cabía la
menor duda. Pero los detalles esculpidos referían
al imaginario cristiano. Una de las piezas era una cruz,
que tenía una gruesa esmeralda en el centro,
acompañada por cuatro rubíes en cada uno
de los extremos de los brazos. La segunda pieza de la
colección era una medalla, también de
oro y con la imagen de un santo no identificado grabada
en su superficie. Finalmente, un rosario hecho de perlas
negras, que resplandecieron aún con la escasa
luz que se reflejaba en el cielo.
Carlo advirtió un verdadero entusiasmo en el
individuo. Sus ojos saltaban de un objeto a otro. Se
notaba que la adrenalina le recorría las venas
y que si hubiera podido habría dado un grito
de alegría por encontrarse con semejante colección
de reliquias coloniales. Era un hombre viejo, pero en
excelente estado físico. Fornido y ágil,
seguramente había hecho ejercicios durante toda
su vida. Eso se notaba en su forma de moverse, desenvuelta
y como si aún tuviera una treintena de años.
Tenía el cabello cano y una barba de pocos días,
completamente blanca, le cubría la cara. Su mirada
era vivaz y una sonrisa ladeada se le dibujó
en la boca cuando terminó de revisar el ajuar.
Battista advirtió que su forma de vestir era
un tanto estrafalaria para ser el director de un reconocido
museo en los EE.UU. Los museólogos no solían
usar camperas de cuero, tipo aviador, o sombreros de
fieltro de ala tan ancha. Tampoco se presentaban en
público tan poco aseados, ni tenían una
cartuchera colgando del cintura por un lado y un látigo
de piel de toro, prendida del otro. Evidentemente era
un tipo poco convencional.
—Y bien —dijo el africano finalmente—,
¿qué me dice?
Indiana Jones levantó la cara y fijó sus
pupilas en las del negro.
—No tengo dudas —sentenció—:
es el cofre que buscaba. Es el objeto que desapareció
del museo hace años.
—¿Y cómo cree que llegó hasta
acá? El museo colonial lo tenía como parte
de su colección desde por lo menos 1940...
—La verdad es que no lo sé. La historia
de los objetos suele ser tremendamente misteriosa. Desaparecen
y vuelven a aparecer en el lugar menos esperado. De
todos modos, estoy contento de haberlo recuperado.—Volvió
a clavarle la mirada y con lentitud, como para que Carlo
Battista no se amedrentara, sacó de un bolsillo
interno un sobre con dinero y se lo entregó en
mano.—Veinte mil dólares, como lo acordamos.
Carlo tomó el fajó y lo contó presuroso.
Estaban todos lo billetes. No faltaba nada. El trato
se había cumplido de ambas partes.
—Ha sido un placer negociar con usted, director
Jones. Espero poder en el futuro seguir en contacto
con su museo y su gobierno. Admiro su país...
Indy movió la cabeza positivamente, sin decir
nada. Era evidente que ese tipo no conocía en
profundidad al gran coloso del norte. Pero no tenía
tiempo ni ganas para andar despejando estereotipos y
falsas imágenes producto de la propaganda de
la guerra fría. Sólo atinó a acomodarse
el sombrero fedora, colocar el cofrecillo en el bolso
que le cruzaba el pecho, por debajo de la aviadora,
y extenderle la mano con gratitud.
—Gracias por todo —dijo.
—A usted, señor director —respondió
Carlo, excitado y ansioso.—Nos volveremos a ver.
“Señor Director”. Le resultaba raro
a Indy que lo llamaran así. Nadie en el Barnett
College se dirigía a él en esos términos;
aún después de casi cinco de haberse hecho
cargo de la dirección del museo de la facultad,
tras la jubilación de Marcus Brody. En su lugar
de trabajo, Indy seguía siendo el “Profesor
Indiana Jones, Doctor en Arqueología”,
docente y explorador; una leyenda viviente entre sus
alumnos. Una leyenda de sesenta años.
Carlo Battista giró sobre sus talones y se dirigió
a su auto.
Indy lo observó por unos segundos y cuando él
volteó para regresar sobre sus pasos una ola
fría de intranquilidad se coló por cada
uno de los poros de su cuerpo.
Tres sujetos de gruesa contextura caminaban hacia él
con prisa. Habían dejado unos metros más
atrás una camioneta con los faros apagados y
era más que lógico que sus intenciones
no eran sanctas.
No tuvo tiempo para reaccionar.
Escuchó un disparo y por un instante pensó
que le habían disparado a él. Se quedó
estupefacto. Miró su pecho, esperando ver sangre
salir a borbotones, pero se equivocó. La bala
estaba dirigida a Carlo Battista, que yacía desparramado
en el piso, junto a la puerta abierta del Ford, con
un tiro en la nuca.
Los tres individuos tenían rasgos europeos. No
eran africanos y de seguro tampoco formaban parte del
KLN o algún otro grupo sectario nacionalista.
Por sus vestimentas de calidad, de ningún modo
pertenecían al Servicio de Inteligencia colonial.
Entonces, pensó Indy en esos segundos en que
las ideas se agolpan en la mente, “¿quiénes
eran?”.
Uno de los hombres, el más alto y con un delicado
bigote de puntas levantadas, fue el primero en acercársele.
Le apuntaba con una pistola, aún humeante. Tenía
el rostro de muy pocos amigos y sus mejillas estaban
marcadas por una antigua viruela infantil.
—Deme el paquete, doctor Jones —le dijo
con un característico acento portugués.
—¿Paquete?... —inquirió Indy,
haciéndose el desentendido.—¿Qué
paquete?...
—No nos tome por idiota, doctor. Podemos matarlo
igual que a ese negro estúpido —lo amenazó,
señalando con la barbilla el cuerpo inerte de
Battista.—No tenemos tiempo. ¡Démelo!...
Indy se abrió la campera con cuidado.
Sabía que los matones se sorprenderían
al ver su cartuchera, enfundando la querida y vieja
Smith & Wesson Hand Ejector Model II, que a tantas
aventuras lo había acompañado. Y no se
equivocó.
Bastó que el portugués hiciera un leve
movimiento de cejas para darse cuenta de que tenía
que aprovechar ese segundo de pasmo y actuar en consecuencia.
Tomó el látigo por el mango y lo sacudió
hacia delante, dejando que se desenrollara como una
serpentina de cuero.
Su punta golpeó con fuerza contra la mano del
matón, que vio despedida su arma por el aire.
No pudo contener el grito de dolor, y se echó
hacia atrás trastabillando y cayendo sentado
al suelo.
Indy no esperó más. Corrió hacia
el Ford tan rápido como pudo. Saltó por
encima del cuerpo de Battista, se introdujo en el auto
y, haciendo ignición, aceleró marcha atrás;
al tiempo que escuchaba dos nuevos disparos y el ruido
de los vidrios del parabrisas trasero, romperse en cientos
de pedazos.
Pegó el volantazo y el Ford coleó como
si fuera un caballo desbocado, colocándose de
frente al camino de grava que llevaba al poblado más
cercano. Apretó el acelerador y la desvencijada
máquina chirrió, tembló en todo
su chasis, y salió disparada a toda velocidad.
El camino bordeaba un acantilado larguísimo y
muy alto. Sin estar asfaltado y con unas gomas desgastadas
al máximo, Indy corría el riesgo de perder
la estabilidad en cada curva y salir despedido hacia
el abismo. Tenía que disminuir la velocidad;
pero eso tampoco era conveniente ni posible: la camioneta
de los portugueses le seguía los talones de cerca,
con dos sendos brazos tirando balas desde sus ventanillas.
Desenfundó la Smith & Wesson. Pasó
el brazo por encima del respaldar del asiento delantero,
en el que estaba sentado, y lanzó una corta y
contundente balacera contra sus perseguidores. No obtuvo
los resultados esperados. La camioneta prosiguió
su marcha, aproximándose al Ford más y
más.
Entonces, a uno de los disparos le siguió un
ruido de consistencia cremosa y el auto de Indy empezó
a zarandearse y temblar. Si los coches sufrieran del
mal de Parkinson, podría decirse que ese modelo
1951 lo tenía exacerbado al máximo.
Le habían reventado una goma y la llanta giraba
contra el piso de tierra, enterrándose con cada
décima de segundo. Tenía que saltar. Ya
no podía controlar el volante.
Sin pensarlo dos veces, giró el picaporte y saltó.
Su cuerpo dolorido aún giraba sobre la grava,
dando vueltas y vueltas, cuando el Ford salió
despedido por la parte superior del acantilado, cayendo
al mar.
Tres segundos después, explotó.
˜
Estaba
lleno de polvo y con la mejilla derecha raspada por
las piedras. Un hilo de sangre le bajaba desde el pómulo,
hasta ser absorbido por la barba, y una punzada profunda
le recorría el omóplato del mismo lado.
Se reincorporó. Verificó no tener nada
roto y dirigió su atención hacia el camino.
La camioneta se le acercaba a toda velocidad. En breve
tendría a esos tres asesinos sobre él.
Debía desaparecer del lugar. Huir. Esconderse
y resistir, como lo hacían los nacidos en ese
continente.
Giró en redondo y se sorprendió por su
buena suerte.
No podía creer lo que veía: a sus espaldas
se levantaba una edificación inmensa, con torreones
y almenares, murallas y dos pisos macizos construidos
con grandes ladrillos. Un portón abovedado, de
casi cinco metros de alto y rejas retorcidas por el
tiempo, parecía invitarlo a entrar.
Eran las ruinas de un antiguo fuerte portugués
del siglo XVII.
Con sólo recorrerlo con la mirada, Indy recordó
su nombre: La Fortaleza del Rey Juan; una maravilla
arquitectónica de la época colonial, utilizada
en su tiempo para almacenar esclavos negros traídos
desde el interior de África, antes de embarcarlos
hacia América. Aquel había sido un sitio
de dolor y angustias incontables. Un infierno hecho
de ladrillos, madera y hierro, que el tiempo no terminaba
de derruir. Así todo, no podía haber encontrado
algo mejor para guarecerse.
Aceleró la marcha e ingresó por el admirable
portón principal.
Un pasillo muy ancho lo condujo hasta una plaza interna.
Ésta medía unos cincuenta metros de largo
y presentaba veinticuatro puertas enrejadas todo a lo
largo de sus paredes. Una fuente de agua, ya seca, señoreaba
el centro mismo del predio.
Tardó un segundo. Sólo un segundo, observando
ese lugar fantasmagórico que adquiría
un aire espectral a medida que la noche avanzaba. Pero
la demora, aunque corta, resultó más peligrosa
de lo esperado.
Dos balas silbaron por encima de su cabeza, impactando
en el muro y produciendo un sonido sordo, seco, al ingresar
por la argamasa.
Indy extrajo su pistola y disparó al bulto, sin
apuntar a nada definido.
—¡Mierda! —ladró con furia
y encaró de lleno por una escalera irregular
de mampostería en dirección al piso superior.
—¡Alcáncenlo! —ordenó
el portugués de bigotitos parados, gesticulando
como un demente a sus otros dos compañeros.—¡Traigan
el cofre!
—¡Acaba de subir! —informó
uno.
“Bigotes”sonrió con maldad.
—Peor para él —dijo, y trotó
en dirección opuesta a la de Indiana.
Agitado, Henry “Indy” Jones llegó
al primer nivel del fuerte.
¡Joder, ya no tenía edad para esos trotes!
La mayoría de los hombres de su generación
estaban cuidando nietos. En cambio, él seguía
secretando adrenalina como si tuviera treinta años
y corriendo los mismos peligros que lo acompañaban
desde que era un niño explorador. “Y estaba
bien”, pensaba siempre. Para eso tenía
una hija que cuidaba de sus propios vástagos
en Chicago. Él no era un abuelo normal. Ni quería
serlo. “¿Morir?... seguro. Pero gastado,
nunca oxidado”. Ese era su lema.
Cuando la escalinata terminó, Indy se topó
con una pasillo tan largo como el mismísimo patio
de la planta baja. Se extendía hacia ambos costados
y, por la derecha, terminaba en un balcón que
daba al exterior de la muralla del fuerte.
Se apoyó contra la pared y levantó la
Smith & Wesson hasta su rostro. La amartilló
y aguardó que sus perseguidores subieran.
Les iba a volar la cabeza si era necesario.
Contuvo la respiración. Quería oír
todo, pero se sorprendió por el silencio reinante
en toda la ruina.
No era posible que se hubieran ido. Los muy malditos
estaban escondidos. Lo asechaban. Debía estar
alerta.
Se asomó por la escalera.
Nada.
Viró y empezó a avanzar por el pasillo
en dirección al balcón. Quizás
podría colarse por ahí y salir de la fortaleza.
Tenía que evadir a esos desagradables anfitriones
portugueses.
Avanzaba con cuidado. Despacio. Tratando de no producir
ruido al pisar las piedras y miles de hojas secas que
se amontonaban sobre el suelo empedrado.
Siguió caminando.
Silencio total.
Dio unos pasos más y sintió que algo cambiaba
debajo de sus zapatos. Ya no pisaba roca. Pisaba madera.
La oscuridad era cada vez más profunda.
Bajó la mirada hacia el piso y entonces...
...el jefe de los portugueses, jaló de una palanca
muy gruesa de madera y el tablón sobre el que
Indy estaba parado, se abrió hacia abajo y el
arqueólogo fue literalmente chupado por el vació.
La pistola se le desprendió la mano, y para cuando
su mente racional le brindó una composición
de lugar, advirtió que se deslizaba rápidamente
por una tubería de piedra caliza. Era como un
tobogán. Y no podía detener la caída.
Trató de tomarse de las paredes.
Inútil. Demasiada inercia.
Inesperadamente, la tubería se acabó e
Indy voló directo hacia un enorme piletón
de material, lleno hasta el tope de... ¡arenas
movedizas!
Con la caída, hundió más de la
mitad de todo su cuerpo en la solución viscosa.
—¡Otra vez cara a cara, señor! —exclamó
“Bigotes”, parado en una saliente de piedra,
justo a la derecha de la ciénaga artificial.—Imagino
que ahora no se resistirá a darme el cofre, ¿verdad?
Indy le lanzo rayos con la mirada, al tiempo que no
podía dejar de esbozar una sonrisa nerviosa.
Se estaba hundiendo...
Experimentaba como todo su cuerpo era tragado de a poco,
con cada movimiento de músculos. Era inevitable;
no podía mantenerse en la superficie. En pocos
minutos más, el nivel de aquella sopa primordial
le alcanzaría la boca y las fosas nasales, cubriéndolo
por completo. De seguro no sería nada agradable
morir sintiendo cómo sus pulmones se llenaban
lentamente de arena húmeda, verdín y agua
sucia.
Las piernas, aprisionadas por sopapas invisibles, estaban
por completo inmovilizadas. Era como si tuviera alrededor
de ellas la gigantesca boca de un monstruo que las succionaba
gradualmente hacia abajo.
—¡El cofre, señor! —exclamó
el portugués, extendiéndole el brazo.—No
sea necio, démelo y lo ayudaré a salir
de ahí.
Jones tenía los brazos libres, Aún así
no los movía mucho. Sabía que, de hacerlo,
la inmersión sería más rápida
y la agonía derivaría en muerte por asfixia,
en menos tiempo que el deseado.
—Le queda poco tiempo, doctor Jones —auguró
con voz firme.—Le sugiero que me obedezca o se
hundirá con él.
El muy “hijo de su madre” no mentía.
El nivel de arena subía más y más
por su pecho, alcanzándole las axilas. En situaciones
como esas no le quedaba otra cosa que ceder.
Sin meditar, ni anticipar consecuencias nefastas, Indy
introdujo su brazo derecho en la arena. Tenía
que alcanzar el morral, desabrocharlo, extraer el cofre
y dárselo al matón.
Demasiados movimientos. Pero no había otra opción.
Debía hacerlo.
Experimentó una sensación granulosa en
la palma de la mano, semejante a la que se aprecia cuando
se la introduce en una bolsa de arroz. Abrió
camino en dirección de su cadera y tocó
con sus dedos los bordes el artefacto, aun embolsado.
Quitó la tira de seguridad y agarró el
cofre con fuerza.
Lo complicado fue sacar la extremidad del tremedal.
La arena lo retenía con fuerza, en tanto que
Indy se hundía... ¡Se hundía más
rápidamente!
Dio un tirón brusco y el brazo con la reliquia
colonial emergieron a la superficie, sucios y olorosos.
El portugués sonrió con malicia.
Indy ya tenía su hombro izquierdo tapado por
completo.
—¡Tírelo hacia acá! —gritó
el lusitano.—¡Con fuerza!... ¡Vamos!
—Primero deme una mano —exigió Indy,
furioso.
—¡Láncelo!...¡Ande!...
No era momento para discutir prioridades.
Flexionó el codo y tiró el cofre con toda
la potencia que pudo, en dirección de “Bigotes”.
Se seguía hundiendo. Ya podía sentir el
frío de la ciénaga en el cuello.
El portugués abarajó el cofre, muy excitado.
Lo aprisionó contra su pecho y dio un paso hacia
atrás.
—¡La mano! —gritó Jones, anticipándose
a lo peor.—¡Deme la mano!
“Bigotes” torció la boca en una sonrisa
malévola, sádica. Giró sobre sus
talones y le dio la espalda. No había hecho dos
pasos, cuando volvió otra vez el rostro hacia
el arqueólogo. Levantó la mano, hizo una
irónica venia tocándose la frente y dijo:
—¡Adeus, doctor!
Jones apretó las mandíbulas. Hervía
de rabia. Sabía que eso iba a ocurrir. Sabía
que ese asesino amoral dejaría que se hundiera
sin más.
—¡Maldito cerdo! —pronunció
por lo bajo, sin quitarle los ojos.
—¡Que tenga un feliz descenso a los infiernos!
—acotó el reo; y se marchó, perdiéndose
en las penumbras de una galería lateral.
Fue entonces que Indy se quedó solo con su desesperación.
˜
Pretender
agarrarse de las arenas movedizas era como querer aprisionar
a un fantasma con las manos: imposible. Los dedos no
encontraban sustento en nada y la sensación de
impotencia crecía con los segundos. Tenía
ya el nivel de la ciénaga a mitad del cuello.
Quedaba poco tiempo, pero se había propuesto
vencer el mal trago. Con el escenario de acción
despejado de fisgones, había llegado el momento
de actuar.
Levantó la vista e hizo una rápida composición
de lugar. Una veloz prospección del terreno.
Sobre su cabeza, a unos tres metros por encima, dos
gruesas y oxidadas vigas de hierro cruzaban el predio,
de pared a pared. Seguramente habían sido soportes
de algún puente de madera ya desaparecido. Sobre
la izquierda, a mitad de camino entre Jones y los tirantes,
se abría la boca del conducto por el que había
rodado momentos antes.
“Era ahora o nunca”. El tiempo ya no le
daba chance. No estaba para escribir en borrador.
Introdujo otra vez el brazo derecho en la arena.
Sintió que se iba para abajo con rapidez.
Llevó su mano hasta el látigo. Desabrochó
la presilla que lo retenía a la cintura y agarró
el mango.
La arena le llegó al mentón.
Tiró con potencia. Jaló como loco y, finalmente,
sacó el brazo con el látigo fuertemente
asido.
Extendió el codo. Lo volvió a flexionar
en ángulo recto y lo catapultó hacia arriba
con todas sus fuerzas.
El látigo se desenrolló. Siseó
como una cobra puesta en libertad y se enroscó
en una de las barras de hierro, dando media docena de
vueltas en ella.
“¡Ahora!”, pensó Jones.
Apretó el mango y jaló hacia arriba con
el brazo que tenía libre. Todo su cuerpo se elevó.
Repitió la operación.
Su extremidad izquierda se liberó de la succión
granulosa de la arena y, ya con la fuerza de ambos bíceps,
le resultó sencillo trepar por el fino camino
de cuero.
Cuando alcanzó el nivel de altura del conducto,
se balanceó, apoyó los pies en el borde
y ayudándose con una mano libre se introdujo
en él. Desenrolló el látigo e inició
el ascenso en dirección del pasillo desde el
que había rodado.
Levantó la tapa de madera y subió al corredor.
Entonces, escuchó el ruido del motor de la camioneta
provenir desde la parte del balcón, al final
del pasaje.
Chasqueó los dientes y se lanzó a la carrera.
Estaba en un primer piso, pero le dio igual. Cuando
vio que el vehículo pasaba justo por debajo de
él, sin rumiarlo demasiado, dio un salto y voló
en dirección del techo.
Dos de los portugueses iban en la caja. El tercero,
el de mostachos, conducía imprimiendo velocidad
con el acelerador.
—¡¿Qué diablos?! —gritó
sobrecogido al sentir que el techo se hundía
acompañado de un ruido fortísimo. Volteó
el cuello y, a través la ventanilla trasera,
fue testigo de los tres golpes más certeros que
había visto en años.
La primer patada que Indy tiró desde la techumbre
del furgón impactó en el mentón
de un portugués, que se bamboleó y salió
despedido de la caja, rompiéndose el cuello en
el camino de grava. El segundo golpe fue una trompada,
tan bien suministrada que el otro delincuente no atinó
a responder. Con la tercera lo noqueó del todo,
dejándolo inerte a un costado.
“Bigotes” pegó un volantazo. La camioneta
se ladeó bruscamente e Indy perdió el
equilibrio.
La inercia lo sacó por encima del borde de la
caja y, cuando estaba a punto de caer, sus dedos aprisionaron
un borde de hierro, justo arriba de la puerta del conductor.
El peso del arqueólogo fue excesivo. La puerta
apresada se abrió, sin que la camioneta redujera
la velocidad. Indy estaba colgando de ella.
El conductor miró hacia su izquierda.
“¿Pero que demonios quiere hacer este veterano?”...pensó,
mientras observaba a Indiana Jones luchar por sostenerse.
No podía creer lo que veía. Le pareció
estar en el cinematógrafo disfrutando uno de
esos seriales yanquis que daban semana tras semana en
Lisboa; y en el que el héroe siempre se salvaba.
No debió distraerse asociando imágenes
de la realidad con las de la ficción.
Para cuando reaccionó y pretendió sacar
su pistola de la sobaquera, Indy se le abalanzó
con puerta y todo. Chocó contra el portugués
y ambos salieron despedidos del asiento del conductor,
quedando tirados todo a lo largo de la butaca.
La camioneta, sin control, tomó la dirección
del acantilado.
˜
Forcejearon.
Los puñetazos de Jones sobre el rostro del lusitano
eran feroces. El arqueólogo estaba fuera de sí.
—Deberías saber...—lo golpeó
una vez.—...que...—volvió a golpearlo—...no
soy...—le siguió dando duro—...presa
facial... ¡Idiota! —y le dio la última
trompada.
En eso giró, la vista hacia el parabrisas.
—¡Oh, Dios! —gritó pasmado
y tiró una patada al volante.
La camioneta coleó. Se puso de costado y, en
sólo dos de las ruedas laterales izquierdas,
hizo equilibrio un segundo para, finalmente, volcar
de lado.
Tras el ruido y dos vueltas de campana, sobrevino el
silencio.
“Bigotes”, aturdido, se arrastró
fuera del vehículo. Tenía los labios partidos
y la nariz sangrante. Cuando se puso de pie, Indy ya
lo esperaba apuntándole con su propia pistola.
—Los roles han cambiado —dijo Jones, agitado.—Devuélveme
el cofre. ¡Ya!
El portugués volvió junto al vehículo
siniestrado y extrajo el cofrezuelo de la guantera.
Viró y se lo entregó a Jones.
—Sin rencores, ¿verdad? —expuso temeroso
el europeo.
Indy abrió el cofre y revisó su interior.
Estaba todo: la cruz, la medalla y el rosario. Todo.
Había tenido suerte.
—¿Qué me dice, doctor Jones? —insistió
el reo.—¿Sin rencores?
Indy lo miró.
—Tienes tres segundos para desaparecer de mi vista
—respondió con vehemencia.
“Bigotes” se acomodó el saco y salió
al trote por el sendero. A poco de recorrerlo, las sombras
de la noche se lo devoraron.
Indy rodeó el lugar del accidente.
Había tenido, no mucha, muchísima suerte...
La camioneta descansaba a menos de cinco centímetros
del borde del acantilado.
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