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· Artículo
de Indiana_
La Lanza de Longinos
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Un
soldado romano se asegura de que Cristo ha muerto
clavándole una lanza. |
a
leyenda de la Santa Lanza se origina en el Evangelio
según San Juan, 19: 33-37:
...pero llegando a Jesús, como
lo vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino
que uno de los soldados le atravesó con su lanza
el costado y al instante salió sangre y agua.
El que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero;
él sabe que dice verdad para que vosotros creáis;
porque esto sucedió para que se cumpliese la
Escritura: «No romperéis ni uno de sus
huesos». Y otra Escritura dice también:
«Mirarán al que traspasaron».
El versículo
siguiente cuenta cómo José de Arimatea
obtuvo permiso para llevarse el cuerpo de Jesús
y, ayudado por Nicodemo, lo colocó en
una tumba en la noche de viernes santo.
Otras tradiciones
orales y escritas, que comenzaron con los primeros cristianos
y continuaron en la Edad Media, aseguran que el rico
judío José de Arimatea se preocupó
de preservar la cruz, los clavos, la corona de espinas
y el sudario del que Cristo se levantó al tercer
día. Por medio de las claves que dejó
José, Helena, la madre del primer emperador
cristiano, Constantino, pudo redescubrir estas
reliquias.
Pero, según
las mismas tradiciones, José había empezado
su colección antes de la muerte de Cristo: después
de la última cena, guardó la copa en la
que Jesús había consagrado el pan y el
vino. Después de la Resurrección, José
conservó la copa junto con la lanza citada en
el Evangelio: fueron llamados, respectivamente, el Santo
Grial y la Santa Lanza.
Los viajes posteriores
de José con el Grial y la Lanza fueron tema de
relatos folklóricos y leyendas en casi todos
los países de Europa. En España, en la
catedral de Valencia se conserva uno de los «Santos
Griales» mejor documentados: se dice que los primeros
papas lo habían utilizado en Roma (adonde lo
habría llevado San Pedro) hasta el año
258, en que fue enviado por San Lorenzo a Huesca,
para rescatarlo de la persecución imperial. Posteriormente
estuvo en San Juan de la Peña y en Zaragoza.
Pero ésta es sólo una de las muchas historias
en torno al Grial.
Los escritores medievales,
comenzando por el poeta francés Chrétien
de Troyes alrededor de 1180, vincularon el destino
del Santo Grial y de la Santa Lanza con la aventura
del Rey Arturo y los Caballeros de la Tabla Redonda,
sobre todo con Lanzarote, Gawain y Perceval.
Paralelamente a estas
historias -basadas en tradiciones celtas y en fragmentos
de hechos históricos- subsistía la historia
de que la Lanza, por lo menos, había sobrevivido
a los siglos, pasando a veces a buenas manos, a veces
a otras menos dignas. Quien la poseía adquiría
un poder que podía ser usado para el bien o para
el mal.
A principios de este
siglo existían por lo menos cuatro «Santas
Lanzas» en Europa. Quizá la más
conocida fuera la que se conservaba en el Vaticano,
aunque la Iglesia Católica parecía considerarla
sólo una curiosidad. Ciertamente, las autoridades
papales nunca le atribuyeron poderes sobrenaturales.
Una segunda lanza
estaba en París, adonde había sido llevada
por San Luis en el siglo XIII, cuando volvió
de la cruzada a Palestina.
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La
hoja de la lanza de los Habsburgo, la que según
parece atravesó el costado de Cristo crucificado.
Al tratarse de una reliquia sagrada, la hoja de
hierro fue reparada varias veces con plata y oro
durante su larga historia. Ahora la mantienen
unida un alambre y una funda con inscripciones. |
Otra, conservada en
Cracovia (Polonia), era sólo una copia de la
lanza de los Habsburgo. Ésta es, posiblemente,
la que posee una genealogía mejor. Fue descubierta
en Antioquía, en 1098, durante la primera cruzada,
pero el misterio y posiblemente la imaginación
oscurecieron las circunstancias del hallazgo. Los cruzados
habían sitiado con éxito la ciudad y la
habían ocupado, cuando una banda de sarracenos
fuertemente armada llegó e invirtió la
situación, encerrando a los cruzados dentro de
las murallas de la ciudad. Tres semanas después
la comida y el agua escaseaban, y la rendición
parecía el único camino. Entonces, un
sacerdote dijo haber tenido una visión milagrosa
de la Santa Lanza, enterrada en la iglesia de San Pedro.
Cuando las excavaciones en ese sitio revelaron la presencia
de una lanza de hierro, los cruzados se sintieron llenos
de un renovado ardor y rompieron el cerco, derrotando
a sus enemigos.
Las tradiciones germánicas,
que no coinciden demasiado con esas fechas, afirman
que la lanza de los Habsburgo fue llevada como talismán
por Carlomagno, en el siglo IX, durante 47 campañas
victoriosas. También le había conferido
poderes de clarividencia. Carlomagno murió cuando
la dejó caer accidentalmente.
La lanza pasó
a manos de Heinrich el Cazador, quien fundó
la casa real de Sajonia y empujó a los polacos
hacia el este. Después de pasar por las manos
de cinco monarcas sajones, llegó a manos de los
Hohenstauffen de Suabia, que les sucedieron.
Un destacado miembro de esta dinastía fue Federico
Barbarroja, nacido en 1123. Antes de morir, 67 años
más tarde, Barbarroja conquistó Italia
y obligó al Papa a exiliarse; Pero, al igual
que Carlomagno, Barbarroja cometió el error de
dejar caer la lanza mientras vadeaba un arroyo en Sicilia.
Murió pocos minutos después.
Hitler y Su
Fascinación Por La Lanza
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La
escena final de Parsifal, la última ópera
de Wagner. A Hitler le fascinaba la leyenda en
que se basa la ópera. |
sta
era la leyenda del arma que tanto fascinaba al joven
Hitler. En 1913, por las calles de Viena, no era más
que un miserable ex estudiante de arte que intentaba
en vano ganarse la vida vendiendo pequeñas acuarelas.
Ocasionalmente, cuando el frío le impedía
salir a la calle, vagaba por los corredores del museo
del palacio Hofburg. Se sentía especialmente
fascinado por un conjunto de piezas valiosas, conocidas
como «las insignias de los Habsburgo». Entre
ellas el joven vagabundo Adolf Hitler prestaba
especial atención a la Santa Lanza. Durante su
primera visita a la lanza la estudió con todo
detalle. Medía 30 cm de longitud, y terminaba
en una punta delgada, en forma de hoja; en algún
momento, el filo había sido ahuecado para admitir
un clavo -al parecer, uno de los usados en la crucifixión-.
El clavo estaba sujeto con un hilo de oro. La lanza
se había partido y las dos partes estaban unidas
por una vaina de plata; dos cruces de oro habían
sido incrustadas en la base, cerca del puño.
Estos detalles que
describen la fascinación de Hitler ante la lanza
de los Habsburgo provienen del testimonio del doctor
Walter Johannes Stein, matemático, economista
y ocultista que afirmaba haber conocido al futuro Führer
justo antes de la guerra del 14. Stein, que había
nacido en Viena en 1891, era hijo de un rico abogado.
Sería un erudito y un aventurero intelectual
hasta su muerte, en 1957. Se licenció en ciencias
y se doctoró en investigaciones psicofísicas
por la Universidad de Viena. Luego se convirtió
en experto en arqueología, arte bizantino primitivo
e historia medieval; durante la primera guerra mundial,
como oficial del ejército austríaco, fue
condecorado por su valor.
En 1928 publicó
un excéntrico panfleto, Historia del mundo a
la luz del Santo Grial, que circuló por Alemania,
Holanda y Gran Bretaña. Cinco años después,
el Reichsführer Heinrich Himmler ordenó
que se obligara a Stein a trabajar en el «Buró
ocultista» de los nazis, pero Stein huyó
a Gran Bretaña. La segunda guerra mundial le
sorprendió trabajando como agente del espionaje
británico. Después de colaborar en la
obtención de los planes de la «Operación
Sealion» -la invasión de Inglaterra que
proyectaba Hitler- fue consejero de Churchill,
como asesor sobre las creencias ocultistas del líder
alemán.
Stein nunca publicó
sus memorias, pero antes de morir se hizo amigo de un
ex oficial de comandos de Sandhurst, ahora periodista,
Trevor Ravenscroft. Usando las notas y las conversaciones
de Stein, Ravenscroft publicó en 1972 el libro
Spear of Destiny (La lanza del destino) que por primera
vez llamó la atención del público
sobre la fascinación que sentía Hitler
por la lanza de los Habsburgo.
¿Qué
atractivo podía ofrecer la Santa Lanza, un símbolo
cristiano, para el ex católico y violentamente
anticristiano Adolf Hitler? Ya se había entregado
a violentos desvaríos antisemitas, era un devoto
discípulo del Anticristo de Nietzsche y sostenía
su condena del cristianismo como «la última
consecuencia del judaísmo».
Parte de la respuesta
se encuentra en una tradición ocultista medieval
vinculada con la historia de la Santa Lanza. Como cuenta
el evangelio de San Juan, el soldado romano que hirió
el cuerpo de Cristo cumplió, sin saberlo, las
profecías del Antiguo Testamento (los huesos
de Cristo no serían rotos). Si no hubiese hecho
lo que hizo, el destino de la humanidad habría
sido diferente. Según San Mateo y San
Marcos, la verdadera naturaleza de Cristo fue revelada
en ese momento al soldado, que se llamaba Cayo Casio
Longinos: «Viendo el centurión que
estaba frente a Él de qué manera expiraba,
dijo: Verdaderamente este hombre era hijo de Dios».
(San Marcos, 15:39)
Para la mentalidad
ocultista, un instrumento usado para un propósito
tan importante se transforma en un foco de poder mágico.
Y, como dice Richard Cavendish, hablando del
Grial y la Lanza en su libro El rey Arturo y el Grial:
Una cosa no es sagrada
porque es buena. Es sagrada porque contiene un poder
misterioso y terrible. Es tan poderosa para el bien
o el mal como una fuerte descarga eléctrica.
Si es mal usada, por importantes y comprensibles que
sean las razones, las consecuencias pueden ser catastróficas
para personas totalmente inocentes.
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La
entrada triunfal de Hitler en Viena, en marzo
de 1938. El Führer ordenó trasladar
a Alemania el tesoro de los Habsburgo, incluida
la Santa Lanza. |
Según Stein,
Hitler tenía conciencia de este concepto ya en
1912; de hecho, fue la obsesión de Hitler por
la lanza y su poder de «varita mágica»
el motivo de que los dos hombres de conocieran. En el
verano de 1912, el doctor Stein compró una edición
de Parsival, romance sobre el Grial del poeta alemán
del siglo XIII Wolfram von Eschenbach, a un librero
ocultista de Viena. Estaba llena de comentarios manuscritos
en los márgenes, que mostraban una combinación
de sabiduría ocultista y racismo patológico.
En las guardas, su anterior propietario había
anotado su nombre: Adolf Hitler.
A través del
librero, Stein encontró a Hitler y pasó
muchas horas con él, horrorizado pero fascinado.
Aunque pasarían años antes de que el mísero
pintor de cromos diera los primeros pasos por el camino
del poder, poseía ya un carisma maligno. A través
de su tortuoso discurso, una obsesión destacaba
claramente: tenía un destino místico que
cumplir y, según Stein, la lanza era la clave.
Hitler describió a Stein cómo
había adquirido la lanza su especial significado
para él:
Lentamente me apercibí
de una presencia poderosa que la rodeaba, la misma impresionante
presencia que había experimentado interiormente
en esas ocasiones únicas de mi vida en que había
sentido que un gran destino me aguardaba... una ventana
en el futuro que se abría, a través de
la cual veía, en un relámpago de iluminación,
un hecho futuro, en función del cual sabía,
más allá de toda contradicción,
que la sangre de mis venas se transformaría algún
día en el vehículo del espíritu
de mi pueblo.
Hitler nunca reveló
la naturaleza de su «visión», pero
Stein creía que se había visto a sí
mismo un cuarto de siglo después en la Heldenplatz,
frente al palacio Hofburg, dirigiéndose a los
nazis austríacos y a los desconcertados ciudadanos
vieneses. Allí, el 14 de marzo de 1938, el Führer
alemán anunciaría su anexión de
Austria al Reich alemán... y daría la
orden de llevar los atributos de los Habsburgo a Nüremberg,
hogar espiritual del movimiento nazi.
Una Curiosa
Primacía
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La
arena de Luitpold, en Nüremberg, escena de
los más espectaculares mítines nazis
de la preguerra, presenció el desfile informal
de los soldados americanos victoriosos en abril
de 1945. |
a
toma de posesión del tesoro constituyó
un gesto de benevolencia sorprendente, considerando
que Hitler despreciaba a la casa de Habsburgo, a la
que consideraba traidora a la raza germánica.
Sin embargo, el 13 de octubre, la lanza y otros objetos
fueron cargados en un tren blindado provisto de una
guardia de SS, y cruzaron la frontera alemana. Fueron
instalados en el vestíbulo de la iglesia de Santa
Catalina, donde Hitler pensaba instalar un museo de
guerra nazi. Stein creía que, cuando Hitler tuviera
la lanza en su poder, sus ambiciones latentes de conquista
empezarían a crecer y florecer.
Si los conocimientos
de Hitler sobre la historia de la lanza eran tan amplios
como decía Stein, tiene que haber estado al tanto
de las leyendas sobre el destino de Carlomagno, Barbarroja
y todos cuantos la habían blandido como un arma
y habían perecido cuando escapó a su control.
La leyenda parece haber sido confirmada por una inquietante
coincidencia que marcó el final de su conexión
con la Lanza.
Después de
los intensos bombardeos aliados de octubre de 1944,
durante los cuales Nüremberg sufrió enormes
daños, Hitler ordenó que la lanza, junto
con el resto del tesoro de los Habsburgo, fuera enterrada
en una bóveda construida especialmente. Seis
meses después, el Séptimo Ejército
norteamericano había rodeado la antigua ciudad,
defendida por 22.000 SS, 100 panzers y 22 regimientos
de artillería. Durante cuatro días, la
veterana división Thunderbird martilleó
a estas formidables defensas hasta que el 20 de abril
de 1945 -el día en que Hitler cumplía
56 años- la bandera americana victoriosa fue
izada sobre las ruinas.
Durante los días
siguientes, mientras las tropas norteamericanas localizaban
a los supervivientes nazis y comenzaba el largo proceso
de los interrogatorios, la Compañía C
del Tercer regimiento del Gobierno Militar, al mando
del teniente William Horn, era enviada en busca
del tesoro de los Habsburgo. Por casualidad, un proyectil
había facilitado su tarea, volando una pared
de ladrillo y dejando a la vista la entrada de la bóveda.
Después de algunas dificultades con las puertas
de acero de la misma, el teniente Horn entró
en la cámara subterránea y echó
una ojeada a la polvorienta oscuridad. Allí,
sobre un lecho de descolorido terciopelo rojo, estaba
la fabulosa lanza de Longinos. El teniente Horn extendió
la mano y tomó posesión de la lanza en
nombre del gobierno de los Estados Unidos. La fecha,
30 de abril de 1945, está registrada en los textos
de historia.
Y, por escépticos
que sean los críticos -acerca de Walter Stein,
el ocultismo en general y las leyendas de la Santa Lanza
en particular- también es un hecho histórico
que a unos cientos de kilómetros de distancia,
en un bunker de Berlín, Adolf Hitler eligió
esa tarde para coger una pistola y quitarse la vida.
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