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Un Aprendiz De Brujo
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Heinrich
Himmler
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osef
Goebbels fingía interesarse por el ocultismo
y la astrología para complacer al Führer;
hasta aprendió a montar horóscopos. Tal
vez Rudolf Hess fuera también un aficionado.
Pero sólo había un verdadero «aprendiz
de brujo» en el círculo íntimo de
Hitler: Heinrich Himmler.
Heinrich Himmler nació
en un hogar de clase media en Munich en 1900. Himmler,
que fue un joven débil, pálido y sin carácter,
cuya miopía le obligaba a llevar gafas de gruesos
cristales, se transformó en un nazi fervoroso
a comienzos de los años veinte, y fue nombrado
secretario de la oficina de propaganda del partido en
la Baja Baviera. Allí, en su despachito, hablaba
con una fotografía de Hitler que había
en la pared, mucho antes de conocerle en persona. Aunque,
sin duda, tenía dotes de organizador, el aspecto
de Himmler provocaba burlas, y fue casi en broma que
Hitler lo nombró Reichsführer de las SS
-siglas de Schutzstaffel, fuerza protectora -un grupo
de unos 300 hombres con misión de guardaespaldas.
Pero ya en 1933 Himmler
había transformado las SS en una organización
tan fuerte, que se permitió el lujo de purgarla,
reteniendo sólo a hombres con las mejores características
físicas «germanas» e insistiendo
en que sus oficiales debían probar la inexistencia
de judíos entre sus antecesores por lo menos
hasta 1750. Tras un largo noviciado casi místico,
a los reclutas se les entregaba una daga ceremonial
y quedaban autorizados a llevar el uniforme negro de
las SS con una calavera de plata. Desde ese momento
quedaban obligados a asistir a lo que Francis King,
autor de Satan and the Swastika (Satanás
y la svástica) describe como «ceremonias
neopaganas de una religión específica
de las SS, creada por Himmler y derivada de su interés
por el ocultismo y la adoración de Woden».
Himmler había
abandonado su fe católica por el espiritismo,
la astrología y el mesmerismo al final de su
adolescencia. Estaba convencido de ser la reencarnación
de Enrique el Cazador, fundador de la casa real
de Sajonia, muerto en 936. Todos esos elementos fueron
puntualmente incorporados a su «religión»
destinada a las SS.
Himmler creó
nuevas festividades en el puesto de fiestas cristianas,
como Navidad y Pascua; redactó ceremonias de
matrimonio y bautismo -aunque creía que la poligamia
servía mejor los intereses de la élite
SS- y hasta dio públicas instrucciones acerca
de la forma correcta de suicidarse.
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El
castillo de Wewelsburg, en el noroeste de Alemania,
fue comprado por Heinrich Himmler en 1934, y se
transformó en el templo de su culto SS. |
El centro del «culto»
de las SS fue el castillo de Wewelsburg, en Westfalia,
que Himmler compró en ruinas en 1934 y reconstruyó
durante los 11 años siguientes, con un coste
de 13 millones de marcos. El vestíbulo central,
donde se celebraban los banquetes, contenía una
enorme mesa redonda con 13 sillones que parecían
tronos, en los que se sentaban Himmler y doce de sus
«apóstoles» más queridos.
Debajo de este vestíbulo se encontraba el «vestíbulo
de los muertos» donde se levantaban trece peanas
en torno a una mesa de piedra. A medida que los integrantes
del círculo íntimo de las SS morían,
se quemaba su escudo de armas que, junto con sus cenizas,
era colocado en una urna sobre una de las peanas, donde
era venerado.
Desde esta atmósfera
grotesca y teatral, Himmler instigó el genocidio
sistemático que el Tercer Reich emprendió
en sus últimos años. Millones de judíos,
gitanos, homosexuales y personas que, en general, no
se adaptaban a las ideas del Führer y a las suyas,
fueron asesinados. Muchas de esas atrocidades tenían
su origen en las extrañas teorías de Himmler.
Por ejemplo, su creencia en el poder del «calor
animal» hizo que se realizaran experimentos en
que las víctimas eran sumergidas en agua helada
y después revividas -si tenían suerte
siendo colocadas entre los cuerpos desnudos de prostitutas.
En otra ocasión, decidió que había
que realizar una estadística sobre la medida
del cráneo de los judíos, pero como sólo
valían los cráneos de los muertos recientes,
cientos de personas fueron decapitadas con este fin.
Menos horrorosas pero
igualmente demenciales fueron las investigaciones sobre
el movimiento Rosacruz, el significado ocultista de
las torres góticas y el sombrero de copa de Eton
y el poder mágico de las campanas de Oxford que,
según decidió Himmler, habían hechizado
a la Luftwaffe, impidiéndole infligir daños
serios a la ciudad.
El escritor ocultista
J. H. Brennan llegó a sugerir que Himmler
era una «no persona», un zombi sin mente
ni alma propias, que absorbía la energía
de Hitler como una sanguijuela psíquica. Francis
King ha señalado que los grandes mítines
de Nüremberg, presididos por Hitler en sus momentos
de máxima «posesión» , reunían
las condiciones necesarias para lo que algunos cultos
mágicos describen como un «cono de poder»:
los reflectores iluminaban el cielo nocturno formando
un dibujo cónico sobre las enormes multitudes,
lo cual generaba un gigantesco brote de emoción
centrado en la figura glorificada de Hitler.
Pero si Himmler era
influenciado por la magia maligna, también podía
ser influenciado para hacer el bien. El inverosímil
instrumento de ese bien fue un masajista gordo y rubio
que también era ocultista y se llamaba Félix
Kersten. Había aprendido osteopatía
y técnicas asociadas con un misterioso médico
chino, el doctor Ko, un ocultista y místico
que, al parecer, desarrolló los latentes poderes
psíquicos de Kersten. Kersten se hizo famoso
y, en 1938, tuvo que atender a Himmler, quien sufría
de calambres crónicos en el estómago.
Desde ese momento, el jefe de las SS dependió
casi totalmente de Kersten, quien en varias ocasiones
pudo salvar las vidas de cientos de judíos gracias
a su dominio sobre la mente de Himmler. En la postguerra,
una comisión investigadora llegó a la
conclusión de que los servicios que Kersten había
prestado a la humanidad y a la causa de la paz eran
«tan destacados, que no se encuentran precedentes
comparables en la historia».
Un Poder Impresionante
tilizando
simplemente su fuerza de voluntad, por ejemplo, Kersten
persuadió a Himmler en más de una ocasión
de que postergara el exterminio de prisioneros en campos
de concentración. Kersten insistía e insistía
hasta que Himmler dejaba de lado el asunto. El masajista
también logró influir, al menos en parte,
en Himmler, interpretando mal algunos horóscopos,
en los que Himmler creía con más fervor
que el propio Hitler.
Desde mediados de
1942, Kersten se preocupó por sembrar en la mente
de Himmler la idea de que debía intentar firmar
la paz con los aliados occidentales y, aunque en varias
ocasiones el Reichsführer estuvo casi convencido,
no pudo contrarrestar el enorme poder de la autoridad
de Hitler.
Como ha señalado
Francis King, la política de Hitler cuando Alemania
se acercaba al colapso se correspondió exactamente
con lo que podía esperarse del pacto de un mago
con los poderes del mal. La esencia de ese pacto reside
en el sacrificio: una orgía de sangre y destrucción.
«Las
bajas -dijo Hitler al mariscal de campo Walther von
Reichenau-, nunca son demasiado grandes. Son la
semilla de la futura grandeza.» Y el historiador
Hugh Trevor-Roper dijo: «Como un héroe
antiguo, Hitler deseaba bajar a la tumba acompañado
de sacrificios humanos.»
Aunque sabía
que ya no había esperanzas, Hitler aguardó
en su bunker hasta el 30 de abril de 1945 para suicidarse
con Eva Braun, con quien acababa de casarse.
La fecha no puede ser una coincidencia: desde el punto
de vista ocultista, resulta enormemente significativa.
Se trata del día que termina en la noche de Walpurgis,
la más importante festividad de los poderes de
las tinieblas.
Erik
Hanussen: El Astrólogo de Hitler...
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