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OSLO
a capital de Noruega es también la entrada al país desde el continente. Forma parte, junto a Bergen, Stavanger y Trondheim, del cuarteto de principales núcleos urbanos en la geografía nacional. Con apenas medio millón de habitantes, puede considerarse una auténtica megalópolis para el estilo noruego. Es la sede de la Familia Real y el motor administrativo del gobierno.

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Aunque no siempre ha sido una capital, Oslo se ganó ese reconocimiento por el aprecio de distintos gobernantes a lo largo de la historia. El fuego la destruyó en 1624, un destino común para muchas poblaciones noruegas, pero tal era la devoción que sentía por ella el rey Christian IV, que la reconstruyó otorgándole el nombre de Kristiania. No fue hasta 1925 cuando la ciudad recuperó su identidad original, a la que se atribuye el significado etimológico de “prado de los dioses”. La arquitectura de Oslo es, por tanto, diferente a la del resto de Noruega. Más moderna, más urbanita y corriente. Sólo aquí es posible encontrar algún amago de rascacielos y la clásica marea de edificios y callejuelas. En un país donde la tradición invita a la cabaña de madera con kilómetros de verde alrededor, esto es más raro de lo que parece.

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Cualquier guía turístico bien pagado animará a los visitantes a gastar su dinero tontamente en los centros comerciales de Aker Brygge, un antiguo puerto que hoy en día alberga multitud de restaurantes y apartamentos de cara a la galería. Pero Oslo vale mucho más que eso. La ciudad guarda en su vientre el museo de Munch; la exposición del “Fram”, el barco con el que Amundsen cruzó el Ártico; el salto de esquí del Holmenkollen; el museo marítimo de Noruega o el parque de estatuas Vigeland, un bosque de piedras dentro de otro de árboles.

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El caso del “Fram” es particularmente interesante, porque uno puede recorrerlo de arriba abajo y de dentro a fuera en su dique cubierto. El explorador noruego Roald Amundsen sirve de icono patriótico del que Noruega se vale para cachondearse legítimamente de Inglaterra. A bordo del “Fram”, Amundsen surcó el Ártico y también coronó por primera vez el Polo Sur en 1911, dejando con las ganas al británico Robert Falcon Scott.
 ¡Por Odín! |
Pero son otro tipo de barcos los que promocionan la cultura nórdica. Cualquiera que viaje a Noruega suele tener en mente su imagen más romántica y popular, la de los guerreros vikingos. Y para reencontrarse con ellos, Oslo también es uno de los mejores destinos. Allí se encuentra el Museo de Barcos Vikingos, un lugar desde el que Noruega recuerda al mundo que fueron ellos y no los españoles los primeros en descubrir América. Fielmente custodiados por vigilantes multilingües, los antiguos “drakkar” que aterraban a los monjes irlandeses ahora son pasto de los flashes de turistas inquietos. Incluso el Oseberg, el navío vikingo más grande que se conoce, yace ahora rodeado de atontados armados con cámaras de bolsillo. Si alguien intenta sacarle una foto con aspiraciones profesionales o se acerca más de la cuenta, más vale que guarde suficientes coronas para pagar al museo. Porque todo puede tocarse, hollarse y experimentarse en Noruega. Todo, salvo sus barcos vikingos.
No obstante, que nadie confunda el celo por el patrimonio histórico con la falta de libertad. La insólita hospitalidad noruega incluso permite al viajero acercarse hasta la misma puerta de entrada del Palacio Real sin ser enviado a Guantánamo. Oslo respira a través del pulmón de la avenida Karl Johan, una larga pendiente empedrada que se descuelga desde ese palacio y rebosa actividad. Allí es posible ver artistas, vendedores, comediantes callejeros y algo así como la mitad de la población de la ciudad paseando, sobre todo si hace sol.

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Aunque la vieja Kristiania es sólo el recibidor de un corredor mucho más largo que el Karl Johan. El corredor de los fiordos y el largo camino hasta el fin del mundo, cuya próxima parada se llama Stavanger.
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