 |
Las 7 Maravillas del Mundo |
 |
Artículo creado por Belt.
uando,
entre guerra y guerra, tenemos tiempo de pararnos a
pensar un poco, somos capaces incluso de construir obras
que asombraran a la humanidad durante siglos, incluso
milenios. De todos ellos, en la antigüedad tenemos
situados los 7 más importantes de la historia,
aunque no tenemos la certeza de la existencia de todos.
Pero ¿Qué sería de nuestra existencia,
sin los mitos y leyendas? Y ¿Qué hubiese
sido de Schliemann si no hubiese creído en las
leyendas?, ¿Donde estaría Troya? Por eso,
mi consejo es, dejaros de ingenierías, y estudiad
historia, aun quedan muchas leyendas que destripar...
- [ Las Pirámides
de Gizeh ]
- [ El
Faro de Alejandría ]
- [ Los
Jardines Colgantes de Babilonia ]
- [ El
Coloso de Rodas ]
- [ El
Templo de Artemisa en Efeso ]
- [ El
Mausoleo de Halicarnaso ]
- [ La
Estátua de Zeus en Olimpia ]
LAS PIRAMIDES DE GIZEH
 a
más antigua de las maravillas, y, curiosamente,
la única que ha llegado hasta nosotros, es el
monumental conjunto de las pirámides de Gizeh,
en Egipto. Todos hemos oído hablar de ellas y
conocemos su aspecto, así como sabemos que eran
las tumbas de los faraones. Pero acerquémonos
más, y averigüemos algunos detalles interesantes.
Los egipcios iniciaron la construcción de pirámides
hace muchísimo tiempo, a lo largo de su Antiguo
Imperio: ¡Las más antiguas tienen cerca
de CINCO MIL años! En efecto, la más antigua
que se conoce es la pirámide escalonada de Sakkara,
tumba del faraón Djoser, que data del 2750 a.
de C. El arquitecto inventor de la pirámide fué
el gran Visir, y famoso sabio, Inhotep. Después
de este primer ejemplo, los egipcios continuaron construyendo
pirámides hasta bien entrado el Imperio Medio,
en que se pasó a emplear el sepulcro subterráneo
en vez de las pirámides. Sin embargo, del Antiguo
Imperio nos han quedado nada menos que ochenta de éstas,
repartidas por el Bajo Egipto. Imaginemos ahora que
estamos presentes en el séquito funerario del
faraón Khufu. Una ligera embarcación nos
transporta por el Nilo desde la antigua capital, Menfis,
hasta la necrópolis de sus afueras, en la vasta
llanura de Gizeh. Allí abundan las construcciones
funerarias, pues es el cementerio donde van a parar
todos los habitantes de la capital, nobles o villanos.
Nuestra embarcación se detiene: en la orilla
nos espera una comitiva de sacerdotes. Detrás,
espera el templo construído especialmente para
nuestro faraón, donde se le rendirá culto
igual que a un dios (¿acaso no es de naturaleza
divina?). Aquí es donde el cuerpo del faraón
es preparado convenientemente e introducido en el sarcófago.
Después, una comitiva trasporta a éste
a lo largo de una vía funeraria hacia su sepultura.

Ya vemos las pirámides.
Su impresionante mole destaca sobre el horizonte de
la llanura, dejándonos boquiabiertos. ¡Todo
eso es piedra! Bloques de granito descomunalmente pesados,
de un metro de altura, forman las filas tan apretadamente
que no es posible introducir ni un cuchillo entre ellos.
Las filas de piedras están pintadas, formando
franjas de diferentes colores; la punta es de color
dorado. Todas las pirámides, absolutamente todas,
tienen la misma alineación: están orientadas
al norte con total exactitud. Los lados de la pirámide
tienen una inclinación impresionante, de 51 grados,
que cuando nos acercamos más nos produce la sensación
de que la pirámide "se nos cae" encima.
En los alrededores, se encuentran las pirámides
menores y las (edificaciones rectangulares de paredes
inclinadas) para los altos funcionarios. Estamos ante
la pirámide. Sus dimensiones son impresionantes:
146.59 m de altura, 230 m de ancho. Tras subir un poco
por su parte lateral, penetramos en su interior. A la
fluctuante luz de las antorchas vamos descubriendo las
paredes, perfectamente lisas, como corresponde a la
sepultura de una encarnación del dios Ra. Tras
depositar el sarcófago en la cámara sepulcral,
el corredor será cegado y disimulado, para evitar
robos. La pirámide contiene asimismo una falsa
cámara sepulcral. A pesar de todas estas precauciones,
son pocas las tumbas egipcias que permanecerán
intactas hasta la llegada de los arqueólogos.
Los ladrones de tumbas irán saqueando con el
paso del tiempo la mayoría de las pirámides
y sepulcros. Cuando el arqueólogo Flinders Petrie
entre en las tumbas reales de Abydos, unas de las más
antiguas de Egipto, sólo podrá encontrar
un brazo de la momia de una reina. De las tres grandes
pirámides, sólo la más pequeña,
la de Micerino, permanecerá intacta.
Una
controversia famosa relacionada con las pirámides
es la relación entre el doble de la longitud
de su lado y su altura: el número "pi".
¿Porqué tomarían tantas molestias
los antiguos egipcios para conseguir que sus construcciones
mantuvieran una relación matemática tan
precisa? Personalmente prefiero pensar que lo hicieron
porque era la forma más segura de conseguir que
la inclinación de las pirámides fuera
uniforme, y de que éstas serían perfectamente
regulares. En efecto, si pensamos que probablemente
se servían de ruedas de madera para medir longitudes
de forma fácil y exacta, veremos que con una
de éstas ruedas, hecha de la misma altura que
los bloques de piedra, se comprobaba la inclinación
rápidamente: cada nueva hilera de piedras debía
medir media vuelta menos. De esta forma sale, automáticamente,
la relación de Pi entre el doble del lado y la
altura de la pirámide. Suena lógico, ¿verdad?
Pero ello no implica necesariamente que los antiguos
egipcios conocieran el número Pi; después
de todo, éste sale automáticamente debido
a que se realizaron las medidas basándose en
ruedas. Han pasado ya cerca de cinco mil años
hasta nuestros días, y la humanidad todavía
no ha realizado nada semejante. La más pequeña
de las tres pirámides de Gizeh multiplica varias
veces el peso de la mayor de las construcciones modernas;
y es que los aparejadores de nuestros días se
las verían y se las compondrían para enfrentarse
con esos enormes bloques de piedra, difíciles
de manejar hasta para las más potentes grúas.
Cuando pensamos en que los antiguos egipcios carecían
de máquinas, que movían las enormes piedras
sólo con el esfuerzo físico de cuadrillas
de docenas de trabajadores, nos parece un milagro. De
hecho, ni siquiera los propios egipcios fueron capaces
de superarlo: continuarían construyendo pirámides
durante siglos y siglos, sin llegar a igualar el esplendor
de las pirámides de Gizeh, que sorprendentemente,
fueron de las primeras que se construyeron.
Como
corolario, citaré dos testimonios célebres:
el de Abd-ul-Latif, que dijo "Todas las cosas temen
el tiempo, pero el tiempo tiene miedo a las pirámides";
y el de Napoleón, que comandó una expedición
a Egipto cuando era Primer Cónsul, y pronunció
las conocidas palabras "Desde lo alto de estas
pirámides, veinte siglos nos contemplan".
Pero aún nos queda una visita que realizar en
la llanura de Gizeh: la de la esfinge. Esta escultura,
que representa a un león con rostro humano (se
cree que representa al faraón Khafra; al menos,
viste sobre la cabeza el típico klaft, manto
que llevaban los faraones) es contemporánea de
las pirámides, mide 70 metros de longitud y 20
de altura. Para construirla, aprovecharon un montículo
de caliza en la llanura, que labraron y completaron
con bloques de piedra. Cuando ya contaba con mil años
de edad, el faraón Tuthmosis IV hizo esculpir
entre sus patas una escena representando un sueño,
en el cual la esfinge le daba el trono en recompensa
por haberla salvado de morir sepultada bajo la arena
del desierto. Otros mil y pico años más
tarde, en la época romana, se excavó un
santuario en el seno de la esfinge. Y cuando la esfinge
ya superaba los cuatro mil años, estas modificaciones
posteriores pasaron a ser destructivas en vez de constructivas:
los iconoclastas primero, y los mamelucos después,
mutilaron el monumento, dañando sus ojos y arrancándole
su nariz. Vemos aquí un primer ejemplo, aunque
desgraciadamente no el último, que demuestra
que entre las capacidades del hombre se encuentra no
sólo el construir maravillas, sino también
el destruirlas.
El
Faro de Alejandría...
|